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Diario de Mallorca

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BIOGRAFÍA

Hechos, no palabras

Esbozo de una larga y desoladora lucha: la historia de la líder sufragista Emmeline Pankhurst

Emmeline Pankhurst, 1913. WIKIPEDIA

En una época en la que la abstención de voto puede superar el cuarenta por ciento, es necesario hacer memoria de la lucha, cruenta a veces y siempre dolorosa y traumática, que supuso conseguir el sufragio universal. El derecho al voto de los hombres fue creciendo paulatinamente en número desde la segunda mitad del siglo XIX, pero las mujeres tuvieron que esperar varias décadas más y batallar denodadamente hasta conseguirlo. Emmeline Pankhurst, sus hijas Christabel y Sylvia y una larga lista de mujeres que aparecen en este libro con nombres y apellidos dedicaron su vida a convencer a la sociedad de su tiempo de que no habría democracia sin la opinión y el concurso de las mujeres, la mitad de la población.

En Mi historia, publicado en 1914, la principal artífice del movimiento sufragista nos da una visión detallada del ambiente social y político de los últimos años del siglo XIX y primeros del XX en Inglaterra. My Own Story termina con el inicio de la Primera Guerra Mundial y con Emmeline Pankhurst pidiendo el cese de las actividades reivindicativas para dedicar sus esfuerzos al conflicto bélico. Tres meses antes de su muerte, en 1928, la Sra. Pankhurst fue testigo de la ley que permitía votar a todas las mujeres mayores de 21 años en los mismos términos que a los hombres.

Llegar hasta ahí fue una larga historia de asociacionismo femenino y de lucha contra el parlamentarismo inglés y su acérrimo patriarcalismo. Pankhurst da cuenta pormenorizada de cómo nombres insignes de la política de su tiempo (Gladstone, Haldane, Churchill o Asquith) fueron capaces de ignorar las leyes vigentes y de recurrir a todo tipo de patrañas para impedir que la solicitud de voto de las mujeres fuera discutida en el Parlamento. Pero las sufragistas fueron creciendo en número y en estrategias, mientras que los políticos se enquistaron en su posición: el filibusterismo parlamentario, que entre bromas y chanzas alargaba las sesiones para consumir el tiempo y que no se pudiera defender la propuesta sufragista, se les volvió en contra y pocos años después tenían que salir de casa rodeados de policías y guardaespaldas.

Pankhurst fundó en 1903 la Unión Social y Política de Mujeres (WSPU), que recogió la bandera de las asociaciones femeninas precedentes y se planteó no cejar en su intento de conseguir el voto para las mujeres. Los primeros años fueron de activismo pacífico, intentando el diálogo con los políticos y esperando pacientemente a que éstos cumplieran sus vanas promesas. En 1905 comienzan las manifestaciones cada vez más numerosas de mujeres vociferando sus consignas delante del Parlamento y las cargas progresivamente duras de la policía. A Votes for Women se añadieron otros lemas, como Hechos, no palabras, ¡Mujeres, levantaos! y ¡Ahora!

El libro narra en detalle la increíble organización del movimiento, la coordinación para asistir e informar en las ferias anuales de los pueblos más alejados, para congregarse desde distintos puntos con una precisión que superaba a los planes policiales o para salir a intervalos medidos en grupos de doce hacia el Parlamento, cuando se pasó una provisión que impedía acercarse a más de ese número. De esta época es el famoso Hyde Park Rally de 1908, que congregó a medio millón de personas, la cifra más alta hasta entonces de asistentes a una manifestación en el Reino Unido.

Todos estos esfuerzos solo consiguieron que el Gobierno de Asquith se empecinara en su negativa de reconocer el derecho de las mujeres. Así que éstas también se radicalizaron, y a las detenciones, a la brutalidad policial, al horror de la alimentación forzada y al escarnio con que la prensa les trataba contestaron con una escalada de violencia, convirtiendo las salidas oficiales de los políticos en una pesadilla. Las sufragistas organizaron roturas masivas de ventanas y escaparates, quemaron buzones, prendieron fuego a edificios vacíos y echaron ácido a los impolutos campos de golf donde las clases privilegiadas disfrutaban del ocio. Pero nunca pusieron en peligro la vida de nadie, con excepción de la suya propia.

Es imposible dar cuenta aquí de los pormenores de Mi historia, de las peripecias sufridas por estas mujeres, convencidas de sus derechos como ciudadanas. Pankhurst fundamenta su activismo en la extrema pobreza y los abusos que contempló cuando fue inspectora de la Ley de Pobres en la década de 1890: las viudas no tenían derecho a una pensión, pero tampoco habían tenido derecho a ejercer una profesión que garantizara su vejez, mientras que las madres eran legalmente responsables del bienestar de sus hijos sin darles ninguna herramienta para conseguirlo, con lo que muchas eran llevadas a la cárcel y sus hijos a la inclusa por haberles hecho pasar hambre o vivir en condiciones insalubres.

Pankhurst creyó firmemente que solo el voto podría dar voz a los derechos de las mujeres, que solo elegir a sus representantes les haría ser escuchadas en el Parlamento. Clara Campoamor lo corroboró al conseguir el voto para las españolas, desde el hemiciclo, en 1931.

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