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Serie TV

La confesión y el protocolo

La ley que favorece al asesino en una serie de intriga muy al estilo de la televisión británica

Las cosas van así, al menos en el Reino Unido. Tras minuciosa investigación, la policía pilla al asesino de una joven modélica. El inspector encargado de la detención charla con el criminal. Y el sujeto le pregunta que si le basta con ese cadáver o quiere más. Perplejo, el “Detective Superintendent” le pregunta de qué está hablando y el psicópata se ofrece a conducirle hasta el lugar donde ha enterrado hace años el cuerpo de otra joven, de vida nada modélica esta vez. Allí acuden, allí acabarán encontrando restos humanos. Grandes felicitaciones al investigador jefe, aplausos de los compañeros, prensa entusiasmada, los superiores están como unas pascuas. Pero. El pero es que el protocolo manda que las cosas no se hagan así. Que una vez trincado el malo por un delito gravísimo y por mucho que muestre deseos de confesar la intemerata, hay que pedirle silencio, llevarlo a comisaría, llamar a su abogado y luego ya se verá. Hasta tal punto que –si no se sigue el protocolo- puede quedar el asesino exonerado del crimen anterior y ser juzgado solo por el último, pues su confesión voluntaria sin presencia de asistencia letrada no la valida un tribunal. Como no quiero ser (muy) espóiler, no puedo contar más. Sólo que el policía antes heroico acabará –al menos en un principio– subdestinado a pegar sellos, acabará entregando su placa, acabará con su matrimonio por los aires. El protocolo, ay el protocolo. Los derechos del detenido, ay los derechos del detenido. Esa es una de las reflexiones que propone esta tan entretenida serie británica que protagoniza Martin Freeman (aquel moderno Dr. Watson del moderno Sherlock).

La segunda reflexión atañe a las familias de las dos jóvenes asesinadas, focalizadas sobre todo en sus madres. Resulta que son vecinas. Resulta que al criminal (un Joe Absolom altamente repulsivo en su cinismo) lo condenan por el segundo crimen y la familia de la víctima digamos que se da por satisfecha y pasa página, sin deseo de involucrarse en otro juicio por el asesinato anterior, no obstante ciertas dudas que la cámara nos enseña con esos zooms breves a la cara de la madre segunda (la fenomenal Siobhan Finneran, que ya vimos en Downton Abbey de criada villana y en Happy Valley durante su proceso de rehabilitación de drogas). Claro, no olvidemos que la última víctima era una chica “buena” y la otra se drogaba y prostituía. Y los episodios se van llenando de personajes - demasiados, a mi juicioque opinan, juzgan y hasta tratan de sacar tajada de tanto lío legal. Sí, hay barullo: hay veces en que no sabes si estás viendo al hermano de la novia de la prima del cuñado o al novio del cuñado del primo de la hermana. Máxime cuando se abusa de una sucesión de “plano americano” y general con cantidad de gente dentro de los mismos. Pero va surgiendo en la trama la figura de una madre coraje que se va a comer a todos los demás actores. La progenitora de la primera asesinada, una Imelda Staunton, menudita y de gesto durísimo, que acaba por ser más protagonista que el desdichado detective que interpreta Freeman. Quiere justicia, quiere que los dos casos se unan y que al asesino, por lo tanto, le caiga la perpetua. Y ello a pesar de su ex, ejemplo de vileza donde los haya.

Cómo acaba todo lo sabrá quien lo vea. Pero esta miniserie (menos de cinco horas se gastan en verla) une esos dos dulces que la hacen entretenida, interesante y motivadora de reflexiones: la intriga y la legalidad obsoleta, o acaso obsoleta, o sin duda obsoleta.

Una Confesión

PAUL ANDREW WILLIAMS

Una Confesión

 Miniserie de TV. 6 episodios de 45’

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