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Una lección de fútbol

La época clásica del balompié vista por Arthur Hopcraft

Arthur Hopcraft.

 Ahora que del fútbol se habla y escribe más en las secciones de Sucesos o Espectáculos de los medios que en la de Deportes. Ahora que la falta de épica pretende disfrazarse con verborrea descriptiva de los partidos, más parecida al análisis de una operación quirúrgica que al de un juego. Ahora que el fútbol ya no es lo que era, añoramos el fútbol que era, o sea, la infancia. Y la infancia o se cuenta bien o es una pelmazada. Y Arthur Hopcraft (1932- 2004) la cuenta requetebién.

Fue un periodista deportivo inglés que firmaba con el seudónimo “Juez de línea” (hoy, sería “Asistente” o “Árbitro auxiliar”), con leyenda de misántropo y claustrofóbico, y al que se debe la adaptación de El topo de John Le Carré para televisión. Este libro suyo vio la luz ya hace años en inglés con el subtítulo de “Gente y pasiones en el fútbol”. Se vierte al español –acompañado de la atinada consideración de “clásico”– y es lectura muy sustanciosa para quienes aman el fútbol de “antes” (“cuando nos preguntamos cómo es el fútbol cuando más lo disfrutamos, yo escojo a Bobby Charlton”), y para cualquier curioso que desee aprender cómo se escribe muy bien una crónica no de un partido sino de una época o de una parte del entramado del balompié, aun siendo solo inglés por los cuatro costados (apenas se menciona otro fútbol). Ahí verán la semblanza de Georgie Best: “No es realmente ostentoso, sino solo joven, popular y rico conforme a los patrones de la clase media baja. Best y sus contemporáneos parecían tan excesiva e impúdicamente ricos debido a que las condiciones salariales y laborales de los futbolistas profesionales destacados habían sido hasta hacía poco como las de los siervos modestamente cualificados de las fábricas”. (Nótese el tono “laborista” tan presente en Hopcraft). Leerán consideraciones sobre el fútbol primigenio: “En la década de 1920, los clubes habían crecido a partir del orgullo en la condición física, de su importancia en la localidad, del esfuerzo empresarial. Los estadios se levantaron donde vivían los aficionados, en los laberintos industriales de las fábricas y las casas de encorvados trabajadores”. Se cuentan casos ejemplares: Stan Cullis (en dos facetas), Matthews (“no inventó el regate con la pelota, sino que lo elevó a su grado máximo”), Lofthouse (“antebrazos y hombros de peón, y una oscuridad especial en el semblante que reflejaba sus intenciones de decidido antagonismo frente a los defensas del otro equipo”). Se habla de salarios o de casos raros como Sam Ellis (“su fluidez, con verbos precisos y un ritmo lúcido en su conversación, le conferían una irónica dignidad para ser tan joven”; del humilde Kazimierz o las tragedias de Dooley (una pierna amputada) o del accidente del Mánchester centrada en Edwards. No faltan los jugadores tramposos, los entrenadores y sus frases: “el elemento romántico del fútbol, el encanto de las emociones, es tan fuerte como la fría perspicacia”. Salen directivos como Hill-Wood: “En el Arsenal no te eligen, solo te lo piden” o árbitros como Crawford: “Tenía el sentido común de no olvidar que la juventud, el ímpetu y las acuciantes ganas de ganar van de la mano en un paquete muy inflamable”. También los aficionados: “La Kop no es un recinto de Ascot, y no lo lamenta”; el fútbol amateur y la prensa; y ya de pasada “los extranjeros”. Pero, insisto, acaso la mayor gracia del libro resida en lo bien escrito que está. Vean qué inicio: “Alan Brown llenó un periodo decepcionante de su juventud haciéndose policía. Es interesante especular sobre dónde estaría ahora en la jerarquía policial si el tirón del fútbol no hubiera sido tan fuerte como para arrastrarle de nuevo a su práctica”. O “ver a sir Matt Busby moverse por Mánchester es ver actos de veneración pública”. O definir a sir Alf Ramsey: “No ve fútbol con el corazón en un puño, tenso por la ansiedad de los goles. Ve a jugadores. Uno a uno”. Qué bien escrito está.

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