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REEDICIONES

Cagadas de mosca sobre el retrato del emperador

La permanente actualidad editorial de Joseph Roth

Joseph Roth. WIKIPEDIA

Joseph Roth. WIKIPEDIA

Para dedicarse al periodismo, un trabajo en el que el presente lo devora todo cada día hasta borrar la acumulación de los años, resulta llamativa la preocupación de Joseph Roth (1894- 1939) por la permanencia futura de su obra. En aquella segunda década del XX, cuando la prensa lo era todo y conformaba un universo amplísimo, de periódicos variados en alcance e intereses, Roth se ufanaba de que en el “Frankfurter Zeitung”, una cabecera de referencia que lo entronizó durante un quinquenio, no se escribía para los lectores sino para la posteridad.

Esa inquietud por la trascendencia de su copiosa producción es el centro de un artículo de 1925, “La irrupción de los periodistas en la posteridad”, en el que traza dos ejes cruciales de su oficio: literatura y periodismo son variantes de un mismo impulso, el de la escritura, y ambos deben orientarse a atrapar su tiempo. “Soy incapaz de comprender por qué una inteligencia impregnada por la atmósfera del presente ha de ser un obstáculo para la inmortalidad”, reflexiona en el artículo, incluido en La eternidad de un día. Recopilación de clásicos del periodismo alemán (1823- 1934) (Acantilado, 2016). El periodismo ha de sobreponerse al aparente corto plazo de su vigencia porque “la verdadera actualidad no se limita a veinticuatro horas; concierne a la época, no al día”. Si satisface esa exigencia de dejar constancia de su tiempo, el ofcio trascenderá el apestoso uso final de los periódicos pasados de fecha: “Hay verdades eternas que han elevado el precio de un papel cuyo destino es acabar sus días en algún lugar reservado”.

Si la posteridad consiste en que ochenta años después de su muerte sus libros sigan al alcance de los lectores, Roth la consiguió con creces. En poco menos de un mes llegan dos nuevas ediciones de La Marcha Radetzky, su obra mayor. La de Alba está traducida por el asturiano Xandru Fernández y la de Alianza, a punto de salir, por Isabel García Adánez. Esta editorial engarza el título principal con otros dos clásicos, Job y La leyenda del santo bebedor. Cátedra, por su parte, edita La cripta de los Capuchinos, el episodio final de los Trotta, con traducción, introducción y notas de David Pérez Blázquez.

La Marcha Radeztky es la constatación del único triunfo de Roth: el de la consumación magistral de esa pretensión de atrapar un tiempo que impuso a su escritura. Ese río de vidas que fluyen con la historia, atrapadas por un episodio lejano que apenas recuerdan ni sus protagonistas, es la narración del declinar de un mundo, el anticipo de una quiebra que desbordaría incluso la amplitud del vasto imperio austrohúngaro para convertirse en una ruptura de civilización.

Roth consigue transmitir esa decrepitud sin caer en el relato de la historia grande, extrayendo el potencial simbólico encubierto bajo la apariencia de lo anodino. En la que será la última noche del doctor Demant, el joven teniente Trotta comparte las horas finales de su único amigo, cuya tragedia ha desencadenado. El dueño de la taberna prohibida a los de su rango en la que se refugian los hace pasar a la cocina, para ponerlos al abrigo de miradas inoportunas. En la estancia se encuentran con el retrato del emperador, que el propietario ha desplazado de la sala principal a ese rincón “cansado de demostrar que es un súbdito leal”. El retrato está tachonado de cagadas de mosca, puntos oscuros sobre el blanquísimo uniforme de Francisco José I que son la metáfora de su declinar.

A través de escenas como la anterior, Roth dibuja ese tiempo al que le une un vínculo de pertenencia, el único asidero de una existencia sin lugar propio, cuya provisionalidad se extrema en la vida en los hoteles y en el fluir paralelo de la borrachera y la escritura, compulsivas, a la vista de todos, en el espacio abierto de los cafés. Vivió “resuelto a esa lenta decadencia a la que siempre están dispuestos los bebedores -¡los sobrios nunca lo entenderán!-“ de la que habla en La leyenda del santo bebedor.

“En sus libros Roth se sumergía gustoso en el mundo de la vieja monarquía austriaca, en un mundo del que quería creer, con desesperado esfuerzo y fervor, que fue para él, al menos lo fue una vez, la patria del pensamiento y el sentimiento. Pero sabía que él era y sería un eterno apátrida”. Así lo retrata Irmgard Keun, autora de novelas de éxito durante la república de Weimar, que lo amó en sus últimos años y huyó para no acabar hundiéndose en su vértigo vital. “Toda existencia perdida necesita un fundamento inventado”, escribe en Confesiones de un asesino. Quizá de eso trate para su autor La Marcha Radetzky.

Cagadas de mosca sobre  el retrato del emperador

Cagadas de mosca sobre el retrato del emperador

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