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El mar indemostrable

Ce Santiago.

Ce Santiago.

Hay ocasiones en que una primera página, como un aldabonazo en la noche, sacude la tibieza del lector. No hay lugar para la habituación ni para el gregarismo. No hay tiempo para tomarle la temperatura a la criatura. Así, se entra en ciertos libros como en una cámara anecoica: el mundo de fuera ha dejado de importar, nada se escucha si no es dentro de la campana del texto. La primera página de El mar indemostrable propone una experiencia de esta índole: introduce un clima severo (el desasosiego), un protagonista absoluto (el lenguaje) y un tema de temas (el mar). Es como si su autor, Ce Santiago, quisiera mostrar desde esa página seminal, ineludible, no sólo que su puesta de largo en la ficción va muy en serio, sino que la travesía exigirá por parte de quien lee una entrega y una atención sin reservas, incondicionales. Quizá porque Santiago, que ha forjado su mano en la traducción de gigantes como Djuna Barnes y William Gass, no tiene nada que perder. Y sin duda porque escribir desde el mar (Conrad, Melville), frente al mar (T. S. Eliot, Brodsky), contra el mar (Mutis, Murdoch), no tolera rehenes.

El mar indemostrable es muchas cosas. Es un retrato sofocante de la violencia familiar, el caudillaje de la sangre, las dictaduras del afecto. Es un discurso sobre la relación que existe entre hablar y escribir, los intersticios e intermitencias de la lengua, el escrutinio inagotable entre las palabras y el mundo que nombran y aspiran a contener. Es un trabajo a pie de obra, por momentos antropológico, acerca de la pesca y de los puertos, a propósito de la esclavitud de los límites, en torno a la faena y al sacrificio, y desde ese punto de vista un alegato directo e impaciente contra cierta visión romántica, edulcorada y falsa del mar, propia de quienes fatigan sus orillas. Es, asombrosamente, en su magnífico cuarto capítulo, una especie de diccionario de arsenales y un compendio de historia de la filosofía acuática, e incluso un aquilatado esfuerzo por comprender la peculiar relación que existe entre el mar y la muerte, el insólito destino que corren los ahogados, las tumbas sin peregrinaje posible que contienen los océanos. Y es, por último, una tragedia cerrada, con su justicia poética y su circularidad estricta, en la que resuenan los ecos paradójicos del más grande poeta de la épica de tierra firme: William Faulkner.

Todo ello se nos concede mediante una prosa siempre consciente de sí misma y sin embargo audaz, capaz de extraer belleza de momentos intolerables (el asesinato del perro con moquillo) y correspondencias alucinadas, de un riesgo digno de aplauso (Parménides viendo afirmada en la cubierta de un barco su sospecha de que también existe «la idea en sí de lo más vil e innoble»). Todo ello, en definitiva, se nos entrega en 130 páginas aceradas como una red pelágica, que debemos saludar como una de las mejores noticias literarias en este infausto año de las muchas pestes.

El mar indemostable

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