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Diario de Mallorca

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LITERATURA

Dante y su «primer amigo», Guido Cavalcanti

Diálogo y ruptura entre dos poetas cruciales del Medioevo

Dante i Cavalcanti.

Entre siete y diez años mayor que Dante, Guido Cavalcanti fue su “primer amigo” y quizá, también, su primer guía. El inventor de la “terza rima” se detiene expresamente en esa relación en el capítulo III de su Vida nueva, al referirse al receptor del soneto “A toda alma cautiva o noble pecho” –que incluye líneas más arriba en esa misma sección de la obra– como a “aquel a quien yo llamo el primero de mis amigos”. En su formidable biografía del autor de la Comedia, el medievalista italiano Alessandro Barbero (1959) aclara que Dante habla aquí de su amistad con Guido “en términos de importancia e intimidad, no cronológicamente”. Pero el profesor Rossend Arqués (1953), responsable de la primera edición crítica de la poesía de Cavalcanti en castellano –publicada el año en que se cumplen siete siglos de la muerte del Alighieri–, puntualiza que esa relación nació lastrada por el disenso tanto en lo literario como en lo personal, y ve en el soneto de respuesta de Guido (“Viste, a mi parecer, todo lo egregio”) el producto de una “lectura irónica y mordaz de la figuración amorosa de Dante”. En cambio, Barbero retrasa la manifestación más cruda de esas diferencias hasta un soneto seguramente posterior, “Al día acudo a ti infinitas veces”, y lo vincula a un enfrentamiento político, no estético, entre ambos poetas, causado por el apoyo de Dante a los ordenamientos de justicia que, en la Florencia de la última década del siglo XIII, prohibían a los “magnati” como Cavalcanti ocupar “los cargos más decisivos” en el gobierno del “Comune”. (Eran, pues, un intento de acabar con sus continuas violencias contra los “plebeyos” en alza, artesanos y comerciantes.) Es en esta etapa, la del llamado “segundo gobierno del pueblo”, cuando Dante comienza a hacer política y, pese a su posición moderada (no siendo él ningún “magnate”, pero habiendo cultivado y degustado la relación con las familias más poderosas de la ciudad), se gana la inquina y el desprecio de su “primer amigo”, que le acusa de “pensar con gran vileza”. Guido todavía no sabe, añade Barbero, que “pocos años después, cuando Dante ocupara el cargo de prior” (representante de uno de los siete grandes gremios o “arti”), sería causante de su exilio en Maremma, “junto a los ‘magnati’ más peligrosos”.

Es tentador pensar, siguiendo a Barbero, que Cavalcanti escribiera Al día acudo a ti infinitas veces para reprochar a Dante su cambio de partido (después, durante su propio y largo exilio, llegarían otros). De hecho, es la clase de interpretación que cabe esperar de una biografía que estudia más al Dante político y filósofo que al Dante poeta. Sin embargo, Barbero se apresura a decirnos que esta solo es “una explicación” del soneto. Arqués la ignora por completo. Para él, la “reprimenda” de Guido (“Con frecuencia a los muchos despreciabas; / a la gentuza siempre rehuías”) no obedece a desavenencias políticas sino poéticas; y la ruptura entre los dos poetas florentinos no la provoca la adhesión de Dante al movimiento democratizador impulsado por Gianni della Bella, sino su afianzamiento en una vía de escritura, que ya ha empezado a explorar, que contraviene la visión negativa que Guido tiene del amor y el erotismo, siempre vistos en su poesía como fuente de padecimiento, como enfermedad (muy en la línea de la literatura médico-científica de la época). Por el contrario, el Dante de Vida nueva, escrita entre 1290 y 1295, tras la muerte de su idolatrada Beatriz, ha aprendido que el amor es una sublimación y abre una senda hacia lo divino que él se ha propuesto recorrer para alcanzar el Paraíso. Ha descubierto como dice el dantista Raffaele Pinto, que la experiencia del deseo puede convertirse “en algo positivo y constructivo”. Esta postura es inasumible para su “primer amigo”, al que el tema de la muerte de la amada no puede conmover en lo más mínimo, volcado como está –y obsesivamente– en la descripción de los efectos nocivos del enamoramiento en la mente y el cuerpo del amante-poeta (así, en su famosa canción Donna me prega, tan fascinante como abstrusa). Cavalcanti llega incluso a ridiculizar a Dante en el soneto “Deseando enviarte ciertos versos”, donde, con hiriente ironía y orgulloso de su dolencia, pone en boca de Amor: “No consiento que los mandes, / pues, si el amigo tuyo es quien me pienso, / tan comprensiva no ha de ser su mente, / que, al escuchar injurias y calumnias / que contra mí siempre en tu ardor sostienes, / tal desaliento temo que lo invada / que antes de oír entera tu congoja / del corazón su vida se le escape”.

En realidad, política y poética debían de confundirse o mezclarse con facilidad en aquellos años; profesar la “religio amoris” y cultivarla en canciones o sonetos constituían actividades de las que los jóvenes florentinos de clase alta como Dante, Guido y Lapo Gianni, o el boloñés Guido Guinizelli (componentes todos de la escuela conocida, gracias a un célebre verso del Purgatorio, como “dolce stil novo”), extraían una visión aristocrática de la vida que les permitía distinguirse del “popolo grasso” (la élite comercial de la ciudad). Esa dedicación al verso era en sí misma política, y aunque el Dante de Vida nueva, y no digamos el de la Comedia, ya no sea propiamente “stilnovista”, la claridad expositiva y la armonía verbal características de sus “Rimas juveniles”, en las que los expertos detectan una “fase cavalcantiana”, asociada a la experiencia del amor como fenómeno doloroso o paralizante, permaneció inscrita en su obra hasta la madurez. Barbero no se ocupa de ello, pero su esmerado dibujo de la Florencia de finales del siglo XIII y principios del XIV planta ante nuestros ojos un escenario urbano en el que, a poco que nos esforcemos, podemos ver a Guido y a Dante y a otros “fedeli d’amore” pasear y comentar sus composiciones, ansiando y temiendo, al mismo tiempo, el encuentro con una mirada femenina. Cuenta Barbero que “los hombres de la época de Dante […] temían la fuerza con que el amor se apodera de las personas”, imponiéndose a la razón; pero no él, pues el objeto de sus deseos “era tan noble que disipaba toda irracionalidad”. Guido jamás pudo pensar así; y, sin embargo, la vía negativa que eligió para hablar del erotismo (que en él, como después en Petrarca, Garcilaso o Cernuda, es mucho más que poesía amorosa), su tratamiento dramatúrgico de un tópico esencialmente abstracto, con desdoblamientos y prosopopeyas que animan la vida dentro del poema, y su mirada herética y descreída, casi atea, le convierten en nuestro contemporáneo, como Ezra Pound ya descubrió hace algo más de un siglo. Quizá no pueda decirse lo mismo de Dante, pese a su imponente estatura literaria.

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