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Diario de Mallorca

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Novela

Las rígidas rejas

Maurizio Torchio narra en ‘El mal cautivo’ la reclusión de un condenado a cadena perpetua

Maurizio Torchio. WIKIPEDIA

Hay una teoría arrebatadora de la supervivencia y una experiencia de estar sin libertad que Maurizio Torchio cuenta sin falsas salidas; la realidad parece comerse a la ficción: “En la cárcel aprendes de nuevo el miedo a la oscuridad”. El mal cautivo es la historia de un condenado a cadena perpetua y en ella lo único que reluce es “la luz azul de la estufa de gas”.

El escritor italiano, multipremiado por esta novela en su país, establece un vínculo de emoción con el lector al comparar la cárcel con el exterior; con el paisaje que rodea el presidio en que se sitúa hasta el opaco espacio de la celda, cuyas descripciones nos llevan a un estado del alma que lleva aparejado todo el abandono. Desde allí todo será lícito para solicitar un atisbo de vida y humanidad, para intentar ganar centímetros. Leyes ineludibles que marcan como un tatuaje: “Y quien escucha lo que se dice en la cárcel conoce más cosas del mundo que quien está en el Parlamento”.

Cada personaje albergará un laberinto de traiciones y ruptura con el mundo. El código puede llegar a ser desalentador: “Hasta que no maté, nadie me ha respetado realmente”. Las relaciones y reflexiones de los reclusos con la sociedad comportan una turbulencia que no permite el consuelo ni los eufemismos. El realismo es veraz y sincero en la narración, nos sumerge en un estado inquietante y un tanto truculento, como el duro retrato de un retrete en medio de un universo que declara la guerra por un trozo de pan.

El dinero y el tiempo tienen la misma equivalencia, en un hábitat cuyos actos son siempre rotundos. Torchio no deja respiro en sus páginas; hasta llega a incluir una boda buscando los recovecos de la vida: los planes futuros de pensar que debajo de la cárcel duerme el mar. Pero la novela siempre nos dejará alguna frase aterradora: “Imponer la oscuridad y el silencio es una opción de cobardes”. Los pensamientos del personaje viran de la desesperación a la lucidez, la imaginación echa a andar tras los barrotes: “La cárcel tiene puertas de carne, debilidad y nostalgia”. La presencia indeleble de la muerte, sombra que planea durante todo el transcurso de la novela, muestra una agónica falta de esperanza.

“El mal cautivo” lleva escrito a fuego, como objetivo final, el propósito humano que consolida el tiempo de no dejar señal ni rastro alguno; de ver caer con todo el influjo de la decadencia los últimos muros.

Las rígidas rejas

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