Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Música

La ética del exilio

Xavier Güell arranca con Béla Bartók su tetralogía Cuarteto de la guerra

Xavier Güell.

Xavier Güell.

El exilio puede ser desgarrado, cruento, gozar de comodidades o, por el contrario, abocar a la penuria y la desolación. Pero, sobre todo, nunca es inocuo. Las causas son múltiples y, sin embargo, sus consecuencias comunes, entre ellas una extraña sensación de apartamiento, de tierra de nadie, que cada individuo gestiona según quiere y puede.

El compositor húngaro Béla Bartók es un buen ejemplo. El suyo es un exilio en el que las convicciones fueron en primer lugar: de su Hungría natal a Estados Unidos, país en el que moriría en septiembre de 1945, Bartók decidió marcharse en oposición al avance del nazismo y el fascismo. Es el suyo un transtierro ético en un momento en el que era una de las personalidades más consideradas en Hungría. Nada fue fácil en su nueva vida: estrecheces económicas, incomprensión artística y fuerte tensión en la vida personal marcaron los últimos años de su existencia, salvo un luminoso tramo final que se fue tejiendo gracias a la red de apoyo de músicos y personalidades que admiraban, sin reservas, a uno de los grandes genios de la música del siglo XX.

El director de orquesta, compositor y escritor Xavier Güell se ha embarcado en una aventura ambiciosa. Inicia, con la novelización de los últimos años de la vida de Bartók, la tetralogía Cuarteto de la guerra, cuya primera estación es Si no puedes, yo respiraré por ti. Le seguirá la mirada a otros autores: Richard Strauss, Dimitri Shostakovich y Arnold Schoenberg, todos ellos pilares del legado musical de las primeras décadas del siglo XX y pedestales de la creación contemporánea.

Encontramos ya, en esta primera entrega, los males intrínsecos de la intolerancia y el atroz paisaje político del siglo XX, en realidad de todos los siglos, porque la humanidad no conoce centuria sin exilio, sin dolor. Güell traza, con emoción y pulso narrativo firme, la peripecia de Bartók en sus últimos cinco años de vida en Estados Unidos, junto a su mujer Ditta Pásztory y su segundo hijo, Peter. Bartók, aparte de su grandioso catálogo como compositor, realizó una labor extraordinaria en el campo de la musicología, en el estudio del folclore, de la música popular, en la que también bebió, como tantos otros compositores, pero en su caso con una originalidad y capacidad para reinterpretarla fabulosas.

La llegada del matrimonio Bartók a Estados Unidos no fue sencilla. Perdido su equipaje, en el que iban también numerosas partituras y estudios, el músico chocó contra un público que no acababa de entender su música. A pesar de las primeras giras de conciertos, y algún que otro encargo, no logró estabilizarse económicamente y el apuro económico fue protagonista de esos primeros compases americanos. La depresión crónica de Ditta, agravada por la intranquilidad que les causó el no tener noticias de su hijo Peter, que logró salir de Hungría posteriormente, la mala salud del compositor –que requería de continuos tratamientos médicos e ingresos– acabaron por hacer mella, hasta el punto de secar su veta creativa durante largos meses. De carácter orgulloso, firme en sus convicciones musicales y políticas, Güell nos muestra un Bartók cercano en esos últimos cinco años, recreados a través de cartas, testimonios y diversa documentación que reconstruye el músico público –el creador admirado por sus colegas y al que el público americano tarda en asimilar hasta que, posteriormente, se volcó con él– y también el privado, al del matrimonio y su entorno fiel y protector, siempre pendiente del maestro y trazando mil artimañas para que él no descubriese la ayuda económica que llegaba en los momentos de mayor zozobra.

Descubrimos su horizonte vital, entramos de lleno en el corazón de sus ideas sobre la vida, la música o el arte, a través de sus grandes referencias, de los músicos a los que admiró. Nos hace testigos de su discurrir como solista de piano, de su perfeccionismo casi patológico, de su rigidez para que los intérpretes se adecuaran a las partituras sin fantasear sobre las obras, siendo lo más fieles posible al espíritu creativo original; también de sus encuentros con colegas como Darius Milhaud, o con un jovencísimo Yehudi Menuhin, que deslumbra al compositor y para el que incluso escribe una obra, la Sonata para violín solo. Hay pasajes tremendos: como su enfado por una deficiente interpretación su Cuarteto para cuerda número 6, obra dura, que refleja la impotencia del autor ante una realidad que le desborda –comenzó a escribirla cuando Hitler invadió Polonia–, presenciando en vivo cómo los espectadores aprovechaban las pausas entre los diferentes movimientos de la obra para huir de la sala ante una música que, al menos a ellos, les resultaba ajena. Ese rechazo fue una punzada terrible que le generó tremenda desazón, un malestar que, también, fue físico. O la indisposición que le impidió finalizar la interpretación de su Concierto para dos pianos y percusión con la Filarmónica de Nueva York, con Fritz Reiner al frente, en una velada especialmente desgraciada cuyo final catastrófico le causó enorme desasosiego.

El “ángel de la guarda” y la “salvación” llegarían de la mano, de nuevo, de su entorno, esta vez camuflado bajo la mediación del director de la Sinfónica de Boston, el maestro Serguei Koussevitzky y su fundación, que le hizo un encargo de obra nueva y, a través de la Sociedad Americana de Compositores, Autores y Editores, propició largas estancias en el entorno de lago Saranac que fueron providenciales para Bartók y los suyos. Las confidencias familiares, el legado moral que va transmitiendo a su hijo, nos lo narra Güell con maestría, con la misma prosa intensa y carnosa con la que disecciona su música, en la ardua tarea de llevar el pentagrama al lector.

XAVIER GÜELL. Cuarteto de la guerra I. Galaxia Gutenberg, 240 páginas, 18 €.

XAVIER GÜELL. Cuarteto de la guerra I. Galaxia Gutenberg, 240 páginas, 18 €.

El itinerario americano de Bartók es conmovedor hasta llegar a su último tramo en el que todas las piezas del puzle van encajando, especialmente desde el estreno del Concierto para orquesta con la Sinfónica de Boston, de una emoción desbordada para todos los asistentes y un revulsivo vital para el compositor, que incluso consiguió domar un tiempo la enfermedad en su lucha denodada por dejar escrito un nuevo concierto para piano, garante del bienestar económico de su esposa y sus descendientes. Una obsesión hasta el último aliento, exponente de la fuerza y tesón de un creador universal que el tiempo encumbró, pero al que, como a tantos otros le costó, y mucho, defender su música ante un público ya entonces plácidamente instalado en las zonas de confort de lo más conocido y al que le costaba paladear las nuevas propuestas. Sin embargo, desde hace más de medio siglo, Bartók es una presencia fiel y constante en las salas de concierto de todo el mundo. Su música plena nos llega con intensidad feroz porque implica al oyente y no le deja indiferente.

Compartir el artículo

stats