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El "Guernica" no existió

Sabotaje, la tercera entrega del agente secreto de Arturo Pérez-Reverte

Arturo Pérez-Reverte.

Arturo Pérez-Reverte.

Una de las características que más respeto de Arturo Pérez- Reverte como narrador es que no engaña a nadie, nunca mete gato por liebre. Como lector suyo que soy desde más de treinta años, puedo asegurarlo. Vende lo que promete. Si te gusta bien; si no, tan amigos. Acción, intriga, amores, prosa pulida en buena estirpe (de Dumas a Conrad: olvidándose más del segundo a medida que pasa el tiempo, eso sí), diálogo abundante, malos y buenos y grises. Reverte es un amante de las novelas clásicas que escribe novelas clásicas. Es lo que hay. Nos entrega ahora el tercer volumen de la serie sobre Lorenzo Falcó, un agente secreto del bando franquista durante nuestra Guerra Civil, al que su Jefe ("El Almirante", que dice de Franco: "es un militar puro, desprovisto de imaginación: lo que quiere es ganar la guerra, asegurar su poder personal y que todos marquen el paso") encarga ahora una doble misión: desprestigiar de tal modo a un aviador francés que participó en un buen puñado de acciones a favor de la República española (llamado Bayard en la novela, trasunto de André Malraux) hasta el punto de que sea visto como un agente del fascismo y le eche Moscú el ojo encima. Pero, sobre todo, sabotear (es decir, dañar y deteriorar) el "Guernica" que Picasso pinta en París para el Pabellón de España de la Exposición Universal de 1937. A partir de ahí, acción, intriga, amores, prosa bien pulida, diálogo abundante, malos y buenos y grises. Una novela de las de antes por un autor de los de antes. Basta ver la portada: hombre de bigote y de perfil, sombrero calado y gabardina, abrazado por rubia con menos frío, guantes y mirada o turbia o ensoñadora, no sabría decir. Mucho cine en blanco y negro detrás. Muchos secundarios que crecen y a quienes el lector acaba viendo casi en carne: el almirante Canaris, un austriaco malvado, un escritor yanqui (llamado Gatewood en la novela, trasunto de Hemingway), un encuentro con Marlene Dietrich (con beso), esa Eddie que es lo que no parece, el contacto parisiense de Falcó, porteros de noche de hotel y camareros de confianza, soviéticos por aquí, la extrema derecha francesa por allá, Nelly Mindelheim y Maggie para las escenas de sexo. Tiros, palizas, desmayos, cuerpo al Sena, jugadas de despiste, matanzas, fascistas y rojos, y lo que ustedes quieran añadir. Y Picasso ávido de dinero, ensoberbecido. Reverte vende lo que promete. Si te gusta bien; si no, tan amigos€ o nos veremos en las redes sociales. O sea, novela popular, novela de bolsillo de otrora, sin más complicaciones. Mucho cinismo en las réplicas de Falcó, el cinismo canalla de un canalla, amoral quizá. Y todos los personajes están de vuelta de todo, cansados, taimados, hipócritas, buscando sobrevivir lo mejor que pueden, aun eviscerando al más pintado para conseguirlo. Como dijo Maugham, se le cita en la página 114: "Es asombroso que los seres humanos, que viven tan poco tiempo, se esfuercen en causarse mutuamente tantos dolores". Es decir, esta entrega falconiana es un Philip Kerr que tampoco defrauda. Además, añade ese punto de valor muy resultón (queremos tanto a Le Carré) que consiste en abrir el libro con una aventura cerrada que no va a tener continuidad, pero que sitúa a los personajes en acción: el secuestro de un miembro del PNV en Francia por parte de los franquistas. Luego, para quien guste de estas cosas, están esos rellenos porno que nada añaden a la trama, carnacilla para ventas, digo yo: "ella abría las piernas cediéndole paso franco"; "pégame, cerdo, pégame fuerte"; "levantó la cara de entre sus muslos entreabiertos"; "eres el único hombre cuyo semen soy capaz de tragar"; cosas así. Yo me río mucho con estos pegotes, tan traídos por los pelos (con perdón), innecesarios a tope como no sea para solucionar las ventas, que no sería moco de pavo tal y como van las cosas en las librerías. Por eso el fino Conrad se va diluyendo en favor del mercado. Sí, es lo que hay.

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