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Arte

Censura

La corrección política consigue que cambiemos el lenguaje sin que se altere lo que hay tras él

Therese soñando.

Therese soñando.

Uno de los temas que va apareciendo con mayor frecuencia en las noticias es la censura: qué debemos ver, leer o admirar y qué no. La primera vez que presté atención se trataba de un cuadro del Met de Nueva York: la niña prepubescente de Balthus, Therese soñando, que aparece en la portada de la novela Lolita de Nabokov en la edición de Penguin. La observadora de este cuadro protestó y quería que no se exhibiese en el Met por hacer apología de la pedofilia o incitar a la misma. Poco después, Laura Freixas nos advertía desde su púlpito periodístico de la vileza de Humbert-Humbert (protagonista de Lolita) al violar repetidamente a una niña, como si la cosa se nos hubiera escapado y fuéramos incapaces de calibrar el compás moral (o falta del mismo) del susodicho Humbert-Humbert. Y hace relativamente poco parece que el cuadro de Gustave Courbet El origen del mundo, en el que lo que domina es la vagina de la modelo, ha escandalizado lo suficiente como para pedir que se retire de la vista del público. Es complicado, lo comprendo: la exhibición del cuerpo femenino como un objeto tiende a naturalizar el tratamiento de la mujer que anda por la calle como un objeto también. Pero una obra de arte no ofrece prescripciones unívocas, su interpretación depende de multitud de posibles lecturas o miradas y las intenciones del autor, si es que se pueden identificar con certeza absoluta, se extienden y diluyen entre todas las personas que entran en contacto con la obra misma. Si no me creen, échenle un vistazo a la Santa Teresa de Bernini y decidan qué es lo que la escultura sugiere.

Por si fuera poco, la corrección política, de tan prístinos y benevolentes principios, ha pasado a convertirse en un panopticón censor que ha conseguido (solo hasta cierto punto) que cambiemos de vocabulario en ciertos círculos sin que realmente cambien las tendencias ideológicas y sociales discriminatorias que subyacen a la autocensura lingüística. Margaret Atwood con su novela El cuento de la criada, entre otras muchas cosas, nos da entrada a una sociedad dominada por su propia “corrección política e ideológica” en la que las palabras, los nombres, describen y determinan a las personas y sus funciones sociales y vitales.

Por suerte, hay quienes no caen en la tentación de auto-censurarse hasta desaparecer como individuos pensantes independientes. En el caso de esta novela, la sociedad vive bajo una dictadura represora y violenta que convierte a las mujeres en meros vehículos para la reproducción. Sin embargo, no puede pasarnos desapercibido que ese tipo de sociedad funciona a base de autocensura, de la internalización de unas normas y un modo de hablar que pretende amoldar las mentes a un sistema concreto, homogeneizante, al servicio de un poder que lo controla todo teóricamente para beneficio de toda la sociedad.

No estamos en Gilead, menos mal, pero flirteamos con algunos aspectos de esa distopía aunque nos justifiquemos o justifiquemos ciertos niveles de censura en aras de mitigar discriminaciones seculares, quizás como alarde de rectitud moral, quizás como arma arrojadiza, incluso puede que con profunda convicción de que hay que intentar que cambie la manera de tratar a los menos privilegiados. En cualquier caso, no creo que sea con la censuraesa evaluación tan punitiva- como vayamos a conseguir los objetivos más apetecibles y puede que consigamos quedarnos sin la posibilidad de decidir qué leer, qué mirar y de qué disfrutar.

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