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Música

Just a (im)perfect man

Poco se cuenta que Reed bebía teatro, y cuentos y mucha pintura y una poesía que cruzaba fronteras de niebla espesa

Lou Reed.

Lou Reed. Lorenzo

Alguien que se atrevía a decir que lo mejor de Lou Reed fue su odiada Nico (Lean Popism. The Warhol Sixties) no debería escribir sobre él. Y tampoco sobre ella. Recurría a esa estúpida boutade cada vez que le escuchaba rodeado de cierta gente. Hasta que alguien me hizo saber que esa afirmación solo podía ser fruto de una supina carencia musical. Quizá fue ese el día en que de verdad empecé a escuchar a Lou Reed. Al poeta, al compositor, al cronista, al transeúnte de infiernos y alguna que otra taberna de mala vida, al que trabajó de contable entre la Velvet y su primer disco en solitario (con RCA) y regaló himnos sin prestar atención un insignificante hecho: estaba escribiendo algunas de las mejores páginas de la historia del rock. Brillaban sus discos pero Reed fue siempre una suerte de caballero oscuro con el que varias generaciones de atormentados no pudimos evitar identificarnos; un señor extraño y genial en el escenario y un personaje de vértigo en las noches de Nueva York y de medio mundo, o tal vez al revés.

Poco se cuenta que Reed bebía teatro -y el teatro y Metallica tuvieron la culpa de (¿La imperdonable?) Lulu- y cuentos (The Raven se basó en la obra de Edgar Allan Poe) y mucha pintura y una poesía que cruzaba fronteras de niebla espesa -Patti Smith le colocaba a la altura de Federico García Lorca o Walt Whitman. Poco se destaca que el teatro también bebió de él (Andrés Lima, sin ir más lejor, le hizo un homenaje en Desde Berlín) y el comic, y el cine y la Movida, y miles de músicos que vinieron luego€ Mucho se ha hablado sin embargo del monstruo y las substancias que parecía llevar dentro, de sus desaires y peleas, de sus conciertos inconclusos (hubo uno en Madrid en los 80 que derivó en gran trifulca) de Metal Machine Music (esa sí que fue una boutade en toda regla), y también de Warhol y el dolor de la pérdida y de Bowie y de obras de arte como Sunday Morning (quizá una parodia venida a más) Perfect day o todo Songs for Drella.

Cuando el próximo 27 de octubre recordemos que hace cinco años que murió de verdad (antes de eso, el imaginario colectivo, las lenguas feroces y algún que otro periódico ya se lo habían cargado varias veces) me vendrá a la cabeza que Lou Reed era oscuridad y genio, y tal vez un alma libre que vagaba entre concierto y concierto recitando versos sin rima, comiéndose las calles del Nueva York más sórdido, hablando con prostitutas y yonquis y pensando, como algunos sostienen, que a veces era simplemente un hombre imperfecto y otras el mayor cabrón de su especie, lástima que jamás lleguemos a saber cuál era exactamente esa especie.

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