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Novela

No existe perdón donde manda el fatalismo

La primera novela de la argentina Mariana Travacio atrapa al lector en un clímax de violencia e incertidumbre

No existe perdón donde manda el fatalismo

No existe perdón donde manda el fatalismo

No hay diálogos en Como si existiese el perdón, la pequeña pero intensa novela de la psicóloga y criminalista argentina Mariana Travacio, que acaba de ver la luz publicada por Las Afueras. El lector no deja de escuchar una única voz que las resume todas y que proviene de las entrañas de una historia en la que los personajes descienden a las profundidades guiados por la fatalidad y empujados por la violencia. De tal forma que uno abre el libro para no poder cerrarlo hasta consumir la última palabra de un relato sin aliento y, al mismo tiempo, desalentador. Su eco prosigue más tarde como si no tuviera la intención de apagarse hasta el reposo definitivo de la lectura.

El camino trazado por la autora recorre un escenario de traición y venganza, mezcla gauchesca y de western, dotado en ocasiones de ciertos hilos rulfianos que conectan remotamente con ese mundo desnudo y lleno de crudeza de Pedro Páramo o de los cuentos de El llano en llamas. La historia irrumpe fragmentada también en hilos que Travacio va hilvanando con acierto: 62 capítulos en apenas 140 páginas en las que no sobra nada. Como si existiese el perdón es hueso y músculo, no hay grasa salvo en algunas descripciones que suenan artificiosas. “La lluvia caía lacia” (pag.102), por ejemplo. Pero esa misma relación estrecha entre la síntesis y la densidad propia del relato hacen que el lector se detenga para enfrascarse en jirones del texto que de otro modo hubieran pasado desapercibidos. No hay temporalidad ni ubicación salvo la inmensidad que sugieren los grandes espacios rurales de la llanura argentina. La vastedad del campo contrasta con la íntima y brutal secuencia violenta del crimen que ofrece la historia. El infierno está acotado para el ajuste de cuentas y la redención. “Acordamos el repliegue: recorrer el campo, contar muertos, rescatar armas, volver a la carreta, curar al Laucha. Eso empezamos a hacer con el calor húmedo de esa mañana. Un sol lacerante evaporaba las aguas de la lluvia y nos metía la humedad en las narices: puro olor a barro secándose”. (pag. 115) La novela de Travacio, sucinta y provista de inmediatez, impide al lector distraerse: lo va conduciendo con buen ritmo hasta el final en un clímax de incertidumbre y en medio de cierta hipnosis. Intuye que cualquier momento puede llegar el desenlace más atroz. Parece que la autora de Como si existiese el perdón tratara de condescender delicadamente para acto seguido encontrar las palabras justas con que devolvernos al fiero costumbrismo desasosegante, a la realidad salvaje de los seres humanos atados al fatalismo, que deciden matarse porque este los ha llevado a un atolladero: a hundirse en el barro y en la niebla.

Nadie sabe explicarse bien lo que ha pasado pero todos empiezan a ser conscientes del rumbo inexorable de su tragedia. Puestos a buscar analogías literarias en Como si existiese el perdón, y con el pretexto de remover la tierra, encontraríamos aires kafkianos y de Juan Rulfo, y respiración asistida de Cormac McCarthy en esta primera novela de Mariana Travacio sobre la condición humana, la violencia y la justicia, en la que el objetivo es matar y cumplir de manera estúpida con las jugarretas que dicta el destino.

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