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CUENTOS

Viaje en busca de Tomeo

Los cuentos de Las croquetas del señor Keller, de Jorge Salvador Galindo, homenajean al novelista aragonés y son un festival literario donde cada sílaba destila humor

Jorge Salvador Galindo. foroabierto

Jorge Salvador Galindo. foroabierto

Este es un libro edificado sobre muchos libros. Los que ha leído su autor –lector incansable por vicio, pero también por oficio de editor en carne propia y asesor editorial en ajena– y los que escribió otro escritor, el aragonés Javier Tomeo (1932-2013). Las croquetas del señor Keller, la colección de cuentos que firma el ovetense Jorge Salvador Galindo, se titula así por tres razones. Una. Frantz Keller fue el pseudónimo que Tomeo utilizó cuando escribía “literatura popular” para la Editorial Bruguera en los años 50 del pasado siglo. Dos. El también escritor Juan Benet –algo así como la némesis literaria de Tomeo– decía que las novelas de este último eran todas iguales, como croquetas, repeticiones de bocados de un mismo sabor. Tres. Jorge Salvador Galindo bebe los vientos literarios por Tomeo, uno de los bichos más raros de la novelística española del final del XX, creador de un universo monstruoso, de frase breve e imaginación larga con la que alumbraba la fauna imposible de sus páginas, que tan de moda estuvieron mediados los años ochenta y luego ya muy poco.

Galindo sirve, por tanto, un plato de croquetas “a la Tomeo” compuesto exactamente por treinta croquetas en forma de cuento y dos falsos informes de lectura sobre dos novelas de Tomeo que nunca existieron. Cada cuento lleva el título de un libro del autor homenajeado y si estuviéramos reseñando un LP podría decirse que Galindo se marca una antología de “covers” de los “greatest hits” de Tomeo. Pero son versiones libérrimas. Aunque se escucha cierta melodía de fondo, el autor ovetense vuela a su buen entender, y mejor escribir, sobre aquel aragonés que hacía croquetas de papel; aquel tipo pacífico con aire de matón, soltero y solitario que, que se sepa, nunca respondió con acritud a la pulla de Benet, cuya obra, por otra parte, oscila según quien lea entre la cima faulkneriana y la sima del coñazo más genuino. Tomeo, según él mismo escribió a Galindo el 16 de enero de 2012, disculpaba a Benet y admitía que, de hecho, todos los escritores escriben siempre la misma novela.

Galindo no escribe, ni mucho menos, el mismo cuento. Casi al contrario. “Las croquetas del Señor Keller” son un festival de géneros y enfoques, un salto continuo y surrealista en torno a las posibilidades del lenguaje. Ahí encuentra Galindo la fuente del humor que impregna este volumen, en el imprevisible giro que consigue darle a cada nombre, frase o exposición. Sin límites. Espérense un libro cabalmente descabalado, lleno de fauna imposible –napoleones lunares, loros sodomitas, niñas monstruosas, gallitrigres, gaterátops y velocipollas–, salpicado con una absurda reinvención de la legendaria visita de Rulfo a Comala o calentado con escenas de sexo playero contadas por un Homero afásico. Pura invención. Puro experimento patafísico. Es decir, donde todas las leyes de la física se suspenden, en favor del goce absoluto y surrealista de las letras. Al final, el autor envía a un personaje a ver a Tomeo y lo topa en el infierno, donde espera que haya encontrado la paz. Pero patafísicamente el autor aragonés le reconoce que “lo peor de la paz es la zeta de zorra”.

Viaje en busca de Tomeo

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