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Humor sin barreras

Dos formas muy diferentes de entender el humor. Una nos llega desde los USA y la otra desde Islandia

Humor sin barreras

Humor sin barreras

Contar historias humorísticas de superhéroes no es nuevo. Los primeros Mad, allá por los cincuenta, ya contenían parodias de personajes tan populares como Batman o Superman. En los noventa Giffen, con la ayuda del muy expresivo dibujo de Kevin Maguire, revisó la Liga de la Justicia en clave de humor. Una aproximación exitosa, reeditado recientemente y cuya influencia se percibe en productos como las Lego películas y similares. La relectura, el desmontaje irónico de géneros muy conocidos, es algo característico de la ficción, no ya en las últimas décadas sino casi en los últimos siglos, si me apuran. Como recordaba el muy añorado Octavio Paz, el único mito válido en el siglo XX es el de la crítica. Y no parece que eso vaya a cambiar en el XXI. En realidad, toda la revisión que Marvel hace en los sesenta de los héroes con capas se apoyaba en un innegable cachondeo. Cuanto más realista la aproximación, más pitorreo provocaban determinados elementos heredados, como las capas o los esquijamas. La autoparodia ha sido una necesaria y saludable constante en el género.

Lo que hace ahora Spencer es actualizar su enfoque, empleando clichés de cierto cine descerebrado para adolescentes y universitarios, lugares comunes tomados de las ficciones televisivas y otros préstamos de los videojuegos y demás gráficas modernas. Le ayuda Steve Lieber, un dibujante competente que hace lo que puede. Pero no es suficiente. Se nos cuenta la historia de un grupo de malosos, tan inútiles como desalmados. Ya saben, si no se juega con la idea de que la frontera entre el bien y el mal es muy difusa no estamos en la onda. Así que Spencer se empeña en confundirnos, llevando a sus personajes hacia límites morales que se traspasan una y otra vez con un entusiasmo poco contagioso. Algunos gags y ocurrencias son buenos. Lo del retrato de Muerte tiene gracia y hasta lo de la cabeza del jefe de la mafia. Pero en general falla al permitir que el humor resida más en los diálogos que en la imagen. Leemos kilómetros de frases ingeniosas que al final nos conducen más al bostezo que a la carcajada. Pienso que el humor necesita cierto ritmo, cierta brevedad, que este guionista evita. Lo suyo es más bien la charlatanería a lo Club de la Comedia, ignorando la más mínima contención verbal. En fin, que hay mucho que leer y en general el esfuerzo no merece la pena.

En cambio, si algo caracteriza el humor del islandés Dagsson es su inmediatez. Si lo puede decir con una frase no lo dirá con dos. Es tan bruto como rápido. En tiempos de insufrible corrección política, volver a leer chistes bestias, que no evitan el humor negro con mujeres, niños suegras o gays, es un verdadero placer, la verdad. Tiene chistes absurdos y chistes malos. Otros son geniales y abundan los muy salvajes. Sobre todo me admira su sencillez. Eso que Johnson llamaba "el número". Ese material que todo cómico sabe que va a provocar las carcajadas del público y que ensaya y repite y mejora hasta la perfección. Dagsson busca eso: que nos riamos. En algunos casos a carcajadas. Yo me lo he pasado bomba y se lo recomiendo. Mojigatos, monjas y puritanos de cualquier clase y condición, abstenerse.

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