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UN CLÁSICO

Nuevas y grandes traducciones: La verdad facetada

Bernardo Santano acomete con éxito la cuarta traducción de ¡Absalón, Absalón!, la obra maestra entre las maestras de William Faulkner

William Faulkner.

William Faulkner.

¡Absalón, Absalón! (1936) pasa por ser la cima más alta de la narrativa faulkneriana, rica en crestas de difícil acceso; no en vano la preceden El ruido y la furia (1929), Mientras agonizo (1930) y Luz de agosto (1932). En ese periodo inmensamente fructífero y plagado de obras maestras, Faulkner solo “descansó” mientras escribía Santuario (1931) y Pylon (1935), obras igual de logradas, pero menos exigentes –sobre todo la segunda– tanto para él como para el lector. Aunque, en rigor, Faulkner no debió de descansar de verdad hasta que puso punto final a la complejísima novela que nos ocupa, con cuatro narradores-personajes y sutiles deslizamientos del punto de vista y la temporalidad en el espacio de unas pocas líneas; eso, por no hablar de la que, según el Libro Guinness de los Récords (edición de 1983), es la frase más larga de la historia de la Literatura, con 1.288 palabras. El lector podrá encontrarla, en cursiva, entre las páginas 294 y 299 de la traducción de Bernardo Santano Moreno que aquí se reseña, la cuarta, tras las debidas a Beatriz Florencia Nelson (1950), María Eugenia Díaz (2004, publicada también en Cátedra) y Miguel Martínez-Lage (2008), y la primera que hace justicia al texto original, falsificado o mal interpretado, en mayor o menor medida, en las tres anteriores.

No menciono la frase en cuestión para ahuyentar al lector, sino a modo de ejemplo de los excesos en los que Faulkner se permitió incurrir en ¡Absalón, Absalón!, que la crítica de la época recibió entre hechizada e irritada, reprobando al escritor por haber dado rienda suelta a sus personalísimos rasgos estilísticos; entre ellos, los periodos sintácticos desmesuradamente largos, una desbordante –aunque enormemente precisa– adjetivación y una tendencia a la escritura parentética y a la digresión (a menudo dentro del propio inciso que intercala en la perspectiva del narrador) que obliga a releer constantemente lo leído ante el temor de perder el hilo del relato. Esta forma de leer a la que el escritor norteamericano nos fuerza tiene, sin embargo, sus recompensas, pues no ocurre solo que al repasar un párrafo o un capítulo logramos ver un poco más claro el conjunto o captar el sentido de una frase oscura, sino que, con esfuerzo y paso a paso, vamos entendiendo por qué Faulkner narra como lo hace. Porque es en esa extenuante actividad de relectura donde mejor podemos hacer nuestro el mecanismo con el que opera el recuerdo recurrente y obsesivo, el único instrumento que los personajes que relatan lo sucedido a los Coldfield y a los Sutpen tienen a su disposición para desentrañarse y desentrañarnos una historia de ascenso y caída en la que caben (como en otras de Faulkner) el derrumbe del Viejo Sur tras la Guerra de Secesión y una enmarañada trama de pasiones y decepciones, con paradas en la identidad racial y el incesto y la rebelión contra el padre (de ahí el título), que abastecen las fuentes inagotables de la Biblia y la tragedia griega.

La novela está dividida en nueve capítulos en los que actúan como narradores cuatro personajes diferentes: Quentin Compson; su padre, Jason Compson III, que además aporta los recuerdos del general Compson, abuelo de Quentin; Rosa Coldfield, y Shrevlin (Shreve) McCannon, un estudiante canadiense amigo de Quentin. A través de sus perspectivas (dos de las cuales nos son en parte conocidas, pues Quentin Compson, el narrador principal, y su padre son personajes también de “El ruido y la furia”), Faulkner pone en juego su conocida práctica de narrar por capas, añadiendo detalles a la historia a medida que los encargados de contarla se van incorporando al relato, cuya construcción, no hace falta decirlo, es completamente acronológica y abunda en analepsis y prolepsis. Ello obliga al lector a reunir las versiones de los hechos –los mismos hechos– que despachan los diferentes narradores y a proveer, en última instancia, de coherencia a lo sucedido. Y todo ello en la creencia, muy faulkneriana, de que la verdad no puede presentarse nunca de un golpe, íntegramente, sino facetada, con el acceso a su centro de gravedad limitado por la perspectiva humana, y aun así con la ambición de que, del montaje de esos trozos de verdad, pueda emerger un conocimiento de lo ocurrido más preciso y menos idealizado.

Se trata de una operación ciertamente arriesgada que, desde lo limitado y lo particular, aspira a arrojar luz sobre una extensa porción de historia del sur estadounidense, cediendo la voz a la psicología para que, desde lo subjetivo (múltiple y disímil), podamos ir aproximándonos a lo objetivo-colectivo, pero sin abandonar en ningún momento el núcleo irradiador del conflicto. La narración, así, va trazando círculos concéntricos cada vez más amplios en torno al personaje de Thomas Sutpen, de su llegada a Jefferson, la capital del imaginario condado de Yoknapatawpha, en 1833, para levantar de la nada una rica plantación, la Centena de Sutpen; de las circunstancias de su ascenso social y su caída, precipitada por la guerra; de la crueldad de su carácter y el secreto de su pasado que acaba por destrozar las vidas de sus hijos, Henry y Judith, la del prometido de ésta, Charles Bon, y la de su cuñada, la solterona Rosa Coldfield; los tres primeros, atrapados en una red trenzada a partes iguales por el amor incestuoso, una idea de la virginidad femenina propia de las sociedades primitivas y un racismo tan arraigado que aún hoy es detonante de conflictos en el país. Una trama folletinesca, pasada por el filtro de Poe y Hawthorne, que el radical perspectivismo psicológico de Faulkner convierte en una de las grandes novelas del siglo XX. (Por poner alguna pega, diría que el autor no siempre ha sabido distanciarse de sus narradores y que la voz de Rosa Coldfield en el capítulo 5 y la de Bon en su carta a Judith del capítulo 4 se parecen demasiado a la de su creador cuando, ocasionalmente, incursiona en la omnisciencia. O que la enrevesada construcción elocutoria del capítulo 6 es más exhibicionista que necesaria.)

La traducción de Santano Moreno es excelente –pues no parece importarle que su prosa pueda resultar a veces tan extraña al lector español como debió de sonarle al anglosajón el original de 1936– y viene acompañada de un clarificador estudio introductorio y una sinopsis de cada capítulo que facilita enormemente la, por momentos, trabajosa lectura. Además, la edición reproduce el mapa del condado de Yoknapatawpha que el propio Faulkner dibujó para la primera impresión del libro, y también una cronología de hechos y una genealogía de personajes que elaboró con fines comerciales, forzado por sus editores.

Nuevas y grandes traducciones

Nuevas y grandes traducciones Luis Muñiz

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