La historia de un camello que era dromedario
‘Treinta mil dromedarios’, de Patricia Almarcegui, es un ensayo con mucho de relato

Patricia Almarcegui / Elisenda Pons
Todo comienza con la descripción de la imagen reproducida en la portada: «El dromedario está de perfil y ocupa la mitad de la postal». Resulta que yo sí conozco –reconozco– la imagen; resulta que yo sí conozco –conocí– al dromedario, ese supuesto camello o uno de los tres hermanos que, a finales de los años 60, apacentaba cansado, viejo y tranquilo, junto a una pared seca en la carretera de Sant Jordi al Molinar. No sé bien dónde dirigía mi padre el Seiscientos familiar, pero sí sé que lo pedíamos. Queríamos ver al camello. Y lo veíamos. Aunque resulta que era dromedario. Pero me estoy adelantando a Patricia Almarcegui (Zaragoza, 1969), que lo cuenta; yo soy una de esas niñas. Ella, la autora de Treinta mil dromedarios, se topó con esta postal en una visita al archivo de Casa Planas. Y ahí empezó una indagación que yo ahora he repetido al revés, de la postal al dromedario y sus peripecias en Mallorca. Solo que ella consigue, de todo esto, hacer literatura.

Portada del libro ‘Treinta mil dromedarios’, de Patricia Almarcegui / .
Apartado 1: «Al animal lo recuerda todo el mundo». ¿Comprenden por qué me he sentido impelida a empezar con mi anécdota? Todos, sí, siempre y cuando tengamos los 50 años bien cumplidos. Pero dejemos que sea la escritora quien nos conduzca. Tras la descripción de la postal –¡qué turistificado estaba ya todo en Mallorca!–, nos presenta al autor y productor, aunque la foto la hizo uno de sus empleados. Nos referimos a Josep Planas i Montanyà, quien en 1954 vino a Mallorca para cumplir el servicio militar, y aquí se estableció: «Dos años después, inauguró la primera de las veintiuna tiendas fotográficas que con el tiempo conformarían su empresa, avión y helicóptero incluidos».
Pero no voy a contar la historia. Solo pretendo recomendar que lean el libro, que es un ensayo con mucho de relato, donde Almarcegui desgrana la falsa visión del orientalismo y el turismo en ese camello –perdón, dromedario– y en todo el constructo imaginario que lo envuelve, que nos envuelve. Las postales fueron el producto más repartido de Casa Planas, esas que «difunden clichés y estereotipos», pero también «documentan una época al mismo tiempo que la venden». La empresa Casa Planas ahora es archivo y nos permite entender nuestra historia. Eso es lo que hace Almarcegui, mientras va y viene, en el libro que tengo entre manos, porque de esa postal, que tiene el número de ficha 957 y fue tomada el 10 de mayo de 1968 por el operador y fotógrafo Palau, se vendieron 30.311 copias en los primeros años; su ficha recoge las ventas anuales de 1968 a 1971. «Para desear el sur de esta manera, ayer y hoy, ha sido necesario invertir en ficción», concluye Almarcegui este capítulo inicial.
«El dromedario entró en la plaza del pueblo. Iba tirado por un joven, otro caminaba a su izquierda. Ellos iban cansados, el animal resoplaba». Sin previo aviso, así comienza la segunda parte. Ya no es arena lo que pisa el animal. Es la plaza de un pueblo de Mallorca, porque como «No habían visto nunca un dromedario», dos aguerridos e impetuosos jóvenes y artistas de la pluma y el pincel, respectivamente, decidieron darse relevancia junto al dromedario, que les cedió su dueño, el empresario Mateu Verd Campet de Sant Jordi. De esa aventura, que Almarcegui rememora, surgió en 1965 un libro que se publicó primero como reportajes ilustrados en Diario de Mallorca –literatura de cordel se llama a eso–, y que siguió dando de sí hasta que en 2013 el cineasta Toni Bestard hizo de su aventura un documental.
Eran el pintor Gustavo Peñalver, que poco después partió a Alemania, donde hizo una digna carrera pictórica dedicada a un surrealismo muy colorista, y Miguel Vidal, quien iniciaba sus pinitos en prensa, y que desde Madrid desarrolló su trayectoria en el periódico deportivo As y con gran número de publicaciones propias.
Narratividad del turismo
Nos narra esta historia y la analiza, con sus componentes de invierno y aventura frente al exotismo, el orientalismo, la turistificación y el espectáculo. Porque, nos dice, «la vuelta a la isla en dromedario representa una posibilidad de descentramiento, de generar un itinerario y una narración fuera del poder». El objetivo de este libro, más allá de la anécdota divertida de la postal y de la excursión, es analizar el mundo donde todo se inserta y permitirnos comprenderlo. Para ello, confronta al orientalista Edward W. Said y a Hillel Matthew Daleski, pero también al poeta Rainer Maria Rilke, porque el propósito fundamental de este texto, que es ensayo pero va más allá, es analizar la narratividad del turismo y de aquella visión orientalizante por la que el dromedario triunfa como personaje.
Para ello, el documental, el libro, los relatos periodísticos, la postal, la única guía de Mallorca que editó Planas y aquel otro objeto hallado en su archivo, un imán con un fotomontaje en que andaba Planas i Montanyà, trajeado, subido al dromedario. Porque la postal subsiste, pero el dromedario murió. Y esa narrativa, y la ficcionalización, y la apropiación o el poder de la postal es el objeto de la mirada de Almarcegui, el de ese «lugar donde encontrar la paz». «Palma es una odalisca», lee Almarcegui en el libro de Vidal; «La isla. El lugar exotizado y orientalizado», nos hace ver, y todo a partir de ese arsenal de imágenes y más que es Casa Planas: «la configuración del archivo del imaginario moderno».
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