El fin del matriarcado
Una obra histórica sobre el fin de la civilización minoica

Una viñeta del libro. / Yermo
En Creta, sobresale el trabajo del dibujante, un poderosísimo Carlos Gómez que aporta carne y sangre a un relato tan apasionante como confuso. A esa confusión ayudan varios factores. Por un lado, los escenarios saltan de Creta a Santorini y puede ocurrir que no nos demos cuenta de cuándo cambiamos. Por otro, varios personajes tienen diferentes identidades o varios nombres, lo que tampoco ayuda a situarse. Además, se hacen constantes referencias a un pasado que en ocasiones vuelve como flashback y en otras como parte de un rompecabezas que debemos completar. Sumen a eso el carácter histórico del relato, con sus peculiaridades, ritos y costumbres que hemos de comprender y asimilar sobre la marcha.
De fondo se impone un discurso contra el heteropatriarcado, que es muy malo, frente al matriarcado imperante en la isla, que es estupendo. Pero siempre amenazado por los viriles griegos, que solo piensan en dominar y hacer el bestia. Esos machotes son unos descerebrados que creen en el matrimonio y la patria, frente a los progresistas cretenses, tipos enrollados, en comunión con la naturaleza y que no creen en las ventajas de «ser el toro de una sola mujer». Ellos son más de relaciones abiertas y familias comunales donde importan más los tíos que los padres. Ese matriarcado sagrado y que equilibra el bienestar de la gente con el cuidado del entorno se sitúa justo en el centro del debate. El macho alfa, un fenicio muy malo al que le gusta devorar corazones de niños y hacer trampas en los juegos florales con toros, es un villano sin matices. Mejor construido está el héroe, un griego con mucha historia a sus espaldas. En su momento, casi abrazó las liberales costumbres de los cretenses, pero cometió el error de enamorarse. Como en la isla no creen en lo de la pareja para toda la vida, el desgraciado prefirió marcharse. La acción comienza cuando regresa, tras años de exilio. Le acompaña un jovencito, que jugará un papel importante en el segundo tomo. El héroe debe cumplir una misión: retornar a la reina cretense un hijo que vive oculto en Santorini, a salvo de quienes quieren liquidarlo y acabar con sus derechos dinásticos.
El argumento carga con intrigas palaciegas, conspiraciones de burócratas ambiciosos, predicciones apocalípticas, amores tan apasionados como prohibidos y catástrofes naturales que arrasan con todo. Y con una generosa dosis de acciones crueles y violentas. Tendría que ser fascinante, pero solo lo es a medias. En parte por los indigestos discursitos ideológicos, de un maniqueísmo sonrojante. Ya saben, el hombre es violento, y la mujer, un ser de luz, amable, apacible y quien debe gobernar. Súmenle a esto una estructura narrativa innecesariamente complicada, con saltos temporales y argumentales difíciles de seguir.
Afortunadamente, la puesta en escena corre a cargo de un artista superlativo. Yermo ya había publicado otras obras del argentino Carlos Ernesto Gómez, en la colección Reinas de sangre. Aquí no solo realiza un trabajo fenomenal con los fondos, algo muy difícil dado que es una reconstrucción en la que hay mucho espacio que rellenar. Cada fresco, detalle arquitectónico, prenda, comida o barco debe someterse al rigor histórico y pasar por el tamiz de los últimos descubrimientos arqueológicos. Ignoro si la aproximación es científica al 100%, pero me la creo, entro con facilidad en el mundo que construye. En principio, gracias a sus personajes, fuertes, vigorosos, llenos de energía y vitalidad. También por sus acabados, que cargan de detalles los ambientes y se recrean en las arrugas de los numerosos ancianos.
Hay cierta evolución del primer álbum al segundo, donde aumentan las masas negras, dando mayor expresionismo. El dibujante demuestra su maestría en los grandes planos generales, los emotivos primeros planos y las secuencias de lucha y acción. Su dibujo es una auténtica maravilla, clásico y poderoso y por sí solo justifica la compra.
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