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Diario de Mallorca

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SELECCIÓN

Segundo año de la peste

Ocho títulos para destacar de entre la abundante cosecha de ficción extranjera publicada el año pasado

Jacqueline Harpman.

Hace unas semanas despedimos el segundo ciclo anual de la peste mientras aún celebrábamos los fastos ligados al doscientos aniversario del nacimiento de ese abismo que dijo llamarse Fiódor Mijáilovich Dostoievksi, campéon del exceso y de la desmesura, profeta del terror y del misterio, padre y creador de algunos de los personajes más inolvidables de una historia ya milenaria. Lo hacemos buscando en la literatura, esa vieja hoguera, algún atisbo de certidumbre, alguna evidencia para resistir, o quizá, más humilde y estoicamente, un simple lugar de consuelo, un espacio de regocijo. De la abundante cosecha de ficción extranjera, espigamos aquí un puñado de títulos con la confianza de que puedan acompañar a los lectores hacia un 2022 menos inclemente.

A través de la historia de su padre metalúrgico, Alberto Prunetti nos ofrece en Amianto (Hoja de Lata) la crónica de la reconversión del proletariado europeo en una desideologizada clase media, embrutecida a base de placebos y destinada a diluirse sin estruendo en la enésima catástrofe social del siglo. En un marco físico más amplio, el del mar inagotable, transcurren las aventuras de los miembros del Piteas, un carguero de cinco mil toneladas cuya tripulación protagoniza La guardia (Trotalibros), la única y memorable novela que el poeta y marinero Nikos Kavadías publicó en vida. En el profundo Arboleda (Periférica), Esther Kinsky indaga en la fascinación por Italia que tantas veces ha cautivado a los espíritus del Norte para construir un bellísimo libro de duelo, en el que la autora busca conjurar el fallecimiento del esposo y dialogar con la pérdida del padre. Aunque quizá la revelación del año, al menos para este lector, sea una narración distópica, Yo que nunca supe de los hombres (Alianza Editorial), de la escritora y psicoanalista belga Jacqueline Harpman, un diálogo estimulante con El castillo de Kafka, Molloy de Becket y Pícnic extraterrestre de los hermanos Strugatski, y sin duda uno de los textos más extremos que recuerdo haber leído nunca. Otra inmersión radical en el dolor de estar vivo lo constituye La loca de la puerta de al lado (Tránsito), de Alda Merini, quien al demoler los mitos del amor, la salud y la familia, constata que la marginación es también un derecho social y que la poesía ha sido, históricamente (Blake, Hölderlin, Panero), una de las mejores administradoras de ese formidable capital que es la locura. Es a otra locura, a la colectiva, a la que Horst KRüger se asoma en La casa herida (Siruela), una obra casi legendaria en la literatura alemana de la segunda mitad del siglo veinte que indaga en la pregunta del millón, la que tantos novelistas, historiadores y filósofos se han venido haciendo desde el colapso del Tercer Reich: ¿cómo fueron posibles la indulgencia con el totalitarismo y la tibieza moral de un país, y a qué fuentes debemos acudir para rescatar de la sinrazón a varias generaciones de alemanes y constatar los motivos de una conducta que arrasó un continente y supuso, a efectos prácticos, la cancelación de los empeños de la Modernidad y de la confianza en el progreso como coartada histórica? Cómo no alabar, una vez más, la seducción de Jane Smiley, que ha encontrado un espacio de privilegio para su arte en el escrutinio del matrimonio heterosexual y, por extensión, de la familia nuclear clásica, y que este año vuelve a corroborar su talento con La mejor voluntad (Sexto Piso), una pieza maestra a la hora de abordar los mecanismos ideológicos (clase, raza, creencia), psicológicos (culpa, vergüenza, venganza) y emotivos (amor, compasión, solidaridad) que entretejen nuestras pequeñas vidas. Y para terminar con un soplo de imaginación, tan necesaria en estos tiempos de estadísticas hospitalarias e índices de contagio, será oportuna la lectura de La novia prusiana (Automática), de Yuri Buida, una obra idónea para adentrarse en la escritura de un autor formidable, digno heredero de ese capote de Gógol del que Dostoievski advirtió que toda la literatura rusa procedía.

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