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Diario de Mallorca

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Cine

Productor, depredador

Robert Evans.

Si la industria del espectáculo es zoo, selva y circo al mismo tiempo, dentro de ella los productores son una de las especies más aduladas, temidas y envidiadas. Son los hombres del maletín, los que consiguen la pasta. Pocas veces sale de su bolsillo; muchas, casi todas, un buen pellizco acaba en el suyo.

Robert Evans (1930-2019) fue un hijo de un dentista y una ama de casa de acaudalada familia. Inició su carrera profesional vendiendo complementos femeninos y como locutor dramático de radio. En 1956 conoció por casualidad a la actriz Norma Shearer y ésta le ofreció el papel de Irving Thalberg (el mítico productor de cine, radiografiado por Scott Fitzgerald en la inconclusa El último magnate) en la película El hombre de las mil caras (J. Pevney, 1957)

Pronto se dio cuenta de que como actor no llegaría lejos y como productor tenía una mina ante sus narices. Su estreno en ese cometido (El detective, 1968, protagonizada por Frank Sinatra y Lee Remick) fue lo suficientemente prometedor para que le ofrecieran dirigir el departamento de producción de la Paramount.

El estudio pasó de ser el octavo en volumen de negocio de Hollywood a uno de los tres primeros, gracias a éxitos de público o crítica como Love Story, La semilla del diablo, Harold y Maude, Serpico, La conversación, El gran Gatsby y El Padrino I y II. Se le subió el éxito a la cabeza y el sueldo como ejecutivo le pareció poco, por lo que se independizó. Produjo Chinatown, Cotton Club y un puñado más de filmes casi al mismo tiempo que inició la cuesta abajo, acelerada por su convulsa vida personal.

Evans se convirtió en un arquetipo de productor agresivo, ludita y depredador sexual. Tuvo siete esposas, entre ellas las actrices Ali McGraw o Catherine Oxenberg -Amanda Carrington en Dinastía, e innumerables amantes. Peter Biskind, en su ensayo trufado de cotilleos Moteros tranquilos, toros salvajes (1998) cuenta que muchas mañanas le despertaba su mayordomo con una bandeja con una botella de champán y una nota con el nombre de la mujer que dormía a su lado. Blake Edwards se burló sin clemencia de él con el personaje interpretado por Matthew Vaughan en S.O.B. (1981). Dustin Hoffman copió muchos de sus tics en Cortina de humo (B. Levinson, 1997). Incluso se permitió escribir sus memorias (El chico sigue en la película, irónica referencia a su fracaso inicial como actor) adaptadas después a documental.

Además de mujeriego Evans fue cocainómano, adicción que llegó a reconocer públicamente. Y se libró por los pelos de ser procesado por el asesinato de Roy Radin, un productor de variedades, y coproductor en ese momento de Cotton Club.

Aunque su vida fue muchísimo menos que ejemplar, Evans no fue tan despreciable como Harvey Weinstein. Fue autoritario sin tics de mafiosillo de segunda. Trató a las mujeres como kleenex sin forzarlas, sin violarlas; le bastó su porte de pavito real, su afición al lujo y su piquito de oro. Ambos son ejemplos de los ¿muchos? Jeckyll/Hyde que pululan en la industria del espectáculo. Hombres con gran sensibilidad para olfatear grandes obras y desatados egos y líbidos.

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