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SOCIEDAD

Atrapados en la red

Con la nueva realidad se pierde un elemento básico en las artes escénicas: el misterio

Atrapados en la red

La transformación que las redes sociales está propiciando en nuestra vida es profunda y, sin duda, se cuela en los aspectos más insospechados. La capacidad que estos nuevos canales de comunicación tienen para modificar cualquier ámbito también afecta de lleno al sector clásico y, muy especialmente, a la lírica y a sus protagonistas.

Encontramos diversas capas de una interacción en redes que es especialmente intensa en los cantantes de ópera. Por una parte, están aquellos que mantienen páginas que están administradas por profesionales que se encargan, fundamentalmente, de dar visibilidad pública: informan de sus actuaciones, graban sus éxitos y ocultan oportunamente sus fiascos, que de todo hay en una carrera. Luego están las que manejan a su antojo los propios protagonistas y ahí se ven los despropósitos: vídeos absurdos, una exhibición de la vida privada que sólo acaba interesando a los fans más fervorosos –que tienen la ansiedad de saber todo lo posible de su divo favorito–, intervención en temas ajenos a su profesión en la que, habitualmente, expresan opiniones que suelen tener fundamentos endebles, y todo tipo de grabaciones desde dentro del teatro que la mayoría de las veces son superfluas, cuando no contraproducentes.

Con esta realidad se pierde un elemento básico en las artes escénicas: el misterio. Todo se acaba banalizando y el resultado es un batiburrillo inconexo que, a la larga, se vuelve en contra. Los fans presionan, y los afectados por patologías y obsesiones varias, más aún. Este tema en el mundo del pop está mucho más controlado y canalizado profesionalmente. Conozco grandes cantantes líricos que están atemorizados con esos “monstruos” que ellos mismos prohijaron e hicieron crecer con vigor. En cuanto llegan a trabajar en una ciudad los tienen alrededor suyo como moscones, acaban siendo “esclavos” suyos, viéndose en la obligación de atender diversas citas y propuestas variopintas, para que luego esos seguidores acudan al teatro a bravear, en una suerte de grupo de presión chantajista que puede tornarse, al mínimo desaire del divo, en furibunda hueste abucheadora. Estas relaciones perversas antes estaban mucho más controladas y la interacción era mucho menor. Ahora sabemos si la soprano está hinchada porque comió un cocido copioso o si el tenor se rompió un dedo por su afición al golf, entre otras muchas nimiedades que las redes expanden con regocijo. Los avatares personales de una conocida cantante española están ahora, precisamente, de plena actualidad en el lodazal de la prensa rosa y a ello no son ajenas sus intempestivas apariciones en las redes.

Se ha llegado a una sobreexposición que incluso influye en el desarrollo de las trayectorias artísticas. En este sentido, cuesta creer que hoy se puedan desarrollar carreras sostenidas en el tiempo que necesitan maduración y que han de dar al intérprete la posibilidad de errar, de no acertar en algún compromiso. Ahora, cualquier fallo se agiganta, se transmite por las redes para solaz de una mayoría semianalfabeta que jalea con crudeza al intérprete. Esa saña hace que muchos músicos clásicos estén retomando una realidad más “analógica” en vista de la virulencia que se observa vía internet. Los artistas de mayor relumbrón, salvo alguna excepción, están trabajando ya el asunto con especialistas que les aconsejan qué aspectos se deben hacer públicos y cuáles no. Esa aparente cercanía que dan las redes pasa factura y ya ha provocado algún que otro incidente. En los próximos años veremos cómo evoluciona este nuevo hilo de relación entre el artista y el público, si la toxicidad acaba superando a la utilidad que, sin duda, se puede sacar de estos nuevos vehículos de expresión. Lo pasional del canto, las filias y las fobias hacia los protagonistas, hace que salten chispas en pro de la facilidad de una comunicación que, no olvidemos, en el pasado también llevaba a organizar aplausos o abucheos que entonces, y quizá ahora también, tenían hasta recompensa económica. Los nuevos vehículos de comunicación modifican la relación entre artistas y público.

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