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QUÈ ÉS CULTURA

Adviento gótico

Proponemos un ciclo gótico, tan personal y caprichoso, como los que andan por ese éter con una sola diferencia: que en este mundo de Gutemberg no ha lugar a la repuesta inmediata o a la posibilidad de una feliz y estimulante polémica

Adviento gótico

Adviento gótico

El Adviento, esos días del calendario litúrgico que, para bien o para mal, hemos olvidado, son propicios para encerrarse en casa, encender la estufa o la chimenea y quemar las tardes largas y oscuras, sentados en el sillón, con una copa de brandy, haciendo saltar chispas al aparato de vídeo. Nada mejor para estas fechas que sumirse en el misterio del género gótico, esa modalidad victoriana en la que la literatura y el cine recrea antiguos ambientes de mansiones y ruinas medievales donde habitan los fantasmas y las maldiciones y pasiones extremas, pasadas por el tamiz del romanticismo sensual que les dio origen.

Desde esta columnilla y al igual que los estupendos blogs y otras modalidades que inundan la Red, proponemos hoy un ciclo gótico, tan personal y caprichoso, como los que andan por ese éter con una sola diferencia: que en este mundo de Gutemberg no ha lugar a la repuesta inmediata o a la posibilidad de una feliz y estimulante polémica. Hemos elegido unes pel·lícules: En primer lugar Suspense de Jack Clayton (1961); una versión espléndida de la novela de Henry James, Una vuelta de tuerca, con espíritus y enorme carga psicológica, de visión más que obligada. Continuamos con Luz que agoniza de George Cukor (1944), ejemplar estimulante del terror doméstico y marital con una pareja inolvidable: Charles Boyer e Ingrid Bergman. Un asunto que, fuera del siglo XIX, tiene su correspondencia más clásica con la genial Rebeca (1940) de Alfred Hitchcock. Y para completar el tema de las mansiones malditas y embrujadas, el filme de Robert Wise, La casa encantada (1963), y una pequeña joya, más olvidada, inspirada en la novela de Agatha Christie, Diez negritos (1945), dirigida por René Clair, con el insuperable Barry Fitzgerald habitando la casa del islote solitario. Como no hay caserón sin páramo umbrío que lo circunde, recomendamos un drama pasional gótico y elegante con fantasmas Cumbres borrascosas (1939) de William Wyler o la versión de Luis Buñuel, Abismos de pasión (1953), más descarnada, ruda y necrófila, a mayor gloria, ambas, de la novela de Emily Brontë. Ya en color, donde el gótico se somete a una pruebas de fuego, con el estilo de la Hammer, elegimos el Drácula (1958) de Terence Fisher, consagrando al vampiro de mayor fuerza erótica y tenebrosa: Christopher Lee.

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