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Diario de Mallorca

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MISCELÁNEA

Ediciones varias

Aquí cuatro recomendaciones intemporales

Edward Estlin Cummings. CASA DEL LIBRO

E. E. Cummings novela su paso peculiar por la Gran Guerra

Cuando, en abril de 1917, EE UU entró al fin en la Gran Guerra, el luego polilaureado poeta E. E. Cummings se alistó sin demora como conductor de ambulancias. Una vez en Francia, tardó aún menos en airear su indisciplina y su dificultad para acallar su boca. Así que se pasó tres meses encerrado en La habitación enorme, en condiciones extremas, hasta que, tras ser dado por muerto por error, fue liberado. De Cummings (1894-1962), poeta, novelista, dramaturgo, pintor, quedan en la memoria común sus vanguardistas licencias de expresión, mientras que el lector avezado le sitúa, sin más, en las cimas de la lírica del siglo XX. Pero, justo en el inicio de su carrera, en 1922, publicó esta novelización de su peripecia. Un alegato antibelicista que llevaba más de una década ausente de las librerías. Escrito con mano maestra e ilustrado con dibujos del propio autor.

Fragmentos de la mente de un psicokiller desmemoriado

De Kim Young-ha (1968) suele pregonarse que su narrativa busca nuevas formas para la novela surcoreana. Pero, a decir verdad, sobra el gentilicio y el verbo es erróneo, porque lo que ha hecho Kim desde que debutó en 1996 con Tengo derecho a destruirme es encontrar nuevos modos de narrar. Quién sabe si mañana seguiremos aquí, la última de sus novelas y la única traducida al castellano junto con la citada, es una escalofriante historia sobre un asesino en serie enfermo de alzhéimer que, tras largos años de inactividad, decide volver a la acción para proteger a su hija. Articulada en fragmentos, alguno de apenas una línea, ninguno de más de dos páginas, la novela, tocada aquí y allá por sutiles pinceladas costumbristas, recrea el oscuro universo de la mente del homicida, en el que nada acaba siendo lo que al principio parece. Pecado tonto perdérsela.

Si no ha leído al serbio Basara no sabe lo que es leer más allá

La obra del serbio Svetislav Basara (1953) crece en un peculiar espacio en el que el humor más ácido, la parodia, el absurdo y una imaginación sin freno se alían y pelean para desnudarle las costuras a la realidad, darle la vuelta a la Historia y el sentido común, y dejar al lector cavilando si no será Basara quien lleva razón mientras los demás chapoteamos en una cruel fantasmagoría. De Basara ya conocíamos su Guía de Mongolia, que rompe todas las convenciones narrativas, incluidas las que ella misma genera, y los cuentos de Peking by night. En El ángel del atentado son las causas inmediatas de la I Guerra Mundial las que saltan por los aires a través de la correspondencia de ultratumba entre el archiduque Francisco Fernando, cuyo asesinato en Sarajevo desencadenó el conflicto, y un supuesto secretario póstumo del difunto. Pura vitamina para intrépidos.

Svetislav Basara. Automática

México en doce puñaladas directas al corazón

¿Secuestros? Pues claro.

¿Snuff? Por supuesto. ¿Mujeres de rebajas? Es consustancial.

¿Drogas? ¡Buff!

Estamos en México, el del siglo XXI, el que a las ancestrales mordidas y a la miseria inmemorial ha añadido la sangre del narco y las montañas de cadáveres de la guerra al narco. Un México que en la pluma, curtida, medida y afilada, de Iris García Cuevas (1977) es tanto un escalpelo como un escáner o el espejo que refleja el revés de las mentiras oficiales. Ojos que no ven, corazón desierto alberga una asombrosa, y dolorosa, colección de doce relatos con sorpresa que son otros tantos cortes axiales a las entrañas de una sociedad podrida. Más podrida aún de lo que imaginan. Y la sutil precisión con la que los conduce Iris García los eleva a la categoría que solo alcanzan las mejores narraciones negras: la del diagnóstico universal. Empiecen el año con doce puñaladas.

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