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ECOLOGÍA

Eres ecosistema, el resto es propaganda

La Conferencia de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP 27) ha demostrado que aún se pueden ignorar con descaro las evidencias climáticas

Alexis Racionero. editorial siglantana

Este ensayo de Alexis Racionero resucita en clave filosófica la novela homónima de ciencia ficción de Ernest Callenbach, (publicada en 1975). La novela de Callenbach –Ecotopia: The Notebooks and Reports of William Weston–, describe un nuevo estado ecologista radical y feliz formado por California, Oregón y Washington, secesionados de los Estados Unidos. Sin duda algo difícil de imaginar en la geopolítica norteamericana contemporánea, donde los zoquetes poderosos son ignorantes y supremacistas. Como plantea Racionero: es preciso tener una actitud más profunda con la naturaleza, el neologismo ecosofía surge de unir ecología y filosofía, ocurrencia del noruego Arne Næss (fundador de la ecología profunda).

Racionero, doctor en Historia del Arte, licenciado en Geografía e Historia, es especialista en contracultura, filosofía oriental y el viaje del héroe (ese viaje que conceptualmente todos necesitamos para crecer y no ahogarnos en miedos heredados). Su estudio nos invita a reinventar nuestra relación con la naturaleza, trascendiendo la mera ecología. Personalmente, con la ecología me conformo, pero si además ese cambio genera nuevos modelos de convivencia con los ecosistemas, me gusta. Pero las cifras, evidencias e informes hablan solos.

Ahora que la Conferencia de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP 27) ha demostrado que aún se puede ignorar con descaro las evidencias climáticas: Ecotopía nos recuerda que lo tenemos crudo si no le damos al freno de mano. Ya no es militancia, es evidencia, un axioma irreductible: la termodinámica. La ONU y un ejército de científicos en rebelión está harta del greenwashing de megaempresas, bancos y gobiernos locales. Entre otras recomendaciones, piden que no se declaren como «cero neto» mientras sigan invirtiendo en combustibles fósiles. Por eso, contextualizando al machacado archipiélago balear, cabe repetirlo: no es de la mano de filantrópos que tras sus espaldas tienen inmobiliarias y explotadores de toda la vida como Tío Gilito que transformaremos este jaleo ambiental. No, eso no es un cambio de modelo, el modelo cambia cuando dejas de usar sofismas centralistas o haces marketing por encima de todo. El cambio es local, más anónimo, descentralizado y organizado en redes. Pero sin golpes de efecto, sin salvadores, ni chorradas. Emulando a Galeano: la ecotopía va más allá de 2030. Caminas dos décadas, ella se aleja dos décadas y el horizonte se mueve dos décadas más allá. ¿Entonces para qué sirve la ecotopía? Para eso, sirve para caminar y adaptarnos a la realidad, sin descanso, sin parar. Merece dejarse de zarandajas y hacerse ecotopistas. Oikos colapsando. Glaciares sorbete. Nivel del mar subiendo. Calentamiento inflexible. Posidonia muerta. Deforestación galopante. Como guinda del pastel: extracción de combustibles fósiles non stop, ¿da igual? ¡No! La moderna sociedad industrializada occidental está sedada y se olvida de lo elemental, los elementos armónicos de la Tierra. Reciclar es una tirita insuficiente, pasear tu botella rellenable es un tópico insuficiente, el coche privado eléctrico un disparate. Seamos serios, por favor: enseñemos -con el ejemplo- a nuestros hijos a vivir con menos y consumir menos recursos energéticos o nos vamos al colapso.

Paso la palabra a uno de los últimos jefes pieles roja: “Cada parte de esta Tierra es sagrada para mi pueblo, cada brillante aguja de un abeto, cada playa de arena, cada niebla en el oscuro bosque, cada insecto que zumba es sagrado para el pensar y sentir de mi pueblo.”

Ecotopía. Una utopía de la Tierra. Marc Masmiquel Mendiara

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