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Los de antes

No nos queda más remedio que agarrarnos al flotador de nuestros literatos

Valle Inclán.

Valle Inclán.

Que no se vea en mi ánimo el denostar, denigrar o disminuir los talentos de ningún o algún escribidor de nuestros días pero en ocasiones uno siente la ausencia de algunos de aquellas plumas de la transición entre el pasado siglo y su anterior, esa nostalgia, que le vamos a hacer, es una de las negativas consecuencia que padecemos los adictos a ese nefando y solitario vicio de la lectura, olvidado por tantos en nuestra tierra, porque si Larra decía que en España escribir es llorar, no menos trágica es la falta de sed lectora de nuestros compatriotas.

En ocasiones me descubro preguntándome cuales serían las letrillas de los Unamuno, Baroja, Machado, los dos, Maeztu, Azorín, Benavente, Ganivet, y aún Arniches, Quintero, también los dos, y otros tantos, si tuvieran la fortuna o desgracia, para su ingenio, de vivir en éstas nuestras fechas (que buena medicación aporta el acudir a su lectura de tanto en tanto); que no saldría de sus crónicas, escritos y obra literaria, de su genio, de su visión si estuvieran ahora entre nosotros; motivos de engendrar nuevas creaciones seguro que no les serían escasos, tendrían, al contrario, constante cosecha de mimbres para llenar hojas y hojas de papel de aceradas críticas con tan solo prestar un poco de atención en nuestro derredor actual.

Pero se me antoja que quien entraría con mayor acierto al trapo de nuestras ocurrencias contemporáneas cual paquidermo en tienda de porcelanas finas sería mi admirado Valle, aquel flagelo literario que maridaba mal con lo que le rodeaba, como acredita el mismo cuando habla por boca de su Max Estrella, pero también a través de cualquiera de los otros personajes de sus obras, trasuntos quizá de su propia persona. No sé qué diabluras se le ocurrirían a D. Ramón María, si asomase sus ojillos maliciosos, que se aparecen a nosotros desde fotos en blanco y negro, entre curiosos y socarrones, a esa nueva filosofía de los ciento cuarenta caracteres; el de Vilanova, que tenía a los hombres públicos de su tiempo en pobre estima, llegaría a recordarlos con cariño si los comparase con sus homólogos de hogaño; en los tiempos que corren en los que todo es apariencia, posturitas y maquillajes varios, aquel ilustre gallego sin duda nos recordaría su idea pergeñada por su ingenio de que la ética es el elemento fundamental de la estética. Aquí y ahora se piensa, y lo que es peor se ejerce exactamente lo contrario.

Y es que no nos queda más remedio que agarrarnos al flotador de nuestros literatos, quienes como decía uno de nuestros escritores “nobeleados”, el también gallego Cela, tienen como la más noble misión la de dar testimonio, como acta notarial y como fiel cronista del tiempo que le ha tocado vivir; y eso sobre todo en ésta nuestra tierra en la que de sus escasos ocho permios nobel tan solo dos eran científicos siendo los otros seis dedicados a practicantes de la tan denostada literatura, de la que Rosa Montero en su libro La Loca de la Casa, dice que está llena de cosas inútiles, absolutamente necesarias; ese especial desequilibrio “novelístico” tan nuestro quizá venga a ser provocado porque somos una gente muy dada y en extremo a la comedia y al drama en nuestras viviendas diarias.

De Valle admiro sobre todo su sentido de la provocación, por ventura porque, desde mi modestia, intento en ocasiones imitarlo, ciertamente sin conseguirlo; fui convertido a esa admiración cuando accedí a su obra literaria, pero también al conocer sus vivencias y avatares personales, como era aquel agrio enfrentamiento que Don Ramón María mantenía con otro de nuestros Nobel, D. José de Echegaray, animadversión de doble vía que corría entre ambos con igual intensidad, sobre todo cuando supe de una de las muchas anécdotas que aquella guerrilla provocaba; permítanme que se la relate:

En cierta ocasión, unos dicen que una conferencia donde el gallego comentaba las obras de Echegaray y otros que el evento tuvo lugar durante la representación de una de las obras teatrales de D. José, que tanto da, dicen que Valle Inclán comentó que “éste Don José está obsesionado con la infidelidad matrimonial, todas sus obras son autobiografías de un marido engañado”, en ese instante un joven espectador le espetó que se callase pues no tenía derecho a hablar de forma tan insultante del Autor, Valle-Inclán con prontitud preguntó: “¿Y quién es Usted para mandarme callar?, a lo que el interpelante- interpelado contesto: “soy el hijo de Echegaray”, y aquí viene la muestra de agilidad mental del Gallego, cuando éste cuestionó al descendiente del Nobel con un ¿está Usted seguro, joven?

Y es que aquellos escribidores eran el muestrario, la punta de lanza de sociedad de una mayúscula intelectualidad, con una escala de valores, quizá anclados en lo decimonónico pero claros y sencillos, puede que en algunos casos errados, sin hache, pero nunca herrados, al contrario que en los tiempos que corren donde lo mejor que puede decirse de nuestro cuerpo social es que en no pocas capas del mismo se ha sustituido valores simplemente por intereses, desobedeciendo a Einstein que aconsejaba ser antes un hombre con valores que una persona de éxito.

Yo por mi parte estoy con Don Paco Umbral, que mantenía que escribir es la manera más profunda de leer la vida.

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