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Relecturas

El monstruo como metáfora

Ahmed Saadawi retoma el espíritu de la criatura de Shelleyen Frankenstein en Bagdad

Boris Karloff como el monstruo de Frankenstein.

Archivo

El monstruo define lo que significa la normalidad por oposición. Su carácter excepcional genera parte de las reglas que rigen a las grupos humanos. Por ello, toda comunidad necesita su catastro de seres monstruosos. El monstruo alivia la indigencia espiritual del hombre de la calle, sanciona los límites de lo que resulta permisible y ayuda a que las personas experimenten compasión, algo fundamental para el apaciguamiento de la mala conciencia. Con el monstruo sucede como con el loco: al frecuentarlo, al conocer su rostro y sus actos, al recorrer su biografía, la gente se siente mejor de lo que en realidad es. El clima moral de una sociedad, su pragmatismo político y su astucia colectiva están contenidos a menudo en la imagen que revela a sus monstruos. El monstruo, un dispositivo siniestro, procura así una de las fotos fijas más fieles del imaginario colectivo que lo alberga.

Frankenstein en Bagdad, del escritor iraquí Ahmed Saadawi, retoma el espíritu de la criatura de Mary Shelley para arrojarlo a las calles de una ciudad devorada por la guerra, la codicia de los gobiernos, la suciedad de la política. Su punto de partida es sugestivo. Hadi, un trapero borrachín y contador de historias, que parece salido de El callejón de los milagros de Naguib Mahfuz, quiere honrar la memoria de un amigo asesinado en un atentado suicida. El problema es que el amigo de Hadi ha quedado hecho pedazos y el trapero, al acudir al hospital, sólo encuentra una montaña de miembros. Obstinado, Hadi decide entonces crear un cuerpo tomando fragmentos de los cadáveres de la morgue.

La fantasía de Shelley opera no como el sueño fáustico de un científico visionario, sino como la manifestación de piedad de un hombre que intenta recordar a un ser querido. La criatura no nace del vértigo de creerse un dios, sino de la vocación por encerrar el dolor del mundo en un ritual. Pero la virtuosa acción de Hadi desencadenará el delirio cuando su engendro cobre vida y salga a la ciudad devastada para cobrarse venganza.

Este resucitado sin nombre, llamado en la novela «El-como-se-llame», se conforma de este modo como metáfora de un país absurdo, abrasado por la ira. Entre líneas advertimos que Saadawi, seguramente desbordado como creador por la realidad histórica de un Irak intraducible a la ficción, demasiado complejo para ser narrado en sus múltiples perspectivas y facetas, ha optado por la fuga fantasiosa para urdir una fábula que al menos se pueda traducir a la emoción. Los muchos personajes que deambulan por la novela, basculando siempre en torno al monstruo, dibujan los límites de una sociedad construida sobre las ruinas y los cadáveres de su propia peripecia, y afinan así la parábola del autor, que apunta a una revelación dolorosa y obliga a sus protagonistas a descubrirse en un espejo poco o nada favorecedor, hasta descubrir que, por esta vez, el monstruo no era la excepción, sino que constituía la norma, la alquimia precisa de un país llamado Irak.

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