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CÓMIC

Parodia o realidad

Tras ‘Idiotizadas’, ‘Moderna de Pueblo’ vuelve con una nueva obra que mezcla costumbrismo y crítica social con parodias de géneros clásicos, como el romántico o el de superhéroes

Raquel Córcoles, ‘Moderna de Pueblo’.

Raquel Córcoles, ‘Moderna de Pueblo’. Youtube

Considero esa parte de pastiche la más débil del volumen. Llevamos desde los tiempos de Trinca leyendo sátiras similares, todavía recordamos las «golpisas y batacazos» de Ventura y Nieto. Con todos los chistes que se han hecho sobre Mr. Fantástico, que una superheroína utilice los pelos de sus sobacos como arma ya no sorprende. Que los héroes varones viajen en una nave polla ya era viejo cuando salió en Flesh Garden, etc.

Más interés tienen las parodias de historietas románticas. Sobre todo por la relación que establecen con otras partes más realistas del libro. La autora ironiza sobre su propio romance. Si en los relatos amorosos convencionales (debemos irnos a los años cincuenta para citar ejemplos) la chica abandonaba su carrera y aspiraciones para servir y mimar al hombre de sus sueños, aquí se propone el modelo opuesto. Un hombre que deja su trabajo para hacerle de asistente a su novia, incluyendo las tareas del hogar. La diferencia es que lo que allí se consideraba escandaloso, un desperdicio inútil del talento femenino, aquí es presentado como lo mejor que un hombre puede hacer, quedarse a la sombra de su brillante compañera. El guión lo firma una pareja así que podemos suponer que algo de lo que se cuenta es real. O no, me da igual, lo que antes se denunciaba como injusto ahora se aplaude como nuevo ideal feminista. Aunque es cierto también que se esbozan las fricciones que esa nueva situación provoca.

Llegamos así a la chicha del libro. Salteadas con esas parodias se nos cuentan las aventuras de la autora y sus amigas. Cada una refleja un modelo vital. Está la madre, aburrida y alienada con su bebé. Aunque al final hay una cierta recuperación de este personaje, en general es presentada como una idiota que ha desperdiciado su existencia. Tenemos a la que está liada con un tipejo. Se explica como un caso de «mente feminista, coño machista». Luego está la profesional de éxito, una tía independiente que no necesita permanecer al lado de ningún hombre y que critica el entorno machista en el que intenta ascender. No se dan nombres pero se menciona a unos cómicos famosos que se comportan como garrulos de colegio mayor. Finalmente la autora, que además de sus relaciones de pareja comenta algunas de sus tribulaciones como creadora (¿ser frívola o seria?), su obsesión con tener buen aspecto y otras reflexiones sobre el sentido del arte y la vida. Aquí hay una descripción de esos ambientes «modernos» que es interesante. Entre bromas y veras se nos permite echar un vistazo a unos entornos competitivos y donde mirar y ser mirado es muy importante. Llaman la atención los pasajes donde se aprecia una censura nada velada y una autocensura presentada como virtuosa. Ofrecen un retrato creíble de una élite obsesionada por arreglar la vida de los demás. Nuevas monjas a la caza constante del hereje.

Sorprenden las excusas de la autora por el nombre de su super-grupo, ya que Super-Coñis es «un poco tránsfobo». Matizan: «Más que tránsfobo es poco inclusivo». Completamente acorralada se deshace en lamentos: «Para nada era mi intención...». Estos productos nacen en las redes, donde encuentran seguidores que, al alcanzar un volumen crítico, facilitan el salto al papel. Los creadores intentan no desatar sobre su obra las iras de esa Santa Neo-Inquisición siempre dispuesta a encontrar un enemigo sobre el que lanzarse. Así que, por si la cosa no había quedado clara, bastantes páginas más allá nos encontramos con un padre que aclara que el bebé que lleva encima no es una niña sino un niño. Rápidamente su señora pone los puntos sobre las íes: «¡De momento! Intentamos educarlo sin imposiciones de género». Y sigue. Estamos por tanto en un universo queer donde el yo-soy-lo-que-me-la-gana es la norma. Lo cual me parece fantástico. Pero no acabo de pillar cómo casa esa doctrina de independencia respecto a la biología con los interminables pasajes que se dedican a las hormonas y la menstruación. La insistencia en «lo femenino», como un mundo completamente alejado del de los varones, corre paralela a una visión de «lo masculino» completamente negativa. Esos estereotipos no dejan resquicios desde los que acceder a este universo cerrado en el que toda disidencia es perseguida. En el que he sido juzgado y condenado de antemano (Como varón ¡aarrgghh!). Pensaba que la libertad era otra cosa. Algo más que repetir un catecismo, sin disensión posible. Por ejemplo, en todo ese asunto del género, el sexo y la biología, creo que casos como el de David Reimer deberían de ser discutidos. Los argumentos de Helena Cronin enriquecen el debate, no lo empeoran. Lo que anula el libre intercambio de ideas es imponer un dogma y obligar a todo el mundo a aceptarlo.

Como estos Coño-Dramas me saturaron, pillé una reedición de Flavita Banana. Había visto sus dibujos y me parecían fuertes, en la línea de humoristas como Reiser. Suponía que su obra también tendría ese humor salvaje y sarcástico del francés. Pero no. Más de lo mismo. Teniendo en cuenta sus incontables seguidores me cuesta un poco decirlo, pero a mí no me hace mucha gracia. A veces sí, pero en general me aburre su tono moralizante. Que me digan qué tengo que hacer nunca me ha gustado. Es un defecto que tengo.

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