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Diario de Mallorca

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INTRIGA

Historia y tiempo, los demonios del autor

El desencanto cubano narrado por el antiguo policía Mario Conde, ahora detective privado

Leonardo Padura. FARO DE VIGO

Cuando Leonardo Padura (La Habana, 1955) se alzó con el Premio Princesa de Asturias de las Letras en 2015, ya contaba con prestigiosos galardones que reconocían su trayectoria: Premio Café Gijón, el Premio Dashiel Hammett, Premio de las Islas 2000… Estamos, pues, ante una de las firmas más relevantes de la literatura en castellano. Nadie se podía imaginar hace casi treinta años que, aquel joven periodista cubano que había desembarcado en Gijón para escribir sobre un incipiente festival literario llamado Semana Negra, influenciado por los escritores que conoció y entrevistó, se lanzase a la aventura de la narrativa policial con el éxito que le ha acarreado durante los últimos años.

Es posible que Padura sea más conocido por la serie de novelas de Mario Conde, teniente de la policía de La Habana –hoy ya expolicía–, que comenzó sus aventuras en 1991 con Pasado Perfecto y continuó con Vientos de cuaresma, Máscaras, Paisaje de otoño, Adiós, Hemingway, La neblina de ayer y La cola de la serpiente. Sin embargo, las novelas en las que su personaje fetiche no aparece, también han sido de un gran impacto literario: La novela de mi vida, Herejes, Aquello estaba deseando ocurrir, Regreso a Ítaca y, sobre todo, El hombre que amaba a los perros.

Padura es conocido por la serie de novelas de Mario Conde, un policía que es ahora ya expolicía

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Ahora, de nuevo de la mano de Tusquest, nos presenta su última obra, La transparencia del tiempo. Aparentemente se trataría de otra aventura de su Mario Conde, ya alejado de la policía y convertido en el “primer detective privado cubano desde 1959” (pag. 221), en una especie de “filosofo existencialista tropical” (pag. 85); sin embargo, como todas las novelas de Padura, es algo más. Efectivamente, es un viaje en el tiempo y en la historia de los seres humanos anclados en la Cuba revolucionaria y posrevolucionaria. Si Manuel Vázquez Montalbán se sirvió de Pepe Carvalho para narrarnos la Transición; si Henning Mankell utilizó al inspector Kurt Wallander para mostrarnos el callejón sin salida al que había llegado la socialdemocracia sueca; Padura nos presentará a Mario Conde para que de sus labios, de sus gestos o lamentos sintamos el desencanto y la frustración de una utopía que no llegó a ser, pero dejándonos bien claro que tampoco es el infierno presentado al mundo por la gusanada de Miami.

LEONARDO PADURA. La transparencia del tiempo. Tusquets, 440 páginas, 19,90 €.

LEONARDO PADURA. La transparencia del tiempo. Tusquets, 440 páginas, 19,90 €.

En La transparencia del tiempo, Padura comienza con un vulgar requerimiento a su detective: un compañero del Pre (Universitario), Ro-Ro-Ro –Roberto Roque Rossell–, se presenta ante Conde para pedirle que investigue el robo de una supuesta Virgen de Regla de su propiedad y que se la localice y recupere. Lo demás, pura magia de Padura para llevarnos e n un viaje por el tiempo y el espacio. Así, nos muestra a un Mario Conde a punto de cumplir los sesenta años, la edad –nos dice– en la que comenzaron a llamar Viejo a Ernest Hemingway o El Viejo a Leon Trotsky; en ambos casos, dos años antes de su suicidio o asesinato, respectivamente. Cuanto más se acerca el día del cumpleaños de Conde, más vuelven –sus amigos y él– su mirada a los años pasados: desde la dictadura de Fulgencio Batista, el intento de invasión por Bahía Cochinos, el asentamiento de la revolución, los años ochenta donde todos eran iguales en la isla –“Unos más iguales que otros”, Orwell dixit–, la crisis de los noventa que hundió la URSS y casi sumerge a Cuba en una guerra civil –y generó la versión cubana de las favelas brasileñas en la periferia de La Habana–, el bloqueo norteamericano –el distanciamiento de Trump no les hará mella, ya están acostumbrados; lo que les podría derrumbar era el acercamiento de Obama, argumenta Padura–, las actuales reformas que evidencian un fracaso económico y mantienen a la población en “la pobreza feliz, la tabla de salvación nacional” (pag. 86). Todo ello con el reggaetón como ruido de fondo, que provoca vómitos en los maestros de la música cubana y en los veteranos revolucionarios, y el despliegue de las nuevas tecnologías de forma tímida entre los cubanos. Cuando uno termina la novela y la cierra, tiene la sensación de que el autor coincide con Yasmina Khadra en Dios no vive en La Habana, cuando asevera: “Creo en un solo Dios, único e irrefutable, el que lo hace y deshace todo en este mundo: el Tiempo”.

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