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VARIEDAD

Alienados de barro, barrio y cristal móvil

Cuatro fugas mentales ilustradas, desde El Golem a un colapso en las redes, pasando por la fantasía infantil de las Brontë en La Ciudad de Cristal y el Retablo social de Marta Sanz

Alienados de barro, barrio  y cristal móvil

Alienados de barro, barrio y cristal móvil

Alienarse, está claro, es sinónimo de enajenarse, de internarse en lo ajeno. La que no está tan clara es la reducción de alienado a loco. Hay muchos modos de enajenarse, precisamente para no demenciarse. En la mitología, por ejemplo, o en las imaginarias historias infantiles. Aunque otras formas de alienación, el odio al otro, la hipnosis reticular, sí que huelen a locura. Cuatro magníficos libros ilustrados ayudan a entender las diferencias.

Barro. El vienés Gustav Meyrink (1868-1932) se ganaba la vida como bancario, labor que detestaba y de la que se alienaba en la mitología, la cábala y el ocultismo. En 1915, a los 47 años, publicó El Golem, que le ha inscrito en la historia de la literatura fantástica. Ambientada en el gueto judío de Praga, El Golem recrea la leyenda de la figura de barro que solo pueden animar los conocedores del nombre secreto de la divinidad. Meyrink la rodea de una galería de crímenes y apariciones oniroides que conducen a regiones donde imperan fuerzas terribles. El barroquismo siniestro de la chilena Alejandra Acosta completa la inmersión del lector en un mundo de inquietudes primordiales.

Cristal. Antes de que las hermanas Brontë se convirtieran en hitos literarios ya eran creadoras de La Ciudad de Cristal, un mundo fantástico y estructurado al detalle en el que se alienaron en unión de su hermano, Branwell. La ciudad quedaría escindida en dos: Gondal, reino de Emily (Cumbres borrascosas) y de Anne (La inquilina de Wildfell Hall), y Angria, feudo de Charlotte (Jane Eyre) y Branwell. Sobre esta base, la británica Isabel Greenberg ha fabulado su propio espacio, solo en parte brontiano. El resultado, plasmado con su peculiar estilo, es un derroche de imaginación épica en un mundo de luces y sombras, de realidades y fantasías.

Barrio. Si Marta Sanz (1967) precisase presentación, bastaría decir que es una de las escritoras más prestigiosas del país. Hecho. Sanz ha escrito dos relatos que hablan de (in)convivencia: Extraños en un tren (versión amarilla), que navega las difusas aguas de la vejez, y Jaboncillos Dos de mayo, que refleja los choques desencadenados por la gentrificación. Y los ha unido en un Retablo. El miedo y el rechazo al otro –al que llega, cuando es más pobre, o al que ya estaba, también cuando es más pobre– es el modo de alienación que aborda Sanz. Una alienación a la que Fernando Vicente (Madriz, Babelia) da cuerpo a través de bodegones, paisajes urbanos o escenas callejeras próximas y coloristas.

Móvil. La advertencia del venezolano Sandro Bassi a quien ose internarse en La Nacionalien es clara: “Las imágenes de este libro están basadas en la realidad. Cualquier semejanza o parecido no es casualidad”. Después, ya no habrá palabras. Sólo dibujos de seres interconectados mediante su alienación en móviles que los enlazan a la vez que los aíslan en sus propias fundas. Los sabemos humanos pero Bassi remata sus cuerpos en cabezas inspiradas en los más imaginativos catálogos de criaturas extraterrestres. El despliegue cobra sentido cuando se sitúa a toda esta fauna ante el temido colapso. ¿Cuán duro es caer en la vieja realidad cuando se ha caído la red?

Alienados de barro, barrio  y cristal móvil

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