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ENSAYO

El canon de la cultura europea

Figes describe la Europa cosmopolita de 1900 a partir del trío de Turguenev y los Viardot

El canon de la cultura europea

El canon de la cultura europea

El historiador británico Orlando Figes resulta sobradamente conocido entre nosotros. Baste recordar, entre otros libros importantes traducidos al español, El baile de Natacha: una historia cultural rusa (Edhasa, 2006), obra verdaderamente espléndida. Recientemente se ha publicado Los europeos: tres vidas y el nacimiento de la cultura cosmopolita, empeño muy singular por su estructura de biografía representativa del proceso de creación de esa cultura a lo largo del siglo XIX.

Figes se propone, en tanto que fin principal de su tarea, explicar cómo pudo ocurrir que, en torno a 1900, a lo largo y a lo ancho de Europa se estuvieran leyendo los mismos libros, imprimiendo reproducciones de los mismos cuadros, tocando la misma música en el ámbito doméstico o escuchándola en las salas de conciertos e interpretando las mismas óperas en los teatros europeos más importantes. En definitiva, quiere relatar cómo se estableció el “canon europeo” –base de la alta cultura actual en el mundo entero– durante la era del ferrocarril, que es el personaje secundario de lujo de esta narración.

Lo peculiar de la obra de Orlando Figes, sin embargo, radica en el medio del que se vale para llegar al resultado propuesto. Aunque profesor universitario de oficio (enseña Historia en el Birkbeck College de la Universidad de Londres), no ha querido escribir una historia convencional, siguiendo patrones estrictamente académicos y caminos suficientemente trillados. De manera sorprendente y original, llevó adelante su trabajo descriptivo a través del estudio biográfico de ¡un trío amoroso! El marido de este dignísimo y nunca sórdido ménage à trois era el francés Louis Viardot, a quien Figes pinta como activista republicano (en 1848), editor, director de ópera, estudioso hispanista, crítico, escritor y traductor literario, experto en arte y coleccionista, es decir, lo más parecido al hombre universal del Renacimiento. Su esposa era la española Paulina García (Pauline Viardot), extraordinaria cantante lírica (hermana de la también célebre María Malibrán, prematuramente fallecida) que triunfó en los teatros de casi toda Europa desde su matrimonio con quien sería además su representante e impulsor artístico. El tercero en concordia fue Ivan Turguenev, escritor de primerísima fila en una época y en un país en los que se dieron genios descomunales (Pushkin, Tolstoi, Chejov, Dostoievski…). No requiere Turguenev, desde luego, presentación alguna, pero recomiendo calurosamente la lectura del maravilloso libro de Moisés Mori Estampas rusas. Un álbum de Iván Turguénev (KRK Ediciones).

Naturalmente, los Viardot, y con ellos a menudo Turguénev, llevaban una existencia viajera a causa de los compromisos operísticos de Pauline, una mezzosoprano pagada magníficamente (y en Rusia fastuosamente). Usaban, por tanto, el tren de modo continuo, a medida que la incesante ampliación de la red ferroviaria europea lo iba permitiendo. Tenían su residencia habitual en París, capital entonces de la cultura del Viejo Continente, y por ella pasaron los escritores, pintores y músicos de mayor relieve internacional.

Si se advierte la espectacular relación bibliográfica contenida en los centenares de notas del libro de Orlando Figes, uno se pregunta cómo pudo el autor encajar tal cantidad de datos sobre música, arte y literatura del período decimonónico en la historia personal de la familia Viardot. Incluso cabe interrogarse acerca del resultado final, positivo o negativo, de semejante, y arriesgada, combinación entre biografía e historia. En el capítulo de agradecimientos, el propio profesor Figes confiesa: “Llevo tanto tiempo trabajando en este volumen que hoy soy incapaz de recordar cómo surgió la idea. Ni siquiera llegué a creer que fuera posible escribir un libro sobre este tema hasta que iba por la mitad del proyecto, unos tres o cuatro años después de haberlo empezado”. Cada lector, siempre soberano, juzgará si el esfuerzo valió la pena.

Además, a pesar de tanta información, ¿falta algo fundamental para comprender cómo una centuria tan cosmopolita acabó en las tempestades de acero de 1914-1918? Creo que no. Las referencias al nacionalismo como elemento de tensión tanto en la política como en el ámbito de la cultura son constantes en este libro, que, en suma, está muy logrado desde todos los puntos de vista. También en lo tocante a su muy cuidada edición y a la buena traducción de María Serrano.

El canon de la cultura europea

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