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Sociología

La Universidad antiliberal de los niños crecidos

El sociólogo Frank Furedi alerta de la "protección de la ofensa" en el campus como nueva censura

Frank Furedi.

Frank Furedi.

Una campaña lanzada por los estudiantes de la Universidad de Missouri reclamaba la retirada de la estatua de Thomas Jefferson para aliviar la tensión emocional que aún produce el recuerdo de la conducta racista atribuida al "padre fundador".

El reparto de sombreros mexicanos en fiestas organizadas por alumnos de diversas universidades fue condenado como un ataque a la cultura del país norteamericano.

A las delegadas de un congreso celebrado en la Universidad de Singapur se les pidió que agitaran las manos en el aire en lugar de dar palmas, pues el clamor de los aplausos provocaría ansiedad en un sector del público.

Una profesora de derecho en Harvard, Jeannie Suk, recibió la advertencia, convertida pronto en asunto a tratar por la opinión pública, de no utilizar en sus clases la palabra "violar", ya que su uso podía resultar traumático para la audiencia. Episodios como estos son cada vez más habituales en los recintos universitarios.

La imagen de jóvenes candidatos a una plaza universitaria acudiendo a la entrevista acompañados por sus padres llamó la atención de Frank Furedi que, vencido por la curiosidad, se puso a investigar.

Formado en la universidad alborotada y excitante de los años sesenta, cuando los estudiantes marcaban las distancias con sus padres, a medida que avanzaba en su pesquisa fue conociendo hechos nuevos, que sucedían en abierta contradicción con la tradicional cultura universitaria de libre pensamiento. El fruto de su investigación puede ser leído como un informe, un ensayo o un alegato. En cualquiera de las modalidades de lectura, el texto es claro, documentado, entretenido e inquietante.

El sociólogo de origen húngaro, emérito en Kent, agrupó las prácticas que él mismo califica de antiliberales bajo las rúbricas de "espacio seguro", purificación verbal y microagresión. Todas tienen en común la motivación principal de proteger de posibles ofensas a individuos y grupos de universitarios considerados sensibles y vulnerables, y la consecuencia de demandar o establecer límites a la libertad de expresión en grado diverso, que va desde una mera indicación hasta la pura censura.

La tendencia que gana terreno en las universidades anglosajonas es a desterrar de la vida académica, incluida en primer lugar la que se desarrolla en el interior de las aulas, cualquier palabra o gesto con los que los alumnos puedan sentirse incómodos. Ellos vigilan el lenguaje, señalan las conductas inadecuadas y hasta sugieren la respuesta. La proliferación de normas reguladoras de las actividades y la convivencia nace de la actitud paternalista asumida por la universidad, que trata a los estudiantes como si fueran niños a los que hubiera que proteger de un peligro que acecha.

La explicación de un cambio tan sorprendente no es fácil. Furedi, conocido en el mundo por sus trabajos sobre el miedo, aduce la devaluación de cualquier tipo de autoridad inducida por la pérdida de jerarquía del cabeza de familia, la falta de consenso moral característica de la coyuntura actual de las sociedades avanzadas y una amplísima oferta de terapias para los males espirituales de nuestro tiempo.

Agotadas las ideologías políticas, los jóvenes abrazan otras identidades y procuran blindarse en su nuevo credo, condición sexual o estilo de vida. Muchos universitarios no aceptan que se les cuestione. Furedi afirma que la crítica seria y el debate suponen un reto inaceptable para ellos. La sociedad ha recurrido a la medicina y los fármacos para gobernar su desorientación y esto les genera más ansiedad y aumenta su demanda de seguridad.

Así la universidad está dejando de ser lo que siempre fue, un lugar de soledad y libertad, como propuso Humboldt, donde dedicarse por entero a la pasión por el estudio y el conocimiento. Si la libertad de expresión ya no es un valor preeminente e incondicional en los campus por temor al daño que pueda infligir en un alumno, concluye Furedi, la universidad del libro, el libre examen, la innovación y el riesgo creador declinará en escuela de niños biológicamente crecidos.

La universidad ya estuvo descentrada durante un largo periodo en la edad moderna. Uno puede pensar que la evidencia que aporta Furedi de las universidades anglosajonas no se da en la española, pero si lee el último libro de Emilio Lledó, Sobre la educación, un recopilatorio de sus artículos sobre el tema publicados en las últimas décadas, tendrá que admitir que vamos por el mismo camino.

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