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Señoras y señores: la Guardia Civil

Lo poco que tiene que ver Arde Madrid con Berlanga y con Azcona

Señoras y señores: la Guardia Civil

Señoras y señores: la Guardia Civil

Pues bien creo que los verdaderos protagonistas de esta serie son el matrimonio Perón. El general exiliado y su esposa Isabel viven en el primer piso de una de las casas que Ava Gardner abrió en Madrid, hacia los 60 del XX. "El animal más bello del mundo" ocupaba los dos superiores, y sus juergas no dejaban pegar ojo a la pareja exiliada. Ahí los ves, pobres, pintones, aparentando ambos, redicho él, brujita ella. Y a su fámula Rosario preguntándoles si les recalentaba las sobras del mediodía para cenar. Y ellos asienten, tristísimos, mientras todo su apartamento se estremece con las fiestas de la señora Gardner. Paco León ha filmado esta serie divertida a la que tantos críticos en las redes han comparado con el cine de Berlanga y Azcona. Menos lobos. Divertida, estrambótica, con momentos de carcajada, contando la vida de Ava en Madrid desde los ojos de su triple servicio doméstico: Ana Mari -poliomelítica, falangista de la Sección Femenina, infiltrada en la casa para espiar contubernios judeomasónicos- y su falso marido Manolo - chófer, chico para todo y pícaro donjuán de medio pelo- , amén de una joven embarazada que se abre a la vida de fuera de la gris España. Lo mismo que Ana Mari, defensora al principio de las palizas propinadas por los maridos, negándose a contraer matrimonio de esclava al final. En Arde Madrid hay cosas que había entonces, claro. La gente se huele el sobaco a ver si apesta o tiene un pasar. Se habla a voces aun cuando se esté al lado. "Chicote" era un putiferio de ricos que ríanse ustedes de los de hoy. Salen gitanos, carteristas, una cabra, unos primos de una prima de una calé, travestidos fetichistas (ay, Manquiña, hay que verte), cuadros flamencos y olé y olé, un diafragma usado y una piedra consoladora -digámoslo así- , monjas colocaniños, unas chicas con uniforme del Madrid, dos militares masculinos (ojo, estadounidenses) besándose, y toreros y actrices y Brynner y Heston y la pareja de la Guardia Civil. Un personaje consigue las presuntas bragas de Ava y las olisquea: "Huele a Hollywood", dictamina. Un secundario no está loco: "Tiene un poco de esquizofrenia", con aquellos diminutivos hipócritas de la época. Manolo reflexiona viendo pasar las bandejas de cigalas: "Qué asco ser pobre". Y la poliomelítica es coja o cojita o tullida, que a ver quién va a cargar con ella. Todos estos y mil detalles más: que no son privativos del cine de Berlanga con guion de Azcona, ojo, que es que eran así las cosas. Porque el punto de acidez y de amargura que está presente en el cine de aquellos dos no se siente en Arde Madrid. Y no tiene por qué sentirse, desde luego. Ese, digamos, olor a ajo que tanto detestaba Frank Sinatra ("Tu culo sí que huele a ajo", replica la Gardner) sí rebosa en las películas berlangoazconianas. Pero no en esta serie. Insisto, tampoco tiene por qué, es otra cosa, es algo así como el neorrealismo cómico de aquella pareja genial pero cocinado al gusto posmoderno, con poco plano secuencia, con mucho menos barullo, con mucha menos integración de todo el submundo que había quedado colgado en el aire de la posguerra y que el gobierno tecnócrata de los 60 luchaba por soslayar. De modo que bien se haría si se dejase de comparar: Berlanga y Azcona hicieron lo suyo; Paco León, lo que corresponde. Porque esta iniciación a los tiempos modernos para una pareja de paletos castiza es autónoma, se ve con gusto y risa, cuenta con potables actores y hasta buenos, pero carece del poso amargo y desazonante que El Verdugo o Bienvenido Míster Marshall nos dejaban. Solo se respiran en las caras de los Perón, ninguneados, tristérrimos, convertidos en secundarios cuando habían nacido para el protagonismo más absoluto. Como tantos españoles de a pie de los 60, viendo las piscinas del gran mundo solo en el NO-DO.

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