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NARRATIVA

Americanos impasibles

Ben Fountain describe en los ocho relatos de ‘Encuentros fugaces con el Che Guevara’ las difíciles conexiones entre distintos mundos

Ben Fountain. WIKIPEDIA

No me cuesta nada sentirme atraído por las historias en las que percibo a Alden Pyle, el americano tranquilo de Graham Greene. Los autores que las cultivan son, además, tropa desde el propio inventor de la jugada hasta el impagable Lawrence Osborne. Ben Fountain (Carolina del Norte, 1958) pertenece a esa raza. Sus personajes son estadounidenses niños que deben ir a otro lugar para crecer, como precisamente explica Billy Lynn, el protagonista de su mejor novela, finalista del National Book Award en 2012, el año en que vio la luz y que en España se encargó de difundir la editorial Contra. Los ocho relatos del mismo autor que ahora publica Sexto Piso proceden de esa argamasa con que la literatura anglosajona ha sabido perdurar durante el siglo pasado, inspirada por americanos o británicos impasibles decididos a moldearse o sobrevivir dependiendo de las circunstancias en el lugar exótico donde caen.

Cuatro de las ocho historias de Encuentros fugaces con el Che Guevara transcurren en Haití, un país que Fountain mantiene como una especie de observatorio al que acude con insistencia despegándose de la familia. Todo lo que ha sucedido allí en los últimos quinientos años, colonialismo, raza, poder, política, catástrofes, permanece en una burbuja que nadie se molesta en pinchar. Fountain, sureño, parece tener una fijación por los lugares donde todo está mal y es susceptible de empeorar.

En la primera de estas historias cortas con no más de treinta páginas, Aves casi extintas de la cordillera central, un ornitólogo estadounidense es secuestrado por rebeldes en el altiplano colombiano. Todo parece recordar a las FARC. A los guerrilleros les resulta gracioso que un observador de aves visite la región más peligrosa de Colombia en busca de loros. No hay que culparlos por ello. A su vez, Fountain llega a la conclusión de que con treinta años de guerra de baja intensidad los rebeldes han adquirido un mayor sentido del absurdo. Ese absurdo se generaliza cuando aparece en escena el presidente de la Bolsa de Nueva York.

En Tigre asiático, un profesional estadounidense en decadencia llamado Sonny se inscribe en un concierto en el National Golf Club en Myanmar, donde se burla de los generales, tipos pequeños y excéntricos, hombres hogareños de prominentes barrigas y cabellos ralos teñidos empeñados en sobredimensionar los pagos de sus pensiones alimenticias. Después de ser arrojado en helicóptero a un campo de batalla para trazar un nuevo rumbo en medio de morteros explosivos y ráfagas de ametralladoras, se da cuenta de que el fuego es más intenso y peligroso de lo que había imaginado. La realidad hace que su cerebro despierte. Solo y varado, envidia la vida serena de los monjes locales, meditación, mendicidad y una siesta ocasional, y aspira a tener consuelo en el budismo. Pero no encuentra esa posibilidad: el mal karma de un estadounidense está en su carne y sus patatas, y todo ello es muy difícil de digerir en el paraíso de contemplación que anhela. Los pobres del mundo remoto siguen siendo uno de los grandes atractivos para una humanidad moralmente debilitada. Fountain rastrea en La boca del león una cantidad impresionante de ese terreno moral, cuando describe el complejo enigma de la cooperación en naciones destrozadas. Al no lograr nueva financiación para su cooperativa de trabajadores en Freetown (Sierra Leona), Jill decide conseguir el dinero contrabandeando diamantes de sangre en un convoy de alimentos.

El autor de Encuentros fugaces con el Che Guevara no solo retrata la mezcla de cinismo, idealismo, bondad y santurronería que abarca la ayuda al mundo en desarrollo, sino que lo hace en una historia que genera tensiones abrumadoras y toneladas de dosis de impudicia.

En Rêve Haitien, Mason, un observador de la OEA en Puerto Príncipe, pierde en el tablero de ajedrez frente a un haitiano orgulloso y enojado, cuyo porte insinúa una anterior vida opulenta. Mason, con la cabeza puesta en ese pastel de cumpleaños de colores suaves que es South Beach, en Miami, parece querer decirle que se merece un lugar mejor que el agujero donde habita, sin darse cuenta de que todos y cada uno de los haitianos merecen exactamente lo mismo. A nadie, a ningún ser humano, le hace justicia el decorado maloliente de casuchas de cemento, calles sin asfaltar, fugas de gas y mendigos gimoteando a la intemperie.

El dolor no existe solo en la periferia del mundo; la desgracia tampoco requiere un pasaporte, pero con los americanos tranquilos fuera de sus hogares adquiere una dimensión literaria que jamás se apaga. Son muchas las novelas que en la actualidad podrían resumirse en historias cortas; con Fountain sucede lo contrario, son sus historias cortas las que bien podrían aspirar al rango de novelas.

Americanos impasibles

Americanos impasibles Luis M. Alonso

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