Bellver en abril
Luna negra o el deseo de un mito
Lo nuevo de Gabriel Bertotti remite a la ausencia de la luna, la que no se ve

Gabriel Berlotti. / .
Abilio Estévez
Marcel Proust, un frívolo genial, escribió en 1913: «El estilo no es un embellecimiento en modo alguno, como creen algunas personas, ni siquiera es un problema de técnica, es –como el color en los pintores− una cualidad de la visión, una revelación del universo particular que ve cada uno de nosotros y que no ven los demás. El placer que nos procura un artista es el de darnos a conocer un universo más». Hecha esta declaración de principios, me atrevo a trazar algunas consideraciones sobre Luna negra.

Luna Negra, Gabriel Berlotti, Sloper. / .
Empiezo por aplicar esta exigencia de estilo al nombre del autor: Gabriel Bertotti (Bahía Blanca, Argentina, 1963). Los nombres tienen su brillo peculiar y algunos anuncian la felicidad de una obra. Habrá que reconocer que no es lo mismo llamarse Neftalí Reyes que Pablo Neruda. Ni Lucila Godoy que Gabriela Mistral. Quizá el nombre sea un destino. Lo primero que conocí de Bertotti fue el nombre, el nombre sonoro, de arcángel florentino nacido en la Pampa, perdido en una isla del Mediterráneo que lo ignora, que nos ignora, como ignoró a Robert Graves. Pero con semejante nombre, ya tiene Bertotti ganada buena parte de la batalla. Y digo bien cuando digo «batalla».
El título de la novela: Luna negra. Lo cierto es que acabo de saber que luna negra remite a la ausencia de la luna, la que no se ve, la que se añora, como lo hace el Gato, un hermoso personaje de esta novela de quien yo me enamoré. Los personajes de la novela –el Gato, el Mono, Eva, Vega– viven atrapados en una búsqueda, o mejor dicho en un libro donde (como en casi todos los grandes libros) se reconstruye el mito de la búsqueda. Lo dice muy bien el Gato a Narigón: «Todo es ficción, por eso es que me valí de un truco. Esto que está pasando no es real, pero es muy probable que sea verdadero».
Y vienen a este libro otros personajes encerrados en otro libro que también anduvieron en sus propias búsquedas. Como el recuerdo de Emilio Gaena, o el Brujo Taboada, o el doctor Valerga, a quienes previamente se les puede encontrar en una novela de Adolfo Bioy Casares, El sueño de los héroes, y que reaparecen en Luna negra para continuar atrapados el destino de todo personaje.
La búsqueda es el centro común de ambas novelas. La de Bertotti, es a principios de 1990. Todo en esta historia tiende a una realidad que es propiamente narrativa, aun cuando uno crea descubrir el propósito cercano de enmarcar un fragmento oscuro de la historia de Argentina. No obstante, no podemos dejarnos engañar: lo significativo en las trescientas 12 páginas de este libro es el deseo de levantar un mito. Los personajes, supervivientes solitarios, se mueven en un entorno que está construido únicamente (y ya es mucho) con estructura y palabras. Son precisos, verdaderos, solo porque participan de una sintaxis, porque pertenecen a un discurso que logra una atmósfera densa, opresiva, casi siempre de un brillo inusual, donde el miedo y la búsqueda y el erotismo se hacen tangibles en medio de la alucinación del entorno asfixiante.
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