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San Netflix contra el dinosaurio

Netflix y el Festival de Cannes se han enzarzado en un combate por dominar el mercado audiovisual en las próximas décadas. ¿Se beneficiará el espectador?

San Netflix contra el dinosaurio

San Netflix contra el dinosaurio

Resumen del primer asalto. La organización del Festival de Cannes se ha negado a aceptar en competición oficial a varios largometrajes producidos por Netflix por negarse esta a cumplir el requisito de estrenar previamente la película en al menos 11 salas del territorio francés. Netflix ha replicado con una peineta.

Los combatientes. En una esquina, el Festival de Cannes. Defiende el cine, cine, en sala colectiva y con palomitas. La función de los festivales es que sirven de escaparate para las películas recién producidas. La repercusión de los premios y las reseñas de los críticos en los medios de comunicación van despertando gradualmente el interés de los espectadores.

En la otra esquina, Netflix. Es uno de los gigantes (junto con HBO, AMC y Amazon Studios) de la producc ión y distribución de contenidos por streaming en banda ancha digital, aprovechando la creciente velocidad de las conexiones y tamaño y calidad de los monitores de televisión. Ofrece varias tarifas planas con una amplia oferta de contenidos audiovisuales.

La semilla del conflicto. Hasta hace poco más de un lustro el coste de un largometraje se rentabilizaba con una sucesión de ´ventanas´ escalonadas: Exhibición en salas, unos meses de barbecho, videoclubs (desaparecidos en combate), venta en DVDs (casi) y pase por televisión gratuita o de pago (semicanibalizados por el streaming).

Los espectadores. Son (somos) a la vez jueces y convidados de piedra. Una masa heterogénea. Los más introvertidos o pasotas van al cine dos o tres veces al año. Los más sociales disfrutan las pantallas grandes y estar rodeados de otros espectadores. Las grandes productoras siguen convencidas de que una película como Black Panther jamás se disfrutará igual en casa, ni con un aparato de 65´ y 4K HDR. Las pequeñas productoras apelan a disfrutar el envoltorio onírico de La forma del agua o la actuación de Frances MacDormand en Tres pantallas en las afueras no encerrados en casa sino acompañados de más gente, y cruzar miradas de satisfacción al salir del cine.

Más bisturí. Antes (digamos finales siglo XX) se pensaba que si una película no había tenido recorrido en cines, publicidad en los medios, pasaría desapercibida en televisión y perjudicaría a la cadena o la emisora que la emitiera.

A Netflix (siglo XXI) le resbala esa publicidad previa, y por eso está lanzando el órdago. Sus 125 millones de suscriptores le permiten establecer un presupuesto para producciones (series de TV, documentales y cine) estratosférico, 8 millardos de dólares. Con las series de TV intenta arrinconar a HBO (cuando pase el furor de Juego de tronos), AMC (aguanta resoplando con series prestigiosas como Breaking bad), y en lo posible a Amazon Studios, sabiendo que Jeff Bezos jamás apostará demasiado fuerte por esa subsidiaria.

En cine no puede competir con megaproductoras como Marvel Studios, Disney o Dreamworks, pero sí regalar muchos caramelos a pequeños creadores, que se encuentran con el dilema de besar al diablo (películas directamente al catálogo online, como la española La enfermedad del domingo) o no sacar adelante su película.

Ahí es donde se ha producido el encontronazo con Cannes. Cuando Amazon Studios financia una película (Manchester junto al mar, verbigracia) acepta una ventana de varias semanas en cine antes de aherrojarla a su banda ancha. Netflix es tan megalómana, tan déspota, como Facebook, Google, Tesla o Amazon en su negocio principal. Considera que la exhibición en salas de cine es un dinosaurio y sueña con ser su meteorito.

El contraataque del cine puede venir, en Hollywood nada menos están comenzando a probarlo, con tarifa plana permanente para ver películas en cine. Pero dificultará muchísimo el cubrir los costes de producción de las películas y provocará una mayor concentración de poder en la exhibición. Oligopolios de salas de cine para sacar beneficios con esas tarifas planas de asistencia. Ergo, dinero aún más menguante para producir películas.

¿Este escenario retratado es muy pesimista? Hmmm. Anticipar el futuro a una década es quimérico. Por un lado el poder y la oferta de Netflix son difíciles de retar. Hará pupa, seguro, en este asalto. Por otro, no olvidemos que es una empresa contra un sector entero, una industria como la llaman en EEUU; y que está avanzando en un flanco (relativamente) vulnerable. Cambiar los hábitos de los cientos de millones de espectadores aún no abonados al streaming será exponencialmente difícil. Y en algún momento, inesperado, podría resultar que el dinosaurio sea esa empresa.

(Este artículo ha sido elaborado apoyado en informaciones de The Guardian, Slate.com y Los Angeles Times)

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