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Ciencia

Así se hace la máquina de escuchar el Universo

El blues de los agujeros negros detalla cómo se logró la detección de las ondas gravitacionales

Así se hace la máquina de escuchar el Universo

El 14 de septiembre 2015, los seres humanos escucharon una señal, probablemente la más extraordinaria de toda la historia de la especie. Aunque podía transformarse en sonido, no lo era exactamente. Era un “eco” procedente de una distancia impensable, 1.400 millones de años luz, y había sido producido por el evento cósmico más intenso jamás detectado después del Big Bang, el estallido que formó todo el Universo. Ese “eco” que duraba sólo doscientos milisegundos procedía de la fusión de dos agujeros negros de unas 30 masas solares cada uno, una colisión equivalente a 100.000 millones de billones de veces la luminosidad del Sol. Ese día se detectó por primera vez en la Tierra una onda gravitacional, la ondulación del espacio-tiempo que justo un siglo antes predijo Einstein.

Muy resumido, éste es el epílogo que la cosmóloga estadounidense Janna Levin coloca a su libro El blues de los agujeros negros y otras melodías del espacio exterior (Ed. Capitán Swing), donde relata al detalle el origen, desarrollo y éxito final del experimento LIGO, cuyas iniciales en inglés corresponden a “Laser Interferometer Gravitational-Wave Observatory”. Es decir, Observatorio de Ondas Gravitacionales por Interferometría Láser. La detección de la primera onda gravitacional no sólo supuso una confirmación experimental de la Teoría de la Relatividad. Es decir, que el tejido espacio- temporal que conforma la realidad del universo sufre ondulaciones a causa de los cuerpos masivos acelerados. Como si fueran las que causa en la superficie del agua una piedra arrojada a un estanque. Esas “arrugas” en la gravedad son, además, unas fantásticas transmisoras de información. Hasta la fecha, los humanos habíamos observado el universo gracias a la luz. Los fotones eran los únicos mensajeros disponibles de todo lo que ocurría ahí fuera. A partir de ahora, gracias a LIGO, también podíamos “escuchar” lo que las ondas gravitacionales susurraban.

La detección de ondas gravitacionales les valió el premio “Princesa de Asturias” de Investigación Científica y Técnica de 2017 a los físicos estadounidenses Kip Thorne, Barry Barish y Rainer Weiss, en representación del grupo internacional de científicos vinculado al proyecto. Ese mismo año ganaron también el “Nobel” de Física. Era la culminación de un proyecto nacido 30 años antes y que Levin detalla en este reportaje de 200 páginas donde se constata que entre los hombres que ponen su mirada limpia en los objetivos más inalcanzables del universo, también circulan las más bajas pasiones. Así, en estas páginas afloran las envidias, recelos y zancadillas que investigadores de otros campos pusieron a un proyecto que costó 365 millones de dólares. O los choques de egos que no desmerecían en nada a las colisiones entre agujeros negros que pretendían detectar.

También hay lugar en estas páginas para las dudas y los momentos de flaqueza pues, como subrayaba uno de los investigadores citando a Maquiavelo, “nada es más difícil, ni de éxito más dudoso y arriesgado en la práctica como la introducción de leyes nuevas”. Después de décadas de inversión pública, cuando los observatorios ya estaban listos pero aún no habían hecho ninguna detección, Rainer Weiss reconocía a la autora de El blues de los agujeros negros que la responsabilidad empezaba a pesarle: “Este sistema tiene que lograr alguna clase de detección o habremos tomado el pelo al país”.

Janna Levin rinde homenaje a un “esfuerzo experimental quijotesco, épico y conmovedor”. Y esta emoción rendida ante la “ambición disparatada” de unos científicos que decidieron crear una máquina que pudiera “escuchar” lo ocurría en el infinito y más allá se percibe en todas las páginas de El blues de los agujeros negros. No obstante, quizá la parte más interesante sea el momento germinal: cómo Rainer Weiss empezó a imaginar el mecanismo con el que detectar una alteración imperceptible en el espacio tiempo producida a miles de años luz. Fue una idea que, según el propio Weiss, se le presentó con la simpleza de un haiku. Weiss fue un joven obsesionado con los equipos de alta fidelidad. “Al principio de mi vida tenía una sola ambición: quería conseguir que la música fuese más fácil de oír”. Entonces no sabía que un día llegaría a escuchar el auténtico blues de los agujeros negros.

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