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Diario de Mallorca

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Memorias

Aquel verano feliz antes de la Gran Guerra

Las memorias de la infancia en Palermo de Fulco di Verdura, el joyero aristócrata que cautivó a Coco Chanel

Coco Chanel.

El fruto de la infancia, cuando es idílica, resulta dulce. No cuesta rememorarlo, pero es difícil imaginarlo de la manera en que lo sueña Fulco di Verdura, el joyero que enamoró a Coco Chanel, primo de Lampedusa. Lo es porque, entre otras cosas, transcurre en la magnífica Villa Niscemi, centro del esplendor que irradiaba Palermo antes de la Primera Guerra Mundial.

Fulco di Santostefano della Cerda, futuro duque de Verdura, fue el más raro de los aristócratas sicilianos. Cuentan que durante una fiesta en casa de unos amigos le mordió un perro pomerano y ni corto ni perezoso le devolvió el mordisco y prosiguió con toda normalidad la charla que mantenía con los anfitriones. Fulco se convirtió en duque de Verdura tras la muerte de su padre en 1922, y jamás olvidó sus orígenes, pero las aspiraciones artísticas significaban para él más que cualquier título de nobleza. En 1925, esa ambición lo colocó rumbo a Venecia, París y Londres. En 1927, conoció a Coco Chanel y comenzó a diseñar para su casa de moda una línea exclusiva de joyas con piedras preciosas. Se convirtió en el joyero favorito de la famosa diseñadora. Era el tiempo de Salvador Dalí y Alberto Vargas. El art decó, el surrealismo y la elegancia femenina reinaban en las mentes masculinas. Entonces visitó por primera vez Nueva York, regresó a Palermo tras producirse el desplome del mercado de valores, pero no tardaría en volver a establecerse a orillas del Hudson. Diseñó joyas para Katherine Hepburn, Greta Garbo y Joan Crawford. Influido por la naturaleza que también había inspirado a Faberge, el joyero de la corte rusa, rompió moldes y marcó ten dencias. Dicen que fue el primero en engarzar gemas de colores en oro amarillo, mientras el resto de los diseñadores mantenían fidelidad a los diamantes y al platino. Su vida en una botella podría descorcharse a diario para beber nuevos sorbos pero aún resulta mucho más interesantes por las descripciones y el buen estilo literario lo que Fulco di Verdura cuenta en Los felices días del verano, que publica Errata Naturae, un libro iluminado por el sol de la primera a la última página. En él destacan el caótico e idealizado recuerdo de la pubertad y un fino humor para hilar las situaciones.

A finales del siglo XIX y principios del XX hubo un Palermo llamado Floriopoli, gracias a la dinastía de los Florio, que alargaba su horizonte residencial hasta la vieja Europa, con un balneario que se extendía de la ciudad vieja al parque de La Favorita y la playa de Mondello, a través de hermosos y largos bulevares. El pintor Renato Gutusso, en un momento de pasión, comparó el Viale della Libertà con los Campos Elíseos. Hablamos de la época en que las grandes familias europeas habían elegido para veranear la bahía palermitana y el Monte Pellegrino, que en otro tiempo cautivaron a los escritores viajeros. Durante muchos años los perfumes caldearon las alcobas que por las noches enfriaba el champaña. En Vita quotidiana della Palermo di fine ottocento, Charles Didier contabilizaba «123 príncipes, 90 duques, 157 marqueses, 51 condes, 29 vizcondes, sin contar los barones, que son innumerables, y caballeros, que se cuentan por miles». El primer cambio de rumbo tuvo lugar en 1891, con la inauguración de la Exposición Nacional a cargo del rey Umberto I y la reina Margarita.

Es en esa ciudad cosmopolita donde transcurre el largo verano de Fulco di Verdura, observador privilegiado de una sociedad que daba sus últimos suspiros belle époque presagiando el fin de un mundo con el estruendo de los cañones el primer gran conflicto bélico del siglo. “Para mí es muy difícil, o mejor dicho imposible, ordenar cronológicamente los hechos y los personajes de aquellos días lejanos que van desde el comienzo del siglo hasta justo antes de la Primera Guerra Mundial. De hecho es como cerrar un telescopio y reducir las diferentes distancias de años a un núcleo irreal y luminoso en el que las estaciones del año, las emociones, los rostros amados, las risas, unas cuantas travesuras y algunas lágrimas se mezclan, sin seguir una secuencia ordenada, ante los ojos marrones del niño que fui”, escribió años después, aún impregnados los recuerdos de las pequeñas alegrías.

FULCO DI VENTURA

Los felices días del verano

Errata Naturae, 256 páginas, 18,50 €

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