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Súbanse a la montaña rusa

Lorena Franco consolida su manejo de la intriga y el misterio con El último verano de Silvia Blanch

Lorena Franco.

Lorena Franco.

Lorena Franco conoce muy bien el vértigo que siente un autor cuando se enfrenta a la página en blanco. Como si estuviera en una montaña rusa. A ella le pasa “siempre que empiezo a trabajar en una historia. Pero, afortunadamente, la inspiración llega, siempre acaba llegando en forma de reto que está ahí para disfrutarlo, y en el momento en que menos te lo esperas”. Eso fue lo que le ocurrió “con algo tan sencillo como estar viendo la televisión. Apareció ante mí el caso de la desaparición en EE.UU. de Leah Roberts, una estudiante de enfermería de 23 años que se evaporó sin dejar rastro en el año 2000. Su coche apareció en una carretera forestal que me recordó a las curvas de Montseny, donde me pasé una noche entera rodando bajo las órdenes del director Christian Molina ‘La chica de la curva’, pero de Leah ni rastro. Relacioné el lugar con el caso, aunque el real nos quede lejos, se me apareció Alex, una joven periodista curiosa por naturaleza, un personaje alejado del thriller, que para secretos y mentiras ya tenemos a otros personajes de lo más intrigantes, y así fue como fluyó El último verano de Silvia Blanch. Mientras trabajaba en esta novela pensaba en ella las 24 horas del día. Dormía con mis personajes. El proceso ha sido uno de los más fantásticos e intensos que he vivido”. 

Quienes ya se han adentrado en los bosques de Montseny, en sus curvas y en sus calles, ya han descubierto qué le ocurrió a Silvia Blanch. Silvia, la mujer que habla al lector “en primera persona, acercándole a su vida días, meses, incluso años antes de volatilizarse. Y es que el tiempo da mucho juego y es importante en esta trama por la evolución de sus personajes, especialmente de Alex y también de Silvia, cuyas voces se entremezclan para hablarnos de una historia en la que nada es lo que parece. Y de Jan, ese hombre con más sombras que luz, que parece saber más de lo que dice, del que todos desconfían, del que Alex se enamora sin remedio”. 

Para la autora “era importantísimo que los personajes cobraran vida y despertaran todo tipo de pasiones, que el lector empatizara con ellos y se sintiera parte importante de la trama, donde siempre están ocurriendo cosas, como debe ser. Ese fue mi desafío desde el principio, y también diferenciar las voces de Alex y Silvia, dos mujeres distintas, con un punto en común: la obsesión. Esa obsesión que te puede llevar hasta la boca del lobo. De ahí capítulos cortos, la típica novela en la que dices: ‘venga, va, una página más y me voy a dormir’, y ya son las tres de la madrugada. Me encanta cuando ocurre eso. El final también tenía que ser imprevisible, algo fundamental en un thriller. Puedo decir que me siento orgullosa de esta historia, era la que quería contar”. 

Con ustedes, Silvia Blanch. La montaña rusa arranca.

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