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Al ritmo de Golpes Bajos

Si algo me ha gustado especialmente de la novela, ha sido su estructura

Al ritmo de Golpes Bajos | FUNDACIÓN FORMENTOR

Al ritmo de Golpes Bajos | FUNDACIÓN FORMENTOR

Aránzazu Miró

Aránzazu Miró

Prolífico es, como autor, Román Piña Valls. Y galardonado. En esta ocasión, con el XXVIII Premio de Novela Ciudad de Salamanca. Su Pisábamos los charcos tiene, de entrada, algo que me ha cautivado: los títulos todos, del general a los capítulos. Y es que son poético-musicales. Proceden de Golpes Bajos, el grupo gallego de la movida que le sirve de bajo continuo literario. Un conjunto que quizá reconozcamos todos por su famosa inspiración en el verso de Bertold Brecht Malos tiempos para la lírica, pero que va más allá; a esta novela le concede un tono poético. «Tú lo eras todo, yo no era nada. Pisábamos los charcos, tan lejos estaba», dice la letra de la canción Cena recalentada. «¿Qué era enamorarse? Querer compartir con una chica el remoto secreto de la infancia, recuperar con ella al niño perdido, el que pisaba charcos violando las leyes de la ciudad y de los padres».

Si algo me ha gustado especialmente de la novela ha sido su estructura. Desde la dedicatoria a Pedro García Gómez, con él y el presente da entrada a lo que es una exquisita recopilación de recuerdos y vivencias desde la nostalgia del pasado: «¿Para qué volver al pasado si no es para gozar la nostalgia de ese viaje?» El autor, en una magnífica nota final, nos lo explica todo: «En parte esta es una historia sobre decepciones. Las mayores decepciones posibles son las de la amistad y del amor, pero todos somos decepcionados y todos decepcionamos». Porque, unos párrafos antes, nos ha anunciado: «Cómo decirlo. Todos los personajes de este libro estamos muertos. Viven solo algunas de las personas en que llegamos a convertirnos».

Este libro quiere ser la memoria de Pedro, a quien se le dedica, pero es la vivencia de un tiempo. Al ritmo de Golpes Bajos y su lírica. Chicos que cumplen veinte años, sus tragedias y enamoramientos; Valencia y su entorno universitario, y El Cabañal, y Murcia, pero también Mallorca, son los lugares que identifica la novela. Años ochenta; en realidad, 1986. Tan real como su autor, aquel chaval al que «ya me iba bien ir forjándome cierta fama de tipo cómico y sufrido», ese al que reconocemos en sus anteriores novelas y que no parece ser el mismo. A mí, como lectora, me gusta este talante de lo que él llama nostalgia pero que no contiene acritud.

La novela revive con mucha simpatía ese sentimiento de los jovencitos «con diecinueve años y el ansia de un futuro lleno de sorpresas, horizontes que alcanzar...» que no ha perdido su autor mientras lo narra. No se le escapa la nostalgia. En realidad, es un libro de reencuentros debido a la agonía de Pedro, «había escrito estas memorias para mí mismo, para recuperar y revivir en una versión resumida un tiempo único, y entender mejor quién llegué a ser», nos dice Román Piña. Logro conseguido.

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