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Semblanza

El enigma de la mujer silente

Decadencia otomana y emancipación femenina en Las sombras del palacio, de la relevante pionera turca Suat Dervis

Suat Dervis.

Suat Dervis.

Quien haya tenido el privilegio de demorarse en Estambul habrá encontrado tiempo para recorrer con calma el Bósforo y, con probabilidad, se habrá abismado en la contemplación de los "yali". Los "yali", le habrán explicado, son las más de 600 mansiones, algunas inabarcables palacios, erguidas a orillas del Estrecho y que toman su nombre de una palabra turca usada para designar costas y playas. Un bello testimonio, en algunos casos erigido en el siglo XVIII, de la pujanza de la clase dirigente otomana. En la estación buena, las familias de los pachás y otros "efeni" (señores) dejaban atrás la capital para vivir acunadas por las olas de un mar que, cuando se embravece, azota los muros de madera de esas residencias. Algunas, por cierto, figuran entre las más caras del mundo.

Pues bien, uno de esos "yali" es el referente al que alude Las sombras del palacio, título de una breve y rotunda novela de la turca Suat Dervis (1903- 1972), notable narradora y combativa periodista apenas conocida en España pese a su intensa actividad como feminista y a ser una cumbre de la literatura turca del siglo XX. Las sombras del palacio, escrita en francés, fue publicada por Dervis en 1958, durante la década de exilio a la que, desde 1953, la abocó el acoso que le prodigaron las autoridades de Ankara por su incisiva e infatigable defensa de los derechos de las mujeres y los desfavorecidos. Culpa agravada por su matrimonio con el líder del clandestino PC turco, Resad Fuat Baraner.

Dervis, al igual que la protagonista de Las sombras del palacio, único de sus títulos disponible en castellano, había nacido en el seno de una familia aristocrática. Esta privilegiada situación -su padre era ginecólogo y su madre hija de una esclava del sultán- le permitió, ya desde la adolescencia, formarse en Alemania, donde se inició como periodista y novelista. En esa etapa de su vida, que clausuró en 1932 con su primer regreso a Turquía, publicó una decena de novelas, bien acogidas en Europa y denostadas en su país. En ellas, el género, la clase y la psique femenina conforman las nervaduras de unas tramas a menudo protagonizadas por desheredadas urbanas. Toda una novedad en la narrativa turca.

Las sombras del palacio es ya una obra de madurez, tan admirable por su profunda concisión como por la tenue bruma que desprende. En sus páginas el género y la clase siguen marcando el tono, aunque lo harán de un modo peculiar. En efecto, uno de los cuatro protagonistas de esta novela de doble núcleo es el "yali", una ruina arquitectónica cuya progresiva decadencia, hasta pudrirse como abandonado almacén de tabaco, es un acabado símbolo del hundimiento y mutación de la antigua clase dirigente imperial tras el advenimiento de la república. Entre sus paredes, cada vez más vacías, irá creciendo Celile, nieta del fallecido pachá que fue tiránico brazo derecho del antepenúltimo de los sultanes y educada por su abuela en el silencio. Ya adulta, y sumida en un enigmático mutismo que salpica de vagos asertos tomados como aquiescencias por los hombres, Celile arrebatará y desconcertará a los dos varones, marido y amante, que acompañarán con seguro y distante parloteo la parte de su vida que la novela recoge en presente.

Uno de los núcleos de la narración se aloja en esa actitud de mujer silente que actúa mientras calla, conocida del lector sólo a través de la euforia y el desconcierto de los dos hombres de cuyo dinero y palabras depende para subsistir. El segundo núcleo, entremezclado con el primero, recorre en el pasado el palacio de largos pasillos en los que hasta los murciélagos se pierden. Mientras el "yali" va trocando en sombras los objetos y presencias de sus más de treinta habitaciones, Celile consuma su viaje a la edad adulta. De modo que cuando, al fin, la ruina del palacio otomano la lance al mundo kemalista, la joven se llevará con ella el manto de sombras que la hará indescifrable a los ojos masculinos. Hasta que un día, lección de la feminista Durvis, comprenda el lugar al que la relega la palabra del hombre, incluso enamorado, y tome una decisión. Por supuesto, en silencio. Y vestida de blanco.

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