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Blai Bonet

Un mar de sangre

El camino de ´El mar´ como novela es extraño.  Parece que nace de la nada, de un tiempo detenido, de una memoria fragmentada y en ciertamanera apátrida en cuanto a la tradición literaria que lleva detrás

Imagen de la adaptación cinematográfica de ´El mar´, dirigida por Agustí Villaronga.

Imagen de la adaptación cinematográfica de ´El mar´, dirigida por Agustí Villaronga.

Por más que Jordá constate en su postfacio la influencia de Faulkner y por tanto del mapa narrativo sureño, también pueden verse influencias centroeuropeas, desde Hofmannsthal a Thomas Mann, pasando por Gottfried Benn. Pero más que influencias son caminos cruzados, quizá Blai Bonet nunca leyó a Hofmannsthal ni por supuesto a Celan, pero de algún modo "estaban" en su imaginario que fundamentaba su escritura, un tipo de sentimiento que conllevaba también los existencialistas, Camus y Sartre. ¿Cómo no ver a Mersault en la indiferencia sensorial de Andreu Ramallo? ¿O la doctrina de Sísifo en el final socrático de Manuel Tur?

Es decir, los caminos por donde discurre de El mar son muchos y variados. Pues se puede ver también una sublimación de Mauriac, Julien Green y los autores católicos. De lo que no hay duda es de su originalidad como voz narrativa y como tono novelístico en catalán. La prosa de Bonet es moderna, poética y a la vez barroca. Las frases de Bonet caminan como las frases organísticas de Bach: con astucia, controlada emoción y toneladas de obstinación moral. El mar discurre a ras de tierra, la tierra podrida ("podrida" es uno de los adjetivos más queridos de Tur y de Ramallo: las maderas podridas de la iglesia, las sillas y las puertas podridas, como si todas estuvieran construidas con madera de higuera), y se eleva poco a poco a medida que los personajes se levantan y crecen. Todo es auténtico en esta novela que no tiene ni un gramo de gratuidad o relleno. Dice Jordá que Bonet tenía un manuscrito de más de seiscientas páginas y que un editor compasivo le animó a podarlo. No sé cuántas versiones debió hacer el poeta de Santanyí de esta obra, pero me recuerda a la depuración que realizó durante más de veinte años Imre Kertész de una novela que se le parece mucho aunque nada tenga que ver en apariencia: Sin destino. Ambas tratan de lo esencial de la experiencia humana: la avasalladora ausencia de Dios, la soledad de nuestro sanatorio en el que apenas nos es dado respirar. El lager diabólico del joven húngaro y las alambradas que cercan al cura Caldentey, a sor Luna y a Ramallo y Tur son paisajes de una misma isla.

Las fintas que Blai Bonet tuvo que hacer para despistar a la censura son al final sus mejores logros. El uso de la elipsis llega a un nivel magistral en el pasaje de los chicos que van a ver el ímputo sexual del toro. El episodio del gato degollado en el coro de la iglesia resulta espeluznante. Jaume Galindo conduce al sádico grupo al lugar donde se esconde y nosotros vamos con él y cerramos los ojos como hubiera querido hacer Tur y no puede. Qué pieza tan poderosa el capítulo XXIII, mientras que el XXV no le va a la zaga. Hay una brutalidad callada y persistente en este libro.

Blai Bonet tiene la misma predilección por la "sangre" como palabra y símbolo que Edgar Allan Poe. La idea cerrada y la realidad vertida de la sangre están siempre presentes en los monólogos de Tur. Su obsesión por la sangre de Cristo, esa sangre que "tiene el castigo infernal de no cuajar nunca", le lleva a la solución final. En la bañera, Manuel Tur deja a un lado la navaja y se somete al juicio que "viene a juzgar mi sangre, y mi sangre ha salido y se ha sentado delante de mí, como un tribunal". Es fácil recordar aquel verso de Rainer Maria Rilke "animal humano, reloj de sangre". Ese reloj que Tur decide parar.

Es verdad que entre Tur y Ramallo no hay muchas diferencias, pero las hay, como caras de una misma moneda. Ramallo tiene más compasión y por eso es más duro consigo mismo. "Todas las cosas profundas sienten repugnancia por la palabra", dice. Y su sangre está teñida de culpa, esa culpa que es una plegaria dirigida al cielo, "en la cual el pecado es una oración de signo contrario". "Es como si el pecado fuese otro sexo mío", añade más tarde Andreu Ramallo, el asesino de Eugeni Morell por compasión (¿no siente compasión Mersault tras su capa de indiferencia cuando se ve obligado a matar?). Sí, "la personalidad es el infierno" y "matar a un hombre es igual que caerse vestido al mar".

Se podría argumentar que las voces de sor Luna y del cura Caldentey no aportan nada a ese universo casi infinito que hay tras el tándem Tur-Ramallo. Es posible, pero la coda final corresponde al púlpito y esto no resulta baladí, como diría Cristóbal Serra. Caldentey parece haber leído un cuarteto de Eliot cuando nos lanza esta perla: "Los hombres deliran porque Tú eres, entre ellos, tu ausencia, y nosotros estamos, vigorosos en nuestra vida, desesperados de esperanza".

Una palabra acerca de la traducción. Eduardo Jordá habrá sudado sangre para darnos esta versión castellana que intenta ser lo más fiel a la difícil partitura que dejó Bonet. Consigue que en español suene su música privada, incluso los registros organísticos más delicados. A medida que avanza el libro nos podemos muy bien olvidar que El mar se escribió, sí, con una sangre diferente, salada y terrosa, la lengua única de Blai Bonet.

BLAI BONET

El mar

Traducción de Eduardo Jordá

CLUB EDITOR, 253 PÁGINAS, 18 €

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