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Diario de Mallorca

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Creación

Una historia inmortal

Conocí a una profesora de Matemáticas de la Complutense que explicaba con energía sosegada y claridad. Me ayudó a explorar y descubrir nuevos campos de las matemáticas

Universidad Complutense de Madrid. WIKIPEDIA

Orson Welles hizo una película titulada Una historia inmortal (1968), donde cuenta la leyenda de un marinero que llega a puerto y vive una noche amorosa con una mujer de ensueño. La leyenda es inmortal porque sigue sin cumplirse. Tengo la sensación de que en el verano de 2019 viví una historia inmortal.

Todo empezó en la Universidad de Madrid, entre la Complutense y la Politécnica. Con motivo de escribir una tesis doctoral en la Politécnica (Aeronáuticos), conocí a una profesora de Matemáticas de la Complutense, la Profesora. Explicaba con energía sosegada y claridad. Me ayudó a explorar y descubrir nuevos campos de las matemáticas en la ingeniería. Hablaba con ternura y rigor. Su conversación era luminosa y cálida. Transmitía paz.

Cuando nos despedimos, noté que algo se había sembrado dentro de mí. Lo supe porque me puse muy triste al darme cuenta de que tal vez no volvería a ver a la Profesora. Con los días, con las horas, mi añoranza aumentaba.

Nausicaa.

Nausicaa.

Con este añorar, algunas semanas después, estaba yo sentado en la orilla de una playa exquisita del sur de Mallorca: aguas turquesas y cristalinas, el mar en remanso, ondulación suave. Pensaba en el mar de Homero, Nausícaa… Y todo conectado con la Profesora, con la ilusión de compartir aquel mediterráneo con ella.

Sumido en estos pensamientos, de repente la Profesora surgió del mar, delante de mí. No podía creer tanta fortuna, aquí y ahora, en el preciso instante de recordarla y añorarla. En un caminar elegante y calmado, salía del mar. Comprendí que la Profesora era una diosa, una diosa que me hizo soñar. He pasado muchos veranos de mi vida en estas aguas, pero nunca había visto una diosa emerger del mar. Pasó cerca de mí y se sentó a poca distancia. Yo la miraba pero no supe ir a verla. Al cabo de un rato se fue.

Todavía no entiendo cómo no fui a verla, es un sentimiento de desolación. Tan añorada, tan cerca de mí y tan lejos, tan imposible volver atrás. Sentí que había recibido y perdido el esplendor de un encuentro. Una conjunción de astros que no supe recoger. Los siguientes días la busqué incesante a través de los infinitésimos del tiempo y de los espacios. Escribí su nombre en la arena y en el mar, calculé la probabilidad de que alguna partícula de mar que acarició su piel fuera la misma que me acariciaba a mí… Comprendí que toda la hermosura matemática que explica el universo se resumía en la aparición de la Profesora desde el mar. Fue un instante infinito.

Una historia inmortal.

Una historia inmortal.

Pocos días después, sentado en la misma orilla, mirando la ondulación suave del mar y al arrullo de su música, me adormecí. Entonces soñé que la Profesora y yo vivíamos este guión de cine:

Exteriores. Madrid, Ciudad Universitaria. Paseo al atardecer, color arrebol.

Profesora: ¿Qué tal vas con tu tesis?

José: Estoy muy ilusionado con la tesis, con volver a ser estudiante. Creo que cuando uno es estudiante lo es para toda la vida. Pero en este caso, además, es volver a la universidad.

Profesora: Ser estudiante es muy bonito.

José: Sí… aunque yo creo que hay algo todavía más bonito que ser estudiante.

Profesora: ¿Qué es?

José: Ser un estudiante enamorado…

Profesora: ¿Tú estás enamorado?

José: Sí.

Profesora: ¿De quién?

José: Es difícil precisar. Siempre hay algún sueño… Hay mujeres que hacen soñar. Y hay diosas que hacen soñar.

Profesora: ¿Tú crees que hay diosas?

José: Creo que sí, aunque no todas las miradas saben ver a las diosas.

Profesora: ¿Tú has visto alguna?

José: Sí, este verano.

Profesora: ¿Cómo fue?

José: Yo estaba sentado en la orilla de una playa, en Mallorca. Miraba el mar y, de repente, emergió del mar una diosa ante mí. Caminaba con suavidad y armonía. Pasó a pocos metros de mí. Quedé impactado y me invadió una emoción que todavía perdura. Toda una belleza.

Profesora: ¿Qué hiciste?

José: El tonto. Hubiera ido veloz a decirle algo, pero me retuve. Se sentó muy cerca. Estuve pensando y repensando en ir a verla, aun a riesgo de que me diera un zarpazo y me dejara el corazón en carne viva…

(La Profesora interrumpe)

Profesora: Las diosas no hacen eso, al revés, impulsan y comprenden… El miedo interior puede ser muy bonito cuando se expresa sincero.

José: Tienes razón…Quizá no fui por no molestar. Desde entonces me arrepiento cada día de no haber ido a verla, hasta la desolación. Era una diosa que me hizo soñar. La diosa ha hecho que yo vuelva a ser un estudiante enamorado.’

En algún momento de esta conversación me pareció ver un brillo en los ojos de la Profesora, pero no estoy seguro. A mí me temblaba el corazón enamorado, sin esperar nada, tan sólo poder decírselo algún día.

Al despertar del sueño comprendí que la Profesora me había enseñado a volar de nuevo, me hizo descubrir que soñar es posible todavía. También comprendí que esta historia vivirá para siempre en mí, inmortal, infinita.

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