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LÍRICA

Ecología y más

Si Jack London fue marino, pescador y contrabandista, Pedro Andreu, además de filólogo, es muchas cosas más como integrador social en un centro de acogida para víctimas de violencia de género

Pedro Andreu. Archivo P.A.

Imagina lector, que la voz la percibes en las entrañas, que es desde dentro que arden las imágenes. Arquetipos de llanuras y noches, dolientes e infinitas. Ahora, sumérgete en un cuadro de Hopper y vive ese tiempo congelado. De una patada sales volando y aterrizas en cualquier rincón de mala muerte de la isla de Manhattan. Atraviesas de un parpadeo, en un renglón de asfalto la Ruta 66. Unas sirenas te despiertan y constatas que ese sueño era un sabor, te golpean imágenes y capítulos de películas que has visto. Ahora visualizas una huida por el Valle de la Muerte, cabalgando un motor que ruge mientras los fantasmas te arrancan los versos. Pedro Andreu nos regala en este poemario un desgarrado y sentido y doliente grito existencial, con pérdidas, deseo, imágenes que se graban a fuego en tu memoria. Por todo el libro hormiguea un disparo en la nuca al modelo impúdico del pornocapitalismo norteamericano mientras turistas se hacen selfies desde un rascacielos.

En ese testimonio emocional Andreu nos hace ser supervivientes de nuestros sentimientos, caídas y miedos, nos cuela en una superproducción coral de pueblos originarios, de guerrilleros anónimos alistados a la barra de un bar, a las afueras de un motel con los neones parpadeantes.

“yo solo sé que el amor

es como las orquídeas de mi casa

esa resistencia granate

que late en la semilla

y se abre paso

a un mundo detenido

en el centro del vértigo

donde aúlla la nada”

Si Jack London fue marino, pescador y contrabandista, Pedro Andreu, además de filólogo, integrador social en un centro de acogida para víctimas de violencia de género, pintor de brocha gorda, cooperante internacional durante años, dependiente de un videoclub, repartidor de pizzas, mesonero de un refugio de montaña, también guionista, ha publicado 7 poemarios y 2 novelas, y colecciona una buena estantería de premios literarios. En sus palabras “…y no sé cuántas absurdidades más –como cualquiera que haya pisado el siglo XXI–”.

Pero no se trata sólo de lo que uno ha hecho o ha dejado de hacer. Es cómo vives lo que te sucede, con qué actitud. Y la literatura de Andreu es descarnadamente bella, y Nunca besarás a una cherokee te arroja a un abismo en el que caes y caes, y dura será la caída. Y al llegar al fondo de cada escena Andreu te hace arder en una renovación carnal, sexuada, bebida y drogada de vida en vena.

“ha llegado el verano desde el Hudson con su cuchillo mojado entre los dientes ha entrado hasta mi apartamento a cortarle la garganta a mi sueño”

Sería absurdo quedarse satisfecho en reseñar en mil palabras lo que evoca mil vidas. El estilo incombustible e incendiario de Andreu abraza catástrofes existenciales en la belleza y la espontánea verdad del comportamiento humano: fuego interior, sexo y sangre, vida y deseo. Incómoda la experiencia de verse vapuleado por el control de imágenes que este poemario desentierra.

Con 70 poemas cruzarás la interestatal del sueño americano en una ruta accidentada y sincera, con capas personales, cómo no, de una vida de cotidiana lucha, la del deseo y un cierto alborozo en la dignidad llana del superviviente, el sensible ser invencible que siempre resucita. Quizá los sentimientos sean una reencarnación que se pasa a los demás, y el amor sentido y desagarrado no entiende de límites, de vida o muerte, es otra esfera de existencia. La amistad también puede ser esa especie de milicia, de escuela filosófica, donde la lealtad se demuestra viviendo hasta el último suspiro integrando en dolor y el humor de los amigos, de los compañeros de viaje, aun viajando en vagones alejados. Página a página, bajo el paso firme de sus puñetazos sintéticos y duros. Pues si Tyler Durden (del Club de la lucha) escribiese poemarios con sus puños, sus palabras serían las de Pedro, no tengo la menor duda.

Este libro te mete en la mollera a un narrador que te arrastra a un club clandestino en el sótano de un antro. Y allí abajo, sin camisa ni vergüenzas, ni miedo, ni esperanza, enjuto y duro como la madera lo único que tu cuerpo podrá hacer será molerse a golpes con los demás actores y actrices de esa extraña película de David Lynch que ha sido triturada en sus átomos esenciales y agitada en una batidora. El coctel final quema tu garganta y deja un margen amplio para querer seguir batallando por la libertad interior, por la memoria sentida de los amores y las ausencias.

No debo disimularlo, conozco a Pedro desde hace 30 años, con él y otros mamíferos de nuestra quinta fundamos desde la Editorial Subterránea, a la revista El Arte de Marear en la universidad; y muchas otras cosas diversas que quedan para nuestra memoria, incluyendo viajes a rincones selváticos y páramos donde los campesinos subsisten con una alegría canalla y deslumbrante. A Pedro le diagnosticaron hace un año ELA, ha perdido su voz, pero no sus palabras, que siguen golpeando duro en el hígado, pero con una belleza descarnada y electrizante, pues su motor interior tiene amor puro de alto octanaje. Suena “Where Is My Mind?” de Pixies, se derrumban los rascacielos, se hunde un mundo de errores y falsas promesas. Todos acabaremos como esqueletos enterrados y carne de gusanos. Eso el cuerpo, pues la me nte serpenteará como espíritu inmortal y anidará en todas las personas que hayan compartido emociones, llantos y alegrías. Las palabras de Pedro Andreu sí que besan a una cherokee y nos dejan a todos hipnotizados y beodos. En la vida todos nos tambaleamos, bajo la maldita y fiera belleza del amor.

Nunca besarás a una cherokee

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