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Cine

Negros como el celuloide

El reciente logro de fotografiar un agujero negro tiene ecos previos en el cine reciente. Obras que reavivan indirectamente el debate sobre el futuro de nuestro planeta

Negros como el celuloide

Negros como el celuloide

Cuando John Wheeler acuñó el término 'Agujero negro' en 1967, para lo que se denominaba previamente núcleo de supernova, "colapsar"o soles negros, la denominación fue bendecida de inmediato, por su facilidad de asimilación para lectores/espectadores y comodidad para los propios científicos.

¿Por qué atraen/fascinan los agujeros negros? Una (personal) hipótesis es que son el equivalente futurista de los leviatanes, los maelstroms, los volcanes activos. Fuerzas de la naturaleza con tal poder de destrucción (transformación es un término más exacto) que nos recuerdan a los seres humanos lo pequeños, lo irrelevantes, lo mortales que somos. Además su invisibilidad, y su letalidad cuando te atrapan producen escalofríos, galácticos en este caso.

La película más interesante y sólida con utilización de un agujero negro como elemento destacado es la reciente Interstellar (Christopher Nolan, 2014). El guion está protagonizado por un grupo de astronautas que buscan un planeta cerca de Saturno capaz de acoger a la cuasi extinta humanidad. Para desplazarse aprovechan los gusanos estelares, y en un momento dado utilizan con gran riesgo el horizonte eventual de un agujero negro (bautizado Gargantua) para proseguir hacia su objetivo.

La idea original de esta película la tuvieron la productora Lynda Obst y el físico teórico Kip Thorne, que se habían conocido en el rodaje de Contacto. Spielberg estuvo a punto de dirigirla pero el proyecto acabó en manos de Nolan. Siendo una película compleja, cara y larga, obtuvo una excelente taquilla (678 millones de dólares recaudados, por 165 de presupuesto) y aceptable de crítica, que alabó la ambición en la faceta científica o la puesta en escena, y reprochó el melodrama en la humana.

Para recrear el agujero negro, Thorne y treinta colaboradores redactaron un informe con ecuaciones que los especialistas en animación informática lograron trasladar a imágenes. Nolan hizo unos retoques finales pensando en lo que sería aceptable/

creíble para los espectadores. Comparando ese agujero negro de Interstellar con la foto obtenida hace poco por los astrofísicos del MIT se aprecia una cierta estilización pero sin exagerar, sin desbarrar en demasía.

Películas previas se quedaron con lo básico de los agujeros negros y cedieron más a las licencias creativas. En El abismo negro (Gary Nelson, 1979), un tosco culebrón espacial, unas naves intentan evitar las garras del agujero espacial, cual maelstrom marino. El único aliciente es el reparto, Anthony Hopkins, Maximilian Schell o Ernest Borgnine. El planeta del tesoro (J. Clemens, R. Musker, 2002) es una traslación en formato animado, levemente original y muy adocenada, muy Disney, de La isla del tesoro al espacio, con agujeros negros de rigor. En Star Trek (J.J. Abrams, 2009) Spock crea un agujero negro artificial para absorber una supernova y combar el tiempo. Recurso tan epatante como escasamente científico. Un puñado más de películas y series de televisión que incluyen estos objetos estelares tienen una calidad de guion y realización bastante inferiores.

Interstellar y el resto de ejemplos son un buen apoyo de la industria del entretenimiento al creciente interés por la astrofísica. Sin embargo el género de la ciencia ficción se mueve cada vez más, como comenté en el reciente artículo sobre Alien y Matrix, hacia las distopías. Apenas hay ficción sobre exploraciones alentadas por genuina curiosidad intelectual; sí un cúmulo de obras que dan por irreversible la cuenta atrás de nuestra extinción. Los científicos refinan la captación de agujeros negros y otros fenómenos siderales lejanos al mismo ritmo que el conjunto de la humanidad destruimos lo más cercano, nuestro malquerido planeta. Stanislaw Lew resumió esa contradicción en Solaris: "No necesitamos otros mundos. Necesitamos espejos."

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