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La luz que no se apaga en Can Pastilla

El texto se construye a retazos, algunos escritos a medias con Andoni Sarriegui

Juan Pablo Caja

Juan Pablo Caja / (Minúscula)

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Aránzazu Miró

Aránzazu Miró

Juan Pablo Caja publicó en la editorial Minúscula Cuerdas al aire, libro en que hacía nostalgia de una vida a través de sus guitarras. De nuevo en esa colección Micra para textos singulares, nos propone ahora Un hombre sin paisaje. Es un título engañoso, porque sí hay un paisaje claro, el de Can Pastilla, al que dedica una despedida. El texto se construye a retazos, que nos anuncia que provienen, algunos, del bloc 07610 que escribió a medias con Andoni Sarriegui. Algunos son relatos, otros, anécdotas, que se reparten entre la temporada alta y la baja.

Un hombre sin paisaje.

Un hombre sin paisaje. / Juan Pablo Caja. Minúscula.

«Tres luces, me decía [mamá] las noches de verano, y yo las buscaba en la línea de la costa y acababa perdido». Así comienza, con esas tres luces que se hicieron infinitas. «Pienso en cuando esta casa no era un piso de apartamentos, sino un pequeño chalet de dos pisos con un jardín interior». Así acaba, situando perfectamente ese paisaje del que siente que se desgaja. Yendo y viniendo de lo vivido a lo que queda.

Es un texto que recorre y explica Can Pastilla, un lugar sin librería ni pescadería: «Un escritor dijo que una ciudad sin librerías no es una ciudad, es una urbanización». Solo que Can Pastilla no es urbanización ni ciudad: «Es mucho más. Es un barrio». Juan Pablo Caja lo recorre con sus historias de mar y playa, de barcos y turistas y bares y nocturnidades: «Una tarde de verano puede liarse y luego desliarse tanto, o tan poco, como el sedal de la mejor potera». Porque, a la cuestión de si «aún se pesca en Can Pastilla», a la que primero responde: «he estado mucho tiempo viviendo fuera, no lo sé», concluye que «es imposible saberlo», a pesar de acudir a los bares –hay que pedir un cortado y el periódico– y escuchar y observar a esos sabios septuagenarios; es ese sentido mallorquín del «no dar pistas sobre sus zonas de pesca favoritas».

Caja nos lleva a la Can Pastilla «de la calle de atrás, de la puerta pequeña: la que nace detrás del seto, del muro, del calicanto que cierra patios y terrazas a los ojos del paseante» cuando nos enumera en generoso resumen la imagen más conocida: «Hay una Can Pastilla más allá del tumulto de cemento, del urbanismo malparido, del callejero inverosímil, del turista flatulento y el picador jubilado... más allá del protector solar, la sangría y la sardina frita».

Es este un libro de momentos que hace un repaso del antes y el ahora desde el bucle en que se halla el autor, entre el embalaje de la partida y el retorno a las menudencias. Todo está en esas luces, las que contaba su madre, las que nunca pudo contar él y la que deja encendida a su partida. Puede que se cierren puertas, pero la luz no se extingue, porque «el tiempo es eso, luces que se encienden y se apagan», y la suya se mantiene.

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