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Prosa poética

La escritura del asombro

Los naipes de Delphine, de Esther Ramón, es una trampilla hacia desvanes de la memoria

Esther Ramón. WIKIPEDIA

La prosa puede ser un bucle; un rizo de viento; una modulación de lo secreto. Con este convencimiento acabé mi lectura de Los naipes de Delphine, de Esther Ramón (Madrid, 1970) y con la certeza de ser un libro que cumple con algo que deberíamos esperar de todo libro y que no siempre se da: su capacidad para ofrecer lo inesperado. En este sentido, la poeta madrileña parte del juego y nos quiere llevar hacia él. Tomando como referencia o motivación la película El rayo verde, de Éric Rohmer (cuya protagonista, recordemos, se llama Delphine y durante el film se encuentra algún naipe por la calle), la autora de Reses supera de largo el punto de partida y nos ofrece una singular baraja cuyos naipes son una puerta abierta a un catálogo de maravillosas ligerezas y guiños donde se dejan historias en suspenso y destellos de especulaciones. Mencioné antes la palabra «juego» porque todo lo que el juego acarrea da, desde mi punto de vista, una clave ineludible de lectura. Las alusiones en el libro por parte de Ramón de que todo está por estrenar y todo puede cambiar abundan: «Delphine se despertó riendo, pensando que nada está escrito y que, si lo está, las letras siempre se mueven dentro del libro, como dientes de leche en una boca infantil».

Y efectivamente, nada está escrito, se nos dice entre líneas. Sin ataduras a las prescripciones y con una libertad de escritura más propia de la poesía. No es que la prosa no pueda tomarse libertades, pero está, en demasiadas ocasiones, sometida al rigor de lo narrativo; a la dependencia de contar una historia. Y las historias, como tan bien se aprecia en Los naipes de Delphine, pueden ser fugaces; evaporarse y dejar apenas un hilo; enroscarse sobre sí mismas; ser una lluvia fina…

Esa imaginación que se batía en retirada por la pandemia de la auto ficción regresa con Esther Ramón como una suerte de anfibio mítico; una trampilla hacia desvanes de la memoria.

«El pensamiento es un falso techo, una lámpara oscura, dirigida, que le impide ver lo que es, lo que no tiene nombre y le roza las manos». El libro está lleno de afirmaciones así: desinhibidas, estimulantes. Delphine es un vaso conductor; un arcón en el que el lector mete la mano sin saber lo que saldrá de él.

Si bien es cierto que, como dice Lina Meruane en el epílogo, «estamos ante el libro más narrativo de la autora», quiero insistir en negar para este caso la equivalencia tradicional que se adjudica a la prosa. Cada naipe una entrada o una desembocadura. Como el Marco Polo de Las ciudades invisibles de Italo Calvino, Ramón nos ofrece la confidencia del ensoñamiento. No es la escritura una taxidermia, parece decirnos la poeta. Ni las palabras son animales domesticados. Los naipes de Delphine no se adecua al viejo principio de leer es tener. Arena o agua que se escurre entre los dedos pero que deja su impronta.

Y luego están los propios naipes, reproducidos en el libro para gusto del lector. Aquí es el momento de recordar la suerte de que una editorial con el buen gusto de Fórcola decida editar un texto así. Afortunadamente hay realidades que se buscan y se encuentran.

De Delphine a Delphine. De Rohmer a Ramón.

La ley sin ley de los vasos comunicantes.

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