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Diario de Mallorca

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NARRATIVA

Dos reediciones | Annie Ernaux: el origen del mundo

Los armarios vacíos, debut de la narradora francesa y germen de su escritura biográfica, es una novela punzante con entidad pròpia

Ilustración: Dos reediciones | Annie Ernaux: el origen del mundo Pablo García

Annie Ernaux (Normandía, 1940) publicó Los armarios vacíos, su primer libro, en 1974, cuando era una mujer casada, con dos hijos, profesora de instituto en Saboya. Esta ópera prima (que tuvo una pronta traducción al castellano en la desaparecida editorial Galba, 1976) es una novela convencional, cuenta la historia de una chica de provincias, una universitaria de veinte años llamada Denise Lesur.

Sin embargo, la escritora francesa que, aun de manera muy desordenada, hemos ido conociendo en los últimos tiempos, y con un decisivo empuje en 2008 tras el resonante éxito de Los años en su país (libro traducido inmediatamente en la también desaparecida Herce, y luego en Cabaret Voltaire), es decir, la autora de Una mujer, Pura pasión, La vergüenza, La otra hija, Memoria de chica ..., no podemos decir que sea propiamente una novelista, pues estas obras no pertenecen al campo de la imaginación, de la ficción, ni siquiera están concebidas como autoficción. Toda la trayectoria de Ernaux responde, por contra, a un planteamiento realista y de corte autobiográfico; su literatura se centra así en la exposición y análisis de su propio recorrido vital y ceñido a un contexto (de lo familiar a lo histórico) siempre concreto y bien definido, por lo que ella misma ha calificado sus obras como «autosociobiografías», ya que lo biográfico debería entenderse como muestra de una realidad superior, como testimonio sociológico. Incluso cuando se trata de lo más íntimo, de puras pasiones, quiere Ernaux exponerse de modo impersonal, como quien apunta a un objetivo científico: «No mis celos, sino los celos», escribe, por ejemplo, y con esos mismos énfasis, en La ocupación. Por otra parte, aunque los diarios, la otra vía por la que suele discurrir la escritora, tengan características específicas y ni siquiera sean equiparables los diarios personales (No he salido de mi noche, Perderse...) y los más externos (La vida exterior, Diario del afuera...), ambos convergen en similares dominios que los títulos sociobiográficos.

En este libro, que se nos presenta como una novela, encontramos, como cosa excepcional, elementos propios del ensayo, así que es narrativa i análisis

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Así que el libro que hoy reseñamos –y en cuanto que se nos presenta como novela– constituye una excepción; o mejor dicho: una primera aproximación, un ensayo general con público –y sin red– aunque con evidente entidad por sí mismo, además de muy significativo sobre lo que cuajará poco después en una escritura más genuina. De hecho, Ernaux distingue, junto a Los armarios vacíos, otros dos títulos (uno de ellos excluido de Écrire la vie, volumen en el que reunió toda su obra hasta 2011) que presentan, en efecto, bajo el abrigo de la ficción: nombres inventados, monólogo interior.... No es hasta 1984, con El lugar, texto centrado en la figura de su padre, cuando encuentra ese registro llano e impersonal que va a caracterizar su producción.

Ahora bien, el universo narrativo de Ernaux está ya en Los armarios vacíos, al punto de que algunos de sus principales libros asoman abiertamente en estas páginas. Y es que la historia de su protagonista, la de esa estudiante llamada Denise Lesur, es la historia de Annie Ernaux. Y no hacemos esta identificación porque hayamos cometido la torpeza de caer en falacias biográficas y confundamos al autor con el personaje, sino porque no hay texto sin contexto y hoy no puede leerse esta novela dejando a un lado, por ejemplo, y como si no existieran, La vergüenza o El acontecimiento, tantas páginas biográficas de Ernaux. Con todo, la importancia de Los armarios vacíos no se limita a lo que pueda adelantar como germen de un mundo (pueblo francés en los años 50-60, padres de origen obrero con un pequeño bar-tienda, hija que llega a la universidad...), pues la novela es suficientemente impertinente, reivindicativa y punzante como para considerarla por sí misma, en todo lo que significa de posicionamiento ideológico.

