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Alquimia del lenguaje

Con esta obra, la autora ha obtenido el Premio Unicaja de Poesía que publica la impecable Pre-Textos

Pilar Vargas

Pilar Vargas / Pretextos

Aránzazu Miró

Aránzazu Miró

El zamak es una aleación metálica que destaca por su capacidad para, en el momento de la fundición, adaptarse al molde. Eso es lo que ha hecho Pilar Vargas Pacheco en esa alquimia del lenguaje que ha titulado Zamak, y con la que ha obtenido el XXXVII Premio Unicaja de Poesía que publica la impecable Pre-Textos. Dos premios en uno.

¿Es la alquimia compatible con el vuelo? Zamak merodea este concepto, y lo hace desde dos perspectivas: la primera parte comienza con el reconocimiento del pasado propio; no desdeñar sino asumir. El primer poema es ese Ayer de la juventud donde creíamos ser los dueños, «Y te poseen las sombras». No es un poemario pesimista, es un texto de reconocimiento, lleno de aire. El aire del vuelo, de los saltos, de unos espacios que proponen una composición cercana a la del caligrama, textos escritos para leérnoslos en voz alta a la vez que los tocamos como poema y como objeto, todo hecho con cura y mucho tacto.

Los saltos que pueden ser al vacío o para prender el vuelo, nos hacen respirar, leer, mirar, pensar, seguir, «como silencio»; es la poeta quien nos encamina. Sin conocer el destino, empezamos a volar. Todavía no es metáfora. Veinte horas para llegar a Bangkok. Es una huida, «conversación pendiente», hacia la soledad lograda. Calor de ciudad sucia frente a hogar lejano. La soledad puede ser mental o terrible. Aparece el primer pájaro: no te vayas, pájaro; o sí, «no quiero atraparte».

Es la esperanza, con el pájaro, pero sobre todo con esa naturaleza que nos envuelve, esos almendros secos que son signo de nuestro tiempo: olvido pero también recuerdo, «que en algún lugar / florezco.» Expectativa, la naturaleza es siempre ejemplo de todo: «Orgullo de estirpe / abocada a la extinción», aunque no hay mayor metáfora de resiliencia que la rosa de jericó rodando por el desierto «hasta reverdecer».

Aparece la llama que funde: «El futuro, metal inestable, de blanda estructura, / aleación de pasados ya vencidos», donde lo frágil se rompe si se nombra. El miedo y la muerte, un mirlo lleva a la noche y al galope del caballo liberador, brioso y feliz, «agalopeagalopeagalope».

La segunda parte alza el vuelo. Se pregunta por la muerte y su silencio, en diálogo con Rilke y la despedida continua, donde el pájaro asume la gran metáfora del vuelo de la verdad. Está ahí la aleación que da título al poemario, desparramándose mientras lo recorremos. Qué es la resistencia sino vivir, entre la sombra y el día, como la claridad. Hay reconocimientos al ángel que creció junto a ella, canto hermoso al «bosque suspendido del cielo» que es la Serra de Tramuntana. Pero la mujer y la tierra, con el vuelo mantenido y un mundo que se manifiesta sonoro: el mar en el que cantan notas de lluvia y las montañas donde aletea la memoria. Antes de unos agradecimientos preciosos, concluye Vargas con una celebración del eje del universo: volar, pero en compañía.

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