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Guerra Fría

Las quemaduras de la Guerra Fría

Odd Arne Westad construye un riguroso relato sobre un periodo histórico marcado por el miedo mutuo, y Peter Carlson evoca el esperpéntico viaje de Kruschev a EE UU en 1959

Las quemaduras de la Guerra Fría

Alemania se había hundido. Japón no tardó en seguir su camino hacia el abismo. El año 1945, entre ruinas aún humeantes y un dolor indescriptible, abría paso a una incierta esperanza de que el ser humano aprendería de sus horrores y la atrocidad de la Segunda Guerra Mundial no volvería a repetirse. El final de la contienda trajo la paz pero también nuevas formas de enfrentamientos. Estados Unidos y la URSS se convirtieron en los grandes vencedores y, por lo tanto, en los grandes enemigos: y así nació la Guerra Fría. El planeta se dividió en dos grandes bloques y países como Corea, Angola y Cuba tomaron partido. Europa quedó separada y las guerras civiles pasaron a ser escenarios donde las superpotencias se enfrentaban por vía indirecta. Con la amenaza de la guerra nuclear siempre presente, millones de personas vivieron de 1947 a 1991 bajo la sombra de un conflicto que de frío tenía muy poco.

Dos libros muy distintos pero igualmente apasionantes abordan ese episodio de la Historia cuyas secuelas aún ensombrecen la actualidad internacional: La Guerra Fría (Una historia mundial), del noruego Odd Arne Westad, un pormenorizado, lúcido y revelador viaje a aquellos tiempos de tensiones y amenazas devastadoras, y Kruschev se cabrea, de Peter Carlson, un complemento perfecto que se centra en un episodio sorprendente: en septiembre de 1959, con la guerra fría en ebullición, el temible líder de la URSS y su esposa Nina realizaron una delirante "excursión" a Estados Unidos invitados por el presidente Dwight Eisenhower. Visto hoy, el chusco capítulo deja con la boca abierta. Parece un relato de ficción pero no lo es. Fueron diez días que no cambiaron el mundo pero dejaron un bombardeo de anécdotas entre intervenciones en la ONU, cenas, presentaciones, abucheos de americanos de a pie por los estados que cruzó la caravana oficial€ El líder soviético quería conocer a toda costa Disneylandia pero no hubo manera. La seguridad y esas cosas. Eso sí, conoció a Marilyn Monroe y visitó un rodaje de Frank Sinatra. En 1962 volvió a protagonizar otros diez días pero sin gracia: la crisis de los misiles en Cuba, que, dos años después, le pasaría factura por haber sido, según sus numerosos enemigos, demasiado blando con la administración Kennedy por retirarse de la partida mortal antes de que la marcha atrás no fuera posible.

La Guerra Fría, recuerda Odd Arne Westad, dividía familias, ciudades, regiones y países: "Propagaba el miedo y no poca confusión: ¿podía uno estar seguro de que la catástrofe nuclear no fuera a ocurrir mañana? ¿Qué podría desencadenarla? Los comunistas padecían la desconfianza de los demás por tener un punto de vista diferente y acaso una lealtad distinta, no a nuestro propio país, sino a la Unión Soviética".

La Guerra Fría, resume el autor, "fue una confrontación entre el capitalismo y el socialismo que alcanzó su punto álgido entre 1945 y 1989, aunque sus orígenes se remontan a una época muy anterior, y sus consecuencias aún pueden sentirse hoy en día". Las principales potencias del mundo "basaban su política exterior en algún tipo de relación con ella. Los pensamientos y las ideas antagónicos que contenía dominaban la mayor parte de los discursos de ámbito nacional".

La Guerra Fría no lo decidía todo, "pero influía en la mayoría de las cosas, y a menudo a peor: la confrontación contribuía a consolidar un mundo dominado por las superpotencias, un mundo donde el poderío y la violencia -o la amenaza de violencia- eran las varas de medir de las relaciones internacionales, y donde las creencias tendían a lo absoluto: el único sistema bueno era el de uno. El otro sistema era intrínsecamente maligno".

Las guerras de Estados Unidos en Irak y Afganistán aún se alimentan de aquel espíritu: "Las certezas morales, la evitación del diálogo, la fe en las soluciones puramente militares". Y "la creencia doctrinaria de los mensajes sobre el libre mercado".

Además de la importancia de las ideologías, subraya el autor, "la tecnología fue una de las principales razones de la longevidad de la Guerra Fría como sistema internacional". Se acumularon tantos arsenales de armas nucleares que "para poder garantizar el futuro del mundo, ambas superpotencias se preparaban para destruirlo".

En ese contexto, el cómico periplo de Kruschev por las tierras del enemigo es una anomalía marxista. De los hermanos Marx. Una "extravagancia surrealista". Así lo plantea Peter Carlson al recordar "el enorme cabreo que pilló cuando no le permitieron visitar Disneylandia", la profundidad "con la que reflexionó junto a Nixon sobre qué animal producía un excremento más pestilente", "el miedo que tenía a que Camp David fuese en realidad una leprosería", la tensa lucha "entre las autoridades que pretendían que él pudiera ocupar el salón de baile del Waldorf- Astoria, y la Asociación Dental Americana, que había reservado con antelación el salón para la misma fecha para celebrar allí su centenario y se negó épicamente a cederlo". Y, claro, su "mítico encuentro con Marilyn Monroe, quien más tarde hablaría de tan mágico evento con su inimitable susurro tan sexy, tan insinuante, confesando: 'Me miró como un hombre mira a una mujer". Un ardiente capítulo de la Guerra Fría en un libro delicioso.

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