Denise Lesur, hija única de esos comerciantes sin estudios, cuenta su vida desde que era niña en ese bar-tienda de las afueras, la reina de un pequeño universo que no carecía de contrariedades (suciedad, vivienda estrecha y pobre, peleas entre sus padres...) pero que podía resultar envidiable (había chocolate, negocio, quesos...) en comparación con los apuros económicos de no pocos clientes, de las miserias de tantos viejos y borrachines del barrio; un orden que, sin embargo, empieza a resquebrajarse, a cuestionarse, cuando con gran esfuerzo familiar los padres envían a la niña a un colegio privado, donde la pequeña Denise va descubriendo otro mundo (el habla, los profesores, las maneras de las otras chicas: las diferencias de clase), lo que no solo causa humillaciones concretas (hasta por lo incontrolable: tono de voz, rascarse), sino que, poco a poco, sitúa a la hija frente a sus progenitores: se avergüenza de ellos. Y la distancia aumenta a medida que la sexualidad (la otra cara del origen del mundo) va conquistando sus turbadores dominios y que los libros acercan a Denise (inteligente, brillante alumna) a otro ámbito sociocultural. La vida junto a sus compañeros de universidad, en la capital de provincia, certifica su condición de tránsfuga.

La literatura de Ernaux está construída sobre la sensación de haber quedado colgada entre dos mundos

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La historia se cuenta desde el tiempo presente: el monólogo interior de una estudiante que desde la residencia universitaria evoca entre la culpa, el odio y la rabia su pasado, pero que lo hace asimismo con miedo y desconcierto, con desesperación y conciencia de fracaso, pues desde la primera página sabemos que ha acudido a una vieja abortera y tiene una sonda en su interior. Este es el punto de partida: «Explicar por qué me enclaustro en un cuarto de la ciudad universitaria con miedo a morir, a lo que pueda pasarme. Ver claro, contarlo todo entre dos contracciones. Ver dónde empieza el descontrol. No es cierto, no nací con ese odio, no los detesté siempre, a mis padres, a los clientes, la tienda... a los otros, los cultivados, los profesores, los como dios manda, también los odio ahora. Estoy hasta el vientre de todo. (...) Jodida por todas partes».

ANNIE ERNAUX. Los armarios vacíos. Traducción de Lydia Vázquez Jiménez. Cabaret Voltaire, 224 páginas, 19,95 €.

ANNIE ERNAUX. Los armarios vacíos. Traducción de Lydia Vázquez Jiménez. Cabaret Voltaire, 224 páginas, 19,95 €.

La literatura de Ernaux está construida sobre esta experiencia primera, sobre la sensación de haber quedado colgada en medio de dos mundos («el culo entre dos sillas»). Y ya en este primer libro toma partido. En Regreso a Yvetot explicará cómo el mismo año en que murió su padre y tuvo su primer destino como profesora en Saboya, con alumnos de procedencia campesina y obrera, supo lo que debía escribir: «A partir de la defunción de mi padre –que encarnaba, más que mi madre, un anclaje en el mundo obrero y campesino– y de la enseñanza a alumnos, de los que muchos eran como una imagen de mí misma a esa edad, por su rudeza, su ausencia de buenos modales, su desconocimiento de los valores dominantes, a partir de esa doble experiencia supe lo que debía escribir: escribir acerca de la realidad que conocía, acerca de todo lo que anteriormente había dejado huella en mi existencia».

Y aunque todo género literario tiene sus coartadas, su fábula y su retórica, Annie Ernaux hallará en la escritura sociobiográfica el espacio a medida para reconciliarse con sus padres y su propio origen: para escribir en defensa de su clase y de su condición de mujer. Esta es su fuerza, su notoria repercusión actual.

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