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Diario de Mallorca

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Narrativa

Una discípula de Kafka

‘Hielo’, de Anna Kavan, obliga a una reevaluación de las texturas de lo real, mediante una historia que niega al lector cualquier asidero

Anna Kavan. WIKIPEDIA

Hay obras que plantean interrogantes que van más allá de su peripecia. Obras que comprometen la percepción histórica de los géneros literarios, la percepción sociológica del escritor e incluso la percepción epistemológica de las relaciones entre mundo y representación. Pongamos un ejemplo canónico, quizá el más socorrido de la literatura del pasado siglo. ¿Existe un libro más fantástico en su enunciado que La metamorfosis, en el que un hombre, una mañana cualquiera, despierta convertido en algo insólito, nunca atestiguado? Y sin embargo, ese hombre transformado en insecto, por imposible que sea su historia desde una perspectiva biológica, nos interroga formidablemente. Cabe preguntarse por qué. Una posible respuesta radica en que este libro fantástico ha logrado que ya no lo consideremos como tal. Y no por costumbre, pues hasta donde sabemos nadie, nunca, ha despertado convertido en bicho, sino porque Kafka, mediante esa decisión, revela un aspecto de la realidad al que el realismo no alcanza. Cuando la fantasía entra en conflicto con ese límite que por convención llamamos realidad, insistimos en llamarla fantasía porque nos resistimos a llamarla profecía. Lo que Kafka encierra en La metamorfosis no es sólo uno de los textos decisivos de la sensibilidad occidental: “El momento de la respuesta, al que todo apunta en Kafka, es aquel en que los hombres se dan cuenta de que no son sino cosas”. Son palabras de Adorno, que constatan este logro de la fantasía en su abolición no de la realidad, sino de una visión estrecha de la misma. Los seres humanos no supimos que éramos cosas hasta que en una novela nos sucedió algo imposible.

Hielo, de Anna Kavan, es un libro de esta estirpe que obliga a una reevaluación de las texturas de lo real, aquí mediante una historia que no sólo abunda en el desconcierto del lector, sino que le niega asideros como un narrador fiable, una cronología ordenada o una geografía asequible. No hay en Hielo nombres propios o mapas a los que acudir; todo parece arbitrario. Incluso la muerte no es segura, pues en las alucinaciones que interrumpen el texto, el personaje femenino del triángulo protagonista fallece en más de una ocasión. No obstante, por debajo de este relato donde la realidad es conculcada a cada paso, comienza a insinuarse una plausible lectura del dolor y sus atributos. Heroinómana durante décadas, Kavan afronta el testimonio de su servidumbre, de sus debacles y éxtasis, construyendo un mundo devorado por el frío, en el que dos hombres extraños que a lo peor son uno solo, un custodio y un perseguidor, acechan a una escurridiza mujer de plata que va y viene, que aparece y se desintegra, y que en las extraordinarias páginas que cierran el texto abraza la entropía de la muerte térmica. Quizá Kavan se preguntó un día cómo podía decir la muerte en vida que supone la adicción, cómo podía explicar la vida para los muertos que significa la droga. Su respuesta a esos límites que le imponía la realidad fue acudir al expediente de la fantasía.

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