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Muerte de un profesor

Muerte de un profesor

Casos como el de Theo Van Gogh, asesinado el año anterior en plena calle por un islamista, y otros similares habían provocado el miedo. Esto llevó al periódico Jyllands-Posten a publicar doce caricaturas de Mahoma, para comprobar si aún existía algo parecido a la libertad de prensa. Semanas después la fiscalía, presionada por once embajadas, investigó a los dibujantes y no los consideró culpables de delito alguno. Así que un grupo de imanes daneses recorrió Oriente Próximo explicando “el dolor y el tormento” que todo aquello les había causado. Luego vino el boicot a los productos daneses en Oriente Próximo; en 2006 ardieron las embajadas de Dinamarca y Noruega en Siria, también la embajada danesa en Líbano; más de cien personas murieron en las manifestaciones que se produjeron; un ministro indio ofreció más de un millón de libras por la cabeza de uno de los caricaturistas; los casos de intento de atentado justificados por las caricaturas se multiplicaron; algunos periódicos europeos (pocos) decidieron publicar los dibujos, en solidaridad con sus colegas daneses. En 2010 un energúmeno intentó matar al dibujante danés Kurt Westergaard, de 74 años. La policía intervino a tiempo, como ya hizo en 2008 y en 2009, frustrando otros intentos de asesinato. Los dibujantes que participaron en el proyecto necesitan escolta, han tenido que cambiar de casa y en cualquier momento un desequilibrado puede acabar con sus vidas. En enero de 2015 Charlie Hebdo, el semanario satírico francés, sufrió un tiroteo a manos de dos terroristas islámicos. Doce personas murieron en el atentado: varios dibujantes, dos policías, un corrector... En septiembre de 2020 la revista volvía a publicar los dibujos que provocaron el ataque, con una portada que indicaba “Todo esto por esto”. Era un día antes del inicio del juicio a 14 personas acusadas de ayudar a los dos atacantes islamistas de 2015. El 25 de septiembre se produjo otro ataque frente al antiguo local de Charlie Hebdo, con dos heridos de gravedad.

A principios de octubre, durante una clase de instrucción moral y cívica (el equivalente a nuestra “educación para la ciudadanía”), Samuel Paty, profesor de geografía e historia de 47 años y padre de un niño, mostró algunas de las caricaturas de Mahoma para hablar de la libertad de expresión. Invitó a quien no quisiera verlas a salir del aula. La escuela recibió quejas después de la clase, uno de los padres subió un vídeo a redes sociales insultando al maestro y alentando a otros padres a sumarse a una campaña para que se tomasen medidas contra Paty. La escuela recibió amenazas los días posteriores y el profesor cambió su ruta habitual porque no se sentía seguro. El viernes 16 de octubre de 2020 fue degollado por un joven de 18 años nacido en Moscú y que vivía como refugiado político en Francia.

La muerte de Paty nos recuerda otra vez los peligros que acechan a nuestras frágiles libertades. Como profesor y ciudadano no puedo dejar de admirar el valor de un hombre que murió defendiendo sus ideas de la manera más humilde posible, desde su clase, enfrentándose a un sistema incapaz de respaldarle y a un enemigo interior cuya barbarie se demuestra una y otra vez y muchos todavía niegan. Tras el atentado a Charlie se publicó en Francia un volumen que recogía chistes llegados de todo el mundo, expresando lo que los humoristas sentían ante la masacre. Se repetía una idea, la del poder de la palabra frente a la violencia. Todo muy emotivo pero al final, revisando los chistes, se comprobaba algo. Aquel primer atrevimiento de los daneses no se repetía. Los artistas habían captado el mensaje: nada de chistes con el profeta. Crumb era el más osado, enseñando un culo peludo que rápidamente aclaraba era “de un amigo suyo productor de cine”. Hace años le pregunté a Gilbert Shelton, dibujante americano que reside en París, qué pensaba de lo que les había pasado a sus colegas de Charlie. Su respuesta fue “ellos se lo buscaron”. Y añadió, refiriéndose a los asesinos, “todo el mundo sabe que esos tíos no tienen sentido del humor”. Por si no había quedado claro, la muerte de Paty vuelve a recordarnos que ahora mismo, en nuestro mundo libre, hay cosas de las que no se puede hablar, temas sobre los que no se debe bromear. El respeto que nuestros humoristas han perdido hace años al cristianismo, se convierte en delicadísimo cuidado cuando se trata del Islam. Así que la violencia gana a la palabra. Al menos vamos a dejarnos de autoengaños.

